martes, 14 de octubre de 2008
CUANDO LA ÑIÑA CONOCIÓ A UN INGLÉS
Calais, agosto de 1904
Querido Joachim:
Perdóname por haber tardado tanto en escribir. Tuve un problema del que no me sentía capaz de hablar. Y si te escribiese sin contártelo, no te estaría siendo sincera completamente, por eso he esperado.
Cuando terminaron esas maravillosas semanas que pasamos en Irlanda, mis hermanos y yo volvimos a Calais. Mis padres dijeron que yo había crecido mucho, y Guillaume se enfadó y quiso que nos midieran a los dos, para demostrar que también él había crecido. Nos medimos y yo le llevo veintitrés centímetros. Él se enfadó más y me insultó delante de todos (luego lo castigaron).
Estuve pasándolo bien en Calais con mis hermanos. Iba a la playa con ellos y jugábamos, era divertido. Muchas veces, Guillaume se iba a jugar con unos amigos que tiene, y yo paseaba a la orilla del mar con Auguste y Georges. Pero Auguste se hizo amigo de unos chicos de su edad, y comenzó a andar con ellos en vez de con nosotros. Y a partir de entonces, yo anduve con Georges. Siempre paseábamos juntos, hasta que un día él me dijo:
-Jacqueline, yo voy a acompañar a Guillaume a casa. Ya sabes que está castigado, pero como se vaya solo de la playa, igual se marcha por ahí, a cualquier lado, en vez de ir a casa. Por eso voy con él, en media hora estoy aquí.
Me quedé sola, sentada en la arena, hasta que se acercó un chico guapísimo. Era rubio, de ojos azules, y sus gafas le daban un aire interesante. Era alto, pero no tanto como tú.
-Hola, rubita, por fin estás sola –me dijo.
-¿Eh?
-Digo que... siempre te veo rodeada de chicos, hasta ahora, que por fin te has quedado sola –explicó.
Sonreí y no le dije nada.
-Así todo, déjame que cuide de ti –añadió, pasándome un brazo por los hombros, y acariciándome la mano-. A tu novio no le importará, sólo deseo que nadie te haga daño.
-No tengo novio –respondí.
-¿No? ¿Ninguno de esos chicos...?
-Son mis hermanos.
Sonrió.
-Bueno, yo tengo que confesarte algo. Te vi por primera vez la semana pasada, y... desde entonces te observo, y quiero que formes parte de mi vida. Antes creía que tenías novio, y pensaba: “Bueno, esa chica guapa será una buena amiga”. Pero ya que no lo tienes, las cosas cambian. Eres... pareces dulce y agradable, una chica muy buena .Y eres guapísima. Me muero de ganas de conocerte mejor. Venga, cuéntame algo sobre ti.
-Ahora... no se me ocurre nada -contesté.
-¡Venga, mi niña! Llevo una semana obsesionado; soñando contigo por las noches, buscándote por la ciudad, viniendo a la playa para verte... por lo menos dime tu nombre.
-Jacqueline.
-¿Qué más, cómo te apellidas?
-Lebon.
-¿Ves? Ahora ya sé algo. ¿Qué gustos tienes?
Me pareció indiscreto que me lo preguntase. No me conocía de nada.
-Los de todo el mundo, supongo –respondí, para no decir nada concreto, y para que al mismo tiempo, él no se ofendiese.
-Pues no lo parece. Para mí eres diferente. Eres especial, Jacqueline. Seguro que... te dedicas a algo divertido ,¿no? Porque debes de ser increíble.
-Estudio. Y no es divertido.
-Ya, lo supongo. Pero... te gusta más una cosa que otra, ¿no? Dentro de lo que estudias, aunque sea algo de fuera del instituto –supuso.
-Lengua está bien. E Inglés.
-¡Pues qué casualidad, porque yo soy inglés! Ya sé que no se me nota en el acento, pero eso es porque mi madre es de aquí. El inglés es mi padre.
Empecé a mirarlo con otros ojos desde entonces. Me pareció mucho más interesante.
-¿Naciste en Inglaterra? ¿En serio? –le pregunté.
-No. Nací aquí, en Calais. Ahora estoy de vacaciones, pero sí que vivo siempre en Inglaterra. Por cierto, me llamo Daniel Brian Thompson, pero por favor, llámame Danny. Ya nos veremos. Mañana a las once de la mañana, aquí en la playa, por ejemplo. ¿Te viene bien?
-Sí.
-Bueno, pues hasta entonces.
-Adiós.
Yo siempre había querido tener un amigo inglés, y parecía que entonces iba a cumplirse mi deseo. Yo consideraba un poco raro que un chico de su edad se fijase en mí (si yo tenía quince, él pasaba de los veinte), pero no me preocupé por eso. De todas formas, preferí no contarle a nadie que había conocido a un chico inglés en la playa, ni que había quedado con él para vernos al día siguiente. Imaginé a mi madre poniéndose histérica al oír eso, lo de Danny, y por eso no le dije nada.
A la mañana siguiente, mis hermanos se quedaron jugando al fútbol en el jardín de casa, y yo les dije que me iba a la playa.
-¿Quieres que vayamos contigo? –me preguntó Georges.
-No, no hace falta –respondí-. En la playa se levanta toda la arena, no es muy divertido jugar al fútbol allí. Quedaos aquí, puedo ir sola.
Y me fui antes de que Georges decidiese acompañarme. En la playa había poca gente y vi a Danny enseguida, en la entrada.
-Hola, guapa, menos mal que has venido –me dijo.
-Hola, Danny.
Me cogió del brazo y añadió:
-Vamos a otro lado. Eres maravillosa, por supuesto que no me avergüenzo de ti. Pero la gente siempre empieza a hablar, y a juzgar. Por eso prefiero que no nos vea todo el mundo, para protegerte de esas críticas.
Salimos de la playa y anduvimos por las calles hasta llegar a una taberna. Allí sólo se encontraba el camarero, no había nadie más.
-¿Qué quieres, nena? –me preguntó Danny-. ¿Qué te apetece?
-Nada. No hace falta...
-Venga, no me digas eso. Pídeme algo.
-Un helado.
-¡A ver; un helado para la señorita! –le gritó Danny al camarero.
Este último se encogió de hombros.
-No tenemos –respondió-. Puede pedir... café o licores. Nada más.
-No me apetece nada de eso –le dije a Danny.
-No me extraña, cariño. Yo pediré un café para que podamos quedarnos aquí y hablar, pero no te preocupes, luego iremos a otro lado y te compraré lo que quieras.
Al empezar a hablar con Danny me sentí muy incómoda, ya que era consciente de que el camarero no perdía palabra de la conversación. Él no tenía nada qué hacer, más que escucharnos.
-Oye, Danny, tengo una pregunta –declaré.
-Dime.
-¿De qué parte de Inglaterra eres?
-De Dover. Está muy cerca de aquí, como ya sabrás. Si quieres, te llevo un día, ¿nunca has estado?
-No, nunca he estado en Dover. Pero sí en la Isla de Wight.
-¿Y no te gustaría ir a Dover?
-Sí.
-Pues te llevo un día en mi barco. Se llega enseguida.
-¿Tienes un barco?
-Sí. Me dedico a eso, a la pesca.
Ése fue uno de los pocos datos que me dio sobre su vida. Seguimos hablando de distintos temas, y de mí, pero él casi no me contó nada sobre sí mismo. Y cuando le pregunté cuántos años tenía, él contestó:
-Prefiero no hablar sobre mí. Soy muy reservado.
-Yo también soy muy reservada, y sin embargo, respondo a tus preguntas.
-Vale, está bien. Tengo veintidós.
-Me llevas...
-Sí, te llevo siete años. Pero no me importa la edad.
Yo ya suponía que Danny me llevaba unos cuantos años. Él tenía aspecto de simpático, aunque también algo misterioso, al no querer hablar mucho sobre sí mismo. Pero ese último detalle no me pareció digno de desconfianza, ya que a mí tampoco me gusta nada contar mi vida.
Salimos de la taberna y Danny me compró un helado en otro lado.
-Quiero verte otra vez esta tarde –me dijo él-. Estar sin ti es vivir a medias. No me siento completo cuando no estás. Así que... ¿dónde nos vemos, y a qué hora? Dímelo tú, quiero que sea todo como a ti te apetezca.
-¿A las tres en el puerto?
-Sí, de acuerdo. Allí estaré.
-Hasta luego.
-Adiós, mi niña, cuídate.
Al mediodía no tuve hambre por culpa del helado. Mis padres y mis hermanos me preguntaron en dónde había estado esa mañana, y les dije que en la playa y por las calles, y que había comprado un helado.
A las tres de la tarde me reuní con Danny, y volví a ver al joven en sucesivas ocasiones durante la semana. Yo me sentía especial, por eso seguía viéndolo, y acudiendo a nuestras furtivas citas. Él me hacía sentir apreciada. Él era lo más similar a un novio que yo había tenido. Y a mí me parecía bien, sin embargo, me entraron dudas.
-Danny, nosotros somos amigos, ¿verdad? –le dije una tarde en la que nos hallábamos los dos en la playa, sentados sobre las rocas-. No somos novios, ¿no?
-¿Por qué me lo preguntas? ¿Te da miedo iniciar un noviazgo?
-No lo sé. A lo mejor es eso. O tal vez sea que no te conozco lo suficiente.
-Yo te vi y me enamoré de ti. Y no conocía ni tu nombre. No sabía nada de tu vida, Jacqueline.
No respondí a eso.
-¿Nunca has tenido novio? ¿Si me aceptases, yo sería el primero? –me preguntó.
Asentí con la cabeza.
-¿Y tú has estado alguna vez con una chica? –quise saber.
-Sí. Pero no eran como tú. Me decepcionaron. Sin embargo...sé que tú no lo harás. Pareces inocente y sincera. No obstante, si tienes dudas, te dejaré que te aclares. No quiero presionarte, seguiremos siendo amigos hasta que cambies de opinión. No te voy a meter prisa.
Volvimos a vernos unas cuantas veces desde entonces. Yo no sabía qué disculpas inventar en casa para que nadie sospechase nada. Y a todos les estaba pareciendo algo raro que saliese sola, teniendo tres hermanos que podían acompañarme.
-Jacqueline, tengo que hacerte una pregunta –me dijo Guillaume una mañana, justo antes de que yo saliese para ver a Danny.
Yo me puse nerviosa. A ver si no era nada acerca de mis sospechosas salidas.
-¿Tú qué haces para crecer? –dijo Guillaume.
Me quedé aliviada.
-No lo sé. Nada en especial –respondí.
-Eso digo yo, porque yo como más que tú, ¡y no crezco! ¡Y tú comes poco y sí que creces!
-Ya, pero no te preocupes por eso. Eso no importa. Ahora... me voy, ¿vale? Adiós, Guillaume.
-Adiós.
Salí de casa y me encontré con Danny en un bar del puerto. Habíamos decidido vernos allí. Observé que Danny siempre me invitaba a “tabernitas baratas”, pero él ejercía una fuerte atracción sobre mí, así que no le di importancia a eso. Otro dato del que me percaté era el hecho de que a veces Danny desviaba la vista, evitaba mirarme a los ojos en ciertas ocasiones. A mí a veces me pasa eso por timidez, pero Danny no parecía tímido. Si lo fuese, no habría venido a hablarme aquel día que me quedé sola en la playa.
Hablamos en el bar, y Danny se portó conmigo mejor que nunca, así que mis sospechas acerca de él se borraron. Me compró bombones (yo, al llegar a casa los guardé en un cajón de mi mesilla de noche, tapados con papeles para que mi madre no los viese); me invitó a una limonada y me dijo cosas bonitas. Y al final añadió:
-He esperado a este momento para decírtelo, para que no te preocupases antes, pero... mañana me voy para Inglaterra y tardaré bastante en volver. Pero antes tengo que pedirte un favor.
-Dime, ¿qué quieres que haga?
Me cogió de la mano.
-Sé que te va a costar, pero tienes que hacer un esfuerzo, Jacqueline. Por favor. Necesito que vengas al puerto esta noche, sobre las once y cuarto.
-No puedo. A esa hora, no.
-Jacqueline, por favor. Es muy importante. Escucha, tienes que hacer un pequeño trabajo, nada más.
-¿En qué consiste el trabajo?
-Verás, un amigo mío tiene que clasificar unos libros según la época histórica, o algo así. No se lo entendí muy bien, pero él te lo explicará y seguro que tú sabes hacerlo perfectamente. Él no sabe y yo tampoco, y es muy importante que le ayudes. Tardarás menos de cinco minutos. Luego podrás marcharte.
-Pero... esa hora no me viene bien. ¿Por qué no a otra?
-Él vendrá a esa hora, cariño. Llegará de Inglaterra sobre las once, en barco. Sólo puede ser entonces. Te necesitamos. Y... por cierto, quiero que me digas qué decisión has tomado, si quieres que seamos novios. Pero no me respondas ahora, piénsatelo hasta la noche y luego me lo dices, cuando se marche mi amigo.
-Danny, no puedo venir por la noche, ¿de acuerdo?
-¿No? ¿Pero por qué? –me preguntó-. ¿Me tienes miedo, desconfías de mí?
-No es eso.
-Pues mira, niña, me estoy cansando. Te trato lo mejor que puedo, siempre con respeto, ¡y ni así gano tu confianza! Me tomas por un... sinvergüenza que te quiere hacer daño.
-No.
-¡¡¡Sí!!! ¡¡¡Ni se te ocurra negarlo!!! ¡Se trata de eso, y si no, es que no quieres ayudar a mi amigo! ¿Pero sabes una cosa? Que estoy harto. Me voy a ir a Inglaterra, seguro que allí encuentro a una chica que confíe en mí y que me preste ayuda cuando la necesite. Va a ser verdad lo que decía un amigo mío: “Las inglesas son mejores que las francesas”. Pues sí, él tenía razón. Ahora lo que quiero es olvidarte, Jacqueline. Adiós.
-No. No, no te vayas.
Pero él se marchó. Y yo me quedé mirando al mar con los ojos humedecidos, mientras la rabia se apoderaba de mí al recordar lo de: “ las inglesas son mejores que las francesas”. Me sequé las lágrimas antes de que me llegasen a las mejillas, y me di cuenta de que estaba enamorada de Daniel Brian Thompson. Pero él ya no lo estaba de mí.
Esa tarde intenté que todo volviese a la normalidad, que mi vida volviese a ser igual que antes de conocer a Danny. Pero me estaba resultando difícil. No podía evitar preguntarme qué habría pasado si yo hubiese confiado de verdad en el joven inglés, y si hubiese aceptado quedar con él esa noche en el puerto. Y me sentí culpable por no haberle hecho caso.
Se me hacía durísimo tener que guardarme todo lo que sentía. Yo miraba a mi hermano Georges, pensando: “¿y si se lo cuento?” Sin embargo, no lo hice. No sabía por dónde empezar, ni cómo se lo iba a tomar él. Sólo le comenté:
-Hoy voy contigo y con los otros. Me he cansado de salir... como antes.
Él se dio cuenta de que me pasaba algo.
-¿Estás bien? –me preguntó.
-Sí, ¿por qué?
-Porque estás un poco rara últimamente, pero si tú dices que nos es nada, no lo será.
Más tarde, después de la cena, mi madre también quiso hablar conmigo. Me preguntó qué me pasaba, y yo no le conté nada. Me dijo que quería saber lo que me ocurría, porque que algo era. Me ordenó contárselo, pero no accedí. Discutimos y gritamos, y yo me marché de la habitación, enfadada. Eso es porque siempre, excepto esta vez, le cuento lo que me pasa. Por eso está acostumbrada a que lo haga, y cuando no actúo así, se lo toma a mal.
Yo me quedé peor que antes, por la discusión y porque no olvidaba el tema de Danny. Me negaba a creer que el joven se había marchado ya para Inglaterra, y que yo ya no significaba nada para él. Yo lo quería, y deseaba pedirle perdón y explicarle mis sentimientos antes de que él se fuese para Inglaterra. Por eso a las once y diez de la noche salí de casa, esperando regresar lo antes posible. El gato, Kaiser, me vio marchar y maulló un poco. Lo acaricié para que no llamase la atención de los demás.
Me encaminé al puerto. En el fondo, yo albergaba alguna esperanza de que Danny se encontrase allí, tal como me había dicho por la mañana antes de enfadarse. Yo deseaba que así fuese, y aunque, ciertamente, la razón me indicaba que él no iba a estar, sí que lo encontré, a la entrada del puerto. Nos abrazamos y le pedí perdón por no haber confiado en él.
-No importa –me dijo-. Eso no va a cambiar nada, te sigo queriendo igual o más que antes. Fui muy duro contigo, tienes que disculparme.
-Danny, quiero que seamos novios –declaré-. Ya lo he pensado, estoy segura.
Me acarició en las mejillas y dijo:
-Me alegra mucho que digas eso. ¿Bueno, qué tal estás?
-No muy bien. Me he peleado con mi madre.
-Vaya, ¿y eso por qué?
-Me... me quedé muy triste cuando creí que te había perdido para siempre. Ella me preguntó qué me ocurría, no se lo dije, y... nos enfadamos.
-Tranquila, ya lo arreglaréis. Mira, ya no tienes que ayudarme, lo de mi amigo ya lo solucionamos. Pero te voy a enseñar una cosa.
Seguimos andando por el puerto hasta acercarnos a un barco de tamaño mediano.
-Mira, es mi barco –dijo Danny-. ¿Qué te parece?
-Es bonito.
-Sí. Y aunque no sea muy grande, está bien equipado. Tiene botes salvavidas. He pensado que a lo mejor te apetece dar una vuelta.
-Ahora no. Tengo que irme enseguida.
-Bueno, me ha costado traerlo, ¿sabes? Mi hermano estaba con él en Dover y no me lo quería devolver hasta mañana. Pero al final he conseguido tenerlo hoy, para dar una vueltecita contigo. Piénsatelo, haz lo que quieras. Mientras tanto, te traigo una limonada, sé que te gusta.
Danny se subió a un bote pequeño y navegó con él unos pocos metros, hasta llegar al barco. Luego vino de vuelta, con un vaso en la mano.
-Vente al bote –me dijo-. Si quieres, puedes tomarte aquí la limonada.
Le hice caso, y él remó hasta acercarnos al barco, aunque en principio no subimos a él. Yo bebí, pero lo que contenía el vaso no me supo a limonada.
-¿Qué me has traído? –le pregunté.
-Limonada, ¿no?
-No. Sabe... distinto.
-¡Ah! Perdona, me he confundido, es... bueno, son unas plantas. Saben bien, a mí me gustan. Venga, bébetelas. Al principio sí que saben raras, pero luego te acostumbras y te saben muy bien.
Él me siguió hablando, muy amablemente, y yo le dije:
-Llévame de vuelta, tengo que ir al baño.
-Espera...
-No puedo, me corre prisa.
-Pues entonces... hay aseos en el barco. Son los que más cerca te quedan. Sube –respondió Danny.
Él trepó por unas escalerillas y a mí me llevó en brazos. Una vez en el barco, me dijo:
-Vete recto y luego a la derecha.
Yo iba a seguir sus instrucciones, sin embargo, mientras continuaba recto escuché un grito parecido al de un bebé llorando, o al de un gato que maúlla. El sonido provenía de una habitación situada a la izquierda, y me detuve allí durante un instante.
-¡Eh, chavalita, te he dicho que el baño estaba a la derecha! –gritó Danny.
-Ya, pero...
-A la derecha, ¿no me entiendes? ¿Y no decías que tenías prisa? ¡Pues corre, vete a aliviarte!
Asentí con la cabeza y obedecí, a pesar de que el sonido continuaba en uno de los departamentos de la izquierda. Me resultó extraño que Danny hubiese sido brusco conmigo.
No había pasado ni un minuto cuando noté que el barco se movía más. Sin duda, estaba en marcha. Eso no me gustó; Danny no me había pedido permiso para dar vueltas. Y al salir del baño vi que el joven se hallaba al fondo del pasillo.
-Tengo que irme a casa –le dije-. No quiero dar vueltas.
-Ven –respondió.
Me acerqué un poco a él y añadí:
-Por cierto, ¿quién pilota?
-Mi amigo –me dijo.
-Pero, oye, tengo que irme a casa. Quiero volver.
Danny negó con la cabeza.
-Jacqueline, entra ahí, haz el favor –me pidió, señalando uno de los camarotes situados a la derecha.
-¡Pero Danny, que me tengo que marchar!
-¡¡¡Te he dicho que entres!!! –bramó.
Me tapó la boca con una mano, y con la otra me agarró y me empujó a la habitación. Después me soltó completamente y yo me quedé temblando, temiendo por lo que Danny me fuese a hacer.
-Déjame marchar –le pedí-. Y no me hagas daño. Por favor, no me toques.
-Nos vamos a Dover –respondió.
-¡¡¡No!!! ¡Quiero irme a casa! ¡Da la vuelta!
Danny negó con la cabeza. Yo corrí hacia la puerta y salí del camarote. Me dirigí a uno de los cuartos de la izquierda, del que había provenido el sonido. Pero Danny me alcanzó y me agarró antes de que yo pudiese entrar.
-¿Qué era lo que hacía ruido? –le pregunté.
-Mi gato –declaró Danny-. Y no andes metiendo las narices en todo.
-¿Puedo ver el gato?
-¡¡¡No!!! Tiene... sarna. Por eso lo encierro.
Logré abrir la puerta y hacerle cosquillas a Danny. Éste me soltó durante un instante que aproveché para entrar en el camarote, iluminado por una lámpara. Sobre el lecho se hallaba una caja, sin tapa por arriba, y un bebé durmiendo dentro. Eso me extrañó enormemente, y no volví a fiarme de Danny.
-¿Qué hace este niño aquí? –le pregunté-. ¡No será hijo tuyo!
Danny entró en el cuarto y negó con la cabeza.
-No lo es, pero delante de mi padre tendré que aparentar que sí. Al igual que tú tendrás que fingir que eres la madre del bebé.
-¡¿Qué?! ¡No cuentes conmigo!
Danny cerró la puerta.
-Jacqueline, cálmate. No va a pasar nada –dijo-. Déjame que te lo explique. Mi padre está en Dover, en su lecho de muerte. Y en vez de dejarme a mí la mayor parte de la herencia, tenía pensado dejársela a mi hermano mayor, ya que él está casado, y según mi padre, necesita el dinero más que yo, porque él debe mantener a la esposa. Por eso he ideado un plan para quedarme con la mayor parte de la herencia.
>> Le he dicho a mi padre que estoy casado y que tengo un hijo. Estuve años sin verlo, por eso puede resultar creíble. Él estaba en el norte de Inglaterra, es que ahora lo he traído a mi casa. Eso sí, le he contado que lo invité a mi boda, pero que la invitación debió de extraviarse por el camino. Y él quiere conocer a sus supuestos nuera y nieto. Por eso tú debes ir conmigo a nuestra casa de Dover, con el bebé en brazos. Mi padre tiene que veros, y ya está. Luego te dejaré marchar. Esto es lo que quiero de ti, lo que siempre he querido.
Me quedé muy aturdida.
-Entonces... ¿me has mentido todo el tiempo? –pregunté, conteniendo las lágrimas.
-Haz lo que te pido.
-¿Me has estado utilizando, no me quieres de verdad?
-¡¡¡Haz lo que te pido!!!
Él no me respondía, pero, aunque yo me negaba a aceptarlo, estaba claro que Danny me había estado utilizando todo el tiempo. Y era para engañar en el lecho de muerte a un pobre hombre que además era su padre. Me había seducido para eso. Todas las palabras bonitas que me había dirigido habían sido mentira, una tras otra. Yo no podía creerlo. Deseaba que todo fuese un sueño.
-No... tu padre no se va a creer que yo tengo un hijo –comenté a la desesperada, para ver si Danny me dejaba marchar-. Soy demasiado joven, y tengo cara de niña, aún aparento menos edad de la que tengo.
-A los quince años, una chica ya puede tener hijos –rebatió Danny-. Además, mi padre no ve muy bien. No se fijará demasiado en tu cara. Así todo, tú eres la apropiada, Jacqueline. Me gustan las chicas rubias y delgadas. Y mi padre lo sabe. Y también eres muy adecuada para esto por tu discreción. Te conozco mejor que tú a mí, y sé que no le has hablado a nadie de mi existencia. Eres... demasiado tímida como para contárselo a alguien, y si no es eso, es que temes lo que te puedan decir tus padres. Pero ahora, hazme un favor. Te necesito.
-No –dije, simplemente.
Danny se apoyó en la puerta.
-Mira, niña, si me obedeces, todo saldrá bien. Pero si no, puedo resultar un poco peligroso. Soy inteligente. He logrado hacerte aparecer hoy aquí, de noche, para que nadie te viese por el puerto. Si bien no has caído en la trampa de, supuestamente, venir a ayudar a un amigo mío, he sabido enfrentarme a ti para que vinieses corriendo a hacer las paces. Y... como no parecías muy dispuesta a hacerme caso, te he servido un producto apropiado para que te entrasen ganas de ir al baño, y así tuvieses que subir al barco. Además, físicamente te gano en todo. Aunque tú seas más guapa, yo soy más alto y más fuerte que tú. Tú eres una chavalita, y yo, un hombre. Puedo hacerte daño de un montón de maneras, aunque... si me obedeces, seguiremos llevándonos bien.
-Me has engañado –murmuré.
-No. Excepto en esos detalles que te acabo de comentar, nunca te he mentido.
Se me acercó.
-Y excepto también en la edad. Tengo veinticinco, te llevo diez años. Pero eso no importa –añadió Danny.
Me agarró de la cintura, y aunque lo intenté, no pude evitar que me besase en los labios. Debió de hacerlo para fastidiarme, para ponerme de los nervios. Cuando terminó, le escupí en la camisa y me limpié los labios con el dorso de la mano. Y él me empujó, haciéndome apoyar la espalda en el armario. No separó sus manos de mis hombros, para impedir que yo me moviese.
-Eres el mayor maleducado que he conocido en mi vida –le dije-. Sé que no te importa lo que pienso, pero quiero que lo oigas.
Fue lo primero que me vino a la cabeza, pero bueno, los ladrones con los que nos encontramos en Suiza, en aquella excursión del instituto, también eran grandes maleducados.
-Cállate –respondió Danny-. Te repito que te puedo en todo. ¿O quieres que te dé una paliza?
-No, por favor.
Me soltó y se acercó a la mesilla de noche. Sacó un cigarro y se puso a fumar. Era la primera vez que fumaba delante de mí.
Yo miré al bebé, que seguía durmiendo en la caja. Era muy rubio. Me dio pena de él, de que hubiese caído en las manos de Danny.
-¿De dónde lo has sacado? –le pregunté a Danny.
-¿Al niño? De un orfanato de Le Havre. Y dime, ¿fingirás ser su madre o no?-quiso saber-. ¿Fingirás ser mi mujer?
-Oye ,Danny, déjame marchar ahora. Por favor.
-Así que no quieres fingir, ¿eh? Te estás arriesgando, Jacqueline. Mucho.
-¿Has sacado al niño de un orfanato? –insistí-. ¿Lo has adoptado?
-No, claro que no. Me puse en la puerta del orfanato. Vi a una mujer que llevaba al niño, y yo le dije: “Déjemelo aquí a mí, yo soy uno de los encargados”. Y ella me hizo caso.
-Entonces lo has robado –comenté.
-Tranquila. Sus padres no lo reclamarán. ¡Es huérfano! –exclamó Danny, entre risas.
Me pareció deplorable que eso le hiciese gracia.
-¿Está bautizado? –le pregunté.
-Sí. Se llama Paul. Me lo dijo esa señora que lo llevó al orfanato. También me contó que el bebé había nacido el diecisiete de abril, y que la madre había muerto. Del padre no se sabe nada.
-Tiene cuatro meses –murmuré-. Creí que tenía aún menos, no está creciendo mucho, no lo estás alimentando bien.
-¡¡¡Pues quédate con él desde que lleguemos a Dover!!! ¡Adóptalo como hijo! –gritó Danny-. A ver si te gusta cambiarle el pañal, como yo, hace unos minutos.
El bebé se echó a llorar.
-¡Bah, yo esto no lo aguanto! –dijo Danny-. Y el barco está yendo lentísimo, voy a hablar con el piloto.
Danny abandonó el camarote. Yo me acerqué a la puerta pero no la pude abrir, Danny me había encerrado allí. Me senté en la cama y cogí al niño en brazos. Lo acaricié, susurrando:
-Tranquilo, Paul, no llores. No llores, Danny no nos va a hacer daño.
La habitación olía a tabaco y yo empecé a sentir náuseas, no me gusta nada ese olor. Observé que en vez del típico ojo de buey, el camarote contaba con una ventana más grande, de forma rectangular. Corrí un pasador y la abrí con la intención de que entrase aire fresco. Me asomé y descubrí que a muy poca distancia se hallaba el piso de abajo, con un bote allí mismo, en la cubierta, cosa que me produjo extrañeza. Y se me ocurrió escapar por la ventana.
El llanto del bebé había cesado. Lo cogí en brazos y lo apreté contra mi pecho cuando salté por la ventana, para que no se precipitase contra el suelo. Caí de cuclillas en el primer piso, haciendo ruido con los zapatos, y el niño volvió a llorar. Yo lo acaricié y le hablé con dulzura. Y él se quedó en silencio, se notaba que estaba falto de cariño.
El faro y las estrellas iluminaban la noche. Yo desaté el bote y dejé al bebé suavemente sobre el suelo. Agarré el bote con las dos manos, y costándome mucho trabajo, lo lancé al mar. Cogí de nuevo al bebé en brazos y bajé por las escalerillas del barco. Luego, armándome de valor, me lancé al agua (friísima) y me agarré con una mano al bote, mientras que con la otra sujetaba al bebé. Logré que él no se mojase, pero no pude evitar que se echase a llorar. Me subí al bote, con el niño, y me froté el cuerpo, temblando de frío. Dejé a Paul sobre mi regazo y cogí unos remos que había en el bote. Nunca había remado hasta entonces, sin embargo, sí que había contemplado competiciones de gente que lo hacía, e intenté imitarla.
Pensé que me iba a cansar menos. De todas formas, no entré mucho en calor. Me sentía como si estuviese soñando. Sólo deseaba llegar a casa, pero para eso, antes había que remar. Comprobé que podía hacerlo más rápidamente si me levantaba un poco sobre el bote, en vez de ir completamente sentada. Y remé así a partir de entonces, dejando al bebé sobre el suelo de la lancha.
Yo me guiaba por el faro. Me encontraba muy incómoda, entre la mojadura, el frío y el esfuerzo de remar. Parecía que el puerto se encontraba muy cerca, pero yo remaba y remaba, y no conseguía llegar. Descansé un poco, no podía más, y luego continué. No sé cuanto tiempo me llevó llegar, pero a mí me parece que como mínimo tres cuartos de hora, hasta que al final vi el puerto.
Fui con la lancha hasta la orilla, para no tener que nadar, cogí al bebé en brazos y me bajé del bote. Casi no me aguantaba de pie. Hice un esfuerzo y fui andando hasta una de las casas cercanas al puerto. Yo quería dejar al bebé en una de esas casas, a pesar de me daba mucha vergüenza pedirle a alguien que lo admitiese allí durante esa noche. Pero yo no sabía qué pensaría mi familia si me presentaba allí con el niño, seguro que me hacían un montón de preguntas, y lo único que yo deseaba era acostarme y dormir; sin dar explicaciones.
Golpeé la aldaba de la puerta más próxima y al cabo de un tiempo considerable, un hombre dijo al otro lado:
-Identifíquese.
-Soy... Jacqueline Lebon –respondí, extrañada de lo mucho que me temblaba la voz-. Perdóneme, pero he encontrado... un bebé abandonado. Necesito ayuda.
El hombre abrió una rendija de la puerta, dejando que una cadena mediase entre nosotros.
-Por favor, tiene que quedarse con el bebé esta noche –añadí-. Sólo ésta, le prometo que mañana por la mañana me lo llevaré a... otro lado. El niño es... tranquilo. Apenas llora.
-¿Dónde lo has encontrado?
-En... el puerto. Luego se lo explicaré mejor. Mañana. Pero ahora debo irme.
El hombre abrió la puerta y lo vi con más claridad. Era algo mayor, y el poco pelo que conservaba era de color blanco. Sostenía un candelabro.
-Está bien, tráeme al niño –respondió.
Se lo di y lo cogió en brazos.
-¿Y tú estás bien?- añadió-.Te veo pálida, mojada y temblorosa. Pareces muy cansada, ¿seguro que no quieres pasar?
-Tengo prisa, sólo...
-¿Sí?
-¿Puede traerme un vaso de agua? Por favor.
-Claro, hija, claro.
Bebí, le di las gracias y le pedí disculpas por haberlo molestado a aquella hora (eran, más o menos, las doce de la noche).
-No pasa nada, no te preocupes –dijo él-. Tú no tienes la culpa, es... esa gente desalmada, la que abandona niños, la que debería disculparse. Tú eres una buena niña, estás haciendo lo que debes. Venga, hasta luego, buenas noches, Jacqueline.
-Buenas noches.
Él cerró la puerta y yo intenté seguir andando. Pero comencé a encontrarme mal, a marearme, y me acerqué a la casa más próxima. Se trataba de la que estaba pegada a la de aquel hombre, a la derecha. Agarré el pomo y llamé, sintiéndome desfallecer.
-Me voy a desmayar –dije, mientras llamaba a la puerta-. Que alguien me ayude, me mareo.
Noté algo extraño, como si mi voz sonase desde lejos, y no recuerdo qué sucedió inmediatamente después, ya que perdí el conocimiento.
Más tarde vi gente a mi alrededor. Yo estaba acostada, y los demás armaron revuelo, exclamando que yo había abierto los ojos. Esto no lo recuerdo con gran claridad, no me encontraba bien del todo. Luego, un hombre me metió algo en la boca y me mandó tragar. Supongo que él era un médico.
Volví a despertarme por la mañana, y desde la cama, contemplé la habitación. Me pareció que era la misma que la de hacía unas horas, en la que había estado aquella gente. Ahora, una mujer que tendría aproximadamente la edad de mi madre, se hallaba a mi izquierda, en una silla. Me senté en la cama y ella se incorporó también.
-¿Cómo te encuentras? –me preguntó.
-Bien –declaré-. ¿Pero dónde estoy?
-Anoche te encontramos desmayada ante la puerta de casa. Te trajimos aquí, a esta habitación, y avisamos a un médico.
-Gracias por ayudarme –dije.
-¿Y qué otra cosa íbamos a hacer? Venga quédate aquí. Vuelvo enseguida.
Observé que yo no llevaba puesto el vestido mojado, azul oscuro y blanco, de la noche anterior; sino uno seco de color amarillo, uno que no me pertenecía. Oí unos pasos acelerados y en mi habitación entraron un niño y una niña pequeños.
-¡Mira, Sophie, ya está despierta! –le dijo el niño a su hermana.
-¡Dejadla! –les pidió su padre-. Dejadla tranquila, tiene que descansar.
Los niños de fueron y el hombre entró en el cuarto.
-¿Estás bien, te molesta que te hable? –me preguntó.
-Estoy bien, no me molesta.
Se sentó en la silla.
-¿Qué te pasó? ¿Te caíste al mar, o algo? –se interesó-. Porque estabas mojada, mi mujer tuvo que cambiarte el vestido.
-Sí, estuve remando y me mojé algo –respondí.
-Bastante.
-Sí, bastante. Me caí de la lancha. Remé y me cansé mucho. Luego empecé a encontrarme mal.
La mujer entró en el cuarto con una taza de chocolate caliente para mí. Al terminar me marché de la casa, tras haberles asegurado a ellos que me encontraba bien. Me dieron una bolsa para que llevase allí mi vestido mojado, y seguí con el otro puesto (me lo regalaron). Entonces, me dirigí a la casa de al lado y llamé a la puerta.
Esta vez abrió una mujer, no el hombre de la noche anterior.
-Soy... la de ayer, Jacqueline, la que ha traído al niño –expliqué.
-¡Ah, pasa! Pero... mira... nuestro hijo y su mujer desearían quedarse con el bebé. No sé qué te parecerá a ti...
-Muy bien. Yo no sabría qué hacer con él, ni adónde llevarlo.
Les di, a ella y a su marido (el hombre de la noche anterior), los pocos datos que yo conocía sobre el bebé. Y lo peor fue cuando ellos me hicieron la pregunta ineludible de: “¿Dónde decías que lo habías encontrado?”
-Subí a un barco, y... un chico lo tenía allí. El chico pretendía quedarse con el bebé para hacer unas trampas y cobrar una herencia –expliqué-. En Le Havre se hizo pasar por un encargado del orfanato, y se quedó con el bebé. Pero ese chico no lo cuidaría bien. Menos mal que pude quitárselo.
-¿Y cómo lo hiciste? –preguntó la mujer.
-El chico se marchó un momento, y entonces me escapé con el niño.
-Y eso sucedió anoche, ¿verdad? –intervino el hombre.
-Sí –respondí.
-¿Y qué hacía una chica tan joven como tú, una niña, sola a esas horas? –quiso saber la mujer.
Me puse colorada.
-¡Por favor! No le hagas esas preguntas a la pobre niña, que parece formal –dijo el hombre-. Sus motivos tendría, y no nos interesan.
Sonreí en señal de agradecimiento.
Si eso había sido un mal trago, en casa no lo pasé mejor. Procuré ir rápido, deseando que aún siguiesen todos en cama, meterme yo en la mía, y así aparentar que había permanecido allí toda la noche. Pero no lo logré. El primero en verme fue Guillaume, desde la ventana. Eso ya me dio mala espina, pues, aunque los demás se hallasen durmiendo plácidamente, él se mostraría encantado de informarles de que yo venía de fuera. Entré en casa y escuché a Guillaume diciendo:
-¡...sí, viene ahí, la he visto!
Él, Auguste y Georges bajaron las escaleras corriendo.
-Le has hecho llorar a mamá –me acusó Guillaume-. Estaba preocupada por “la nena”, es decir, que se volvió loca y nos despertó.
-¿Cómo?
-¡Que dijo que no estabas, y se sentía culpable porque acababais de discutir, y ella creía que te habías ido por eso!
-¡No, no me fui por eso!
-Ya veo –añadió Guillaume-. Ese vestido es nuevo, ¿no? ¿Te has marchado para comprarlo?
-¡No! Fue... un accidente. ¿Y dónde está mamá?
-Está buscándote por fuera, con papá– respondió Auguste-. Georges y yo salimos a las seis de la madrugada para ver si te encontrábamos.
-¿A las seis?
-Sí. A las cinco y media hubo un ruido. Era un cuadro que se había caído, pero mamá se levantó, entró en tu habitación y no te vio. Se puso toda nerviosa, lloró, y papá tuvo que intentar tranquilizarla a pesar de que él tampoco estaba tranquilo.
Me quedé pensativa. Yo nunca había visto a nuestra madre llorando.
-¿A qué hora te marchaste? –me preguntó Georges, suavemente.
-A las once y diez –admití.
-¡¿Has pasado toda la noche fuera?! –bramó Auguste-. ¡Tendrás una muy buena explicación que darnos acerca de lo que te ha sucedido! Mira, hermanita, esto es una vergüenza. Menos mal que tu tontería ha coincidido con los días de permiso que le hemos dado a la criada. Sería bochornoso que ella se enterase de esto.
Yo iba a responderle, no de muy buena manera, pero Georges me preguntó:
-Jacqueline, ¿qué te pasó? Eso no es propio de ti.
-Me fui porque... –empecé a decir.
Pero no continué. Antes tendría que explicarles que yo había estado quedando con un chico llamado Daniel Brian Thompson, que él había fingido un enfado para que yo lo echase de menos, y así atraerme a la cita nocturna... Yo debería admitir también que, anteriormente, Danny había ejercido una fortísima atracción sobre mí, que había estado enamorada de él... y yo no quería contarles eso a mis hermanos. Seguro que me reñían. Y yo ya había aprendido por mí misma, no me hacía falta que ellos me reprendiesen para que escarmentase.
Anímicamente, yo no me encontraba bien del todo. Hasta hacía horas, Danny había sido una persona admirable para mí, pero de repente, las cosas habían cambiado y comencé a sentir lo contrario. Y eso es difícil de asimilar.
-Sí, ¿por qué te fuiste? –añadió Georges.
-Fue un error –dije-. Cometí un error, nada más.
-No te entiendo, explícalo mejor –me pidió Auguste.
Pero no tuve que responder en aquel momento, ya que llegaron mis padres. Me abrazaron los dos, y yo me di cuenta de que tenía que explicarles lo que había pasado. Ellos querían saberlo, seguro.
-Yo... iba a volver pronto –dije-. No pretendía pasar todo ese tiempo fuera, pero...se me complicaron las cosas.
-¿Qué te pasó, cariño? –preguntó mi madre.
-No le da la gana de contarlo –intervino Auguste, notablemente enfadado-. Y eso que estuvo fuera de once y diez de la noche a nueve menos cuarto de la mañana.
-Puede que se quedase muy afectada y que no se sienta preparada para afrontar los hechos –respondió Georges-. Por eso, no la fuerces.
-Pues si no está preparada para hablar de eso, es una cobarde –dijo Auguste.
-¡¡¡Si hubieras pasado por lo que yo, a lo mejor no decías eso!!! –grité.
-A lo mejor, pero... se me hace muy difícil ponerme en tu lugar e imaginarme lo que has vivido, porque, como no lo cuentas... –dijo Auguste, con burla.
-No le hagas caso –me susurró Georges al oído-. Yo quiero ayudarte, y cuando te decidas a contarlo, sea lo que sea, no me voy a burlar. Y... tranquila. Ya ha pasado todo, ahora estás a salvo.
Todos, excepto Guillaume y yo, entraron en el salón.
-Jacqueline, si no te da la gana de contarlo, haces bien en callarte –opinó Guillaume-. Porque si lo cuentas, ya sé que te vas a echar a llorar; que los demás van a decir: “¡Oh, pobrecita nuestra niña!” ; y empezaréis a hablar de un tema que tú quieres olvidar. Es mejor ahorrarse toda esa tontería.
Por una vez, las palabras de Guillaume me hicieron sentir cómoda. Me fui a mi habitación, y precisamente él, mi hermano pequeño, se acercó a llamarme unas horas después.
-Están hablando de ti –me dijo, con un tono educado que yo a él le había escuchado muy pocas veces hasta la fecha.
Me tomó del brazo y bajamos juntos las escaleras. Nos quedamos de pie, al lado de la puerta (cerrada) de la cocina y escuchamos lo siguiente:
-... no, ¡no está loca! –decía Georges.
-Ya, pero si tiene problemas, a lo mejor le viene bien hablar con un psiquiatra –respondió Auguste-. Aunque, creáis lo que creáis vosotros, yo pienso que es todo tontería, que no lo quiere contar para hacerse la importante, como diciendo: “Paso la noche fuera pero no me digno a explicar por qué”. Y para eso, lo mejor es ponerse serios y obligarla a que lo cuente. No dejarla en paz hasta que lo explique. Y si eso no funciona, entonces sí, amenazarla con llevarla al psiquiatra. Y como no va a querer ir, lo va a contar, ésa es la solución.
Me irrité al oírlo. Me entraron ganas de pasar a la cocina a discutir con Auguste, pero me contuve, pues lo mejor era seguir escuchando.
-Lo que menos conviene es forzarla e intimidarla – lo contradijo mi padre-. Ya habrá sufrido por la noche, ¿no?, ¿no lo pensáis? Pues que no sufra ahora por nuestra culpa.
-Sí, algo debió de pasarle por la noche, para tardar tanto –supuso Georges-. Pero antes ya estaba mal, por la tarde la noté... distinta. Lo que no entiendo es por qué se marchó por la noche, a las once.
-Fui demasiado dura con ella –intervino mi madre-. Yo creía que ocultaba algo, la noté muy rara. Por eso le pedí que me contase qué pasaba. Ella se enfadó mucho, y... seguro que se marchó por eso. Sólo es una niña –añadió, con voz temblorosa-. Le exigí demasiado.
-No me fui por eso –susurré, aunque la distancia le impidiese oírme.
-Nunca se exige lo suficiente –declaró Auguste.
Definitivamente, me enfadé con él. Sólo lo decía para hacerse el interesante.
-Seguro que no se fue por eso –intervino mi padre-. La niña no es así. Igual salió al jardín un momento, por lo que fuese, y... luego le pasó cualquier cosa, se la llevó alguien...
-Pero ha vuelto, y no tiene heridas –respondió Georges-. Eso es lo que importa.
Luego, el propio Georges sacó otro tema de conversación; y Guillaume y yo salimos al jardín.
-¿Ves? Por detrás hablan de ti –me dijo mi hermano pequeño-. Y yo, cuando me burlo de ti, te lo hago por delante, a la cara.
-Es que ellos quieren saber qué me pasó, pero... si se lo cuento, van a juzgarme, a decir que fui una tonta por haberle hecho caso a una cierta persona... y yo ya sé que me equivoqué; no quiero que me lo anden reprochando todo el tiempo. Además, ellos... seguro que se preocupan al oírlo, y que... lo consideran un problema grandísimo, mayor de lo que ha sido realmente.
El gato se acercó y Guillaume lo cogió y lo dejó sobre los muslos mientras lo acariciaba.
-Sí, son bastante pesados –comentó-. Al igual que cuando yo rompo un jarrón, ¡es un jarrón, vamos a seguir viviendo todos maravillosamente sin él! Pero hay que ver cómo se ponen.
Yo también acaricié al gato.
-¿Dices que te metiste en un lío por haberle hecho caso a quien no debías? –preguntó Guillaume-. Tranquila, no te pido que me cuentes nada, sólo es un comentario.
-Sí, fue por eso. Mira, Guillaume, tú no eres así drástico, ni depresivo. Ni me reñirías, claro. Así que si supieses guardarlo en secreto, te contaría a ti lo ocurrido aquella noche. Y digo en secreto porque no quiero que Auguste se entere por ahora. Ya que me quiere forzar, que se fastidie.
Guillaume sonrió.
-Sí, habló de ti con poco cariño –admitió-.Y... yo normalmente no tengo secretos que guardar. Los guardan los demás a mi espalda, porque me consideran un niño pequeño al que no se le puede contar nada...
-¡Eh, que a mí también me pasa eso!
-Bueno, pues ahora vamos a ser los pequeños los que guardaremos el secreto ante los grandes. Ya verás, nos vamos a divertir. Le diré a Auguste: “Sé algo que tú no sabes y no te lo voy a contar”. Ya verás cómo se pone.
Cogí al gato, y mientras lo acariciaba, empecé a contarle a Guillaume lo que me había ocurrido. Comencé hablándole de Danny, le confesé que había quedado con él muchas veces y que me gustaba. Y mi hermano pequeño se rió, casi se lo tomó a broma, pero yo prefería eso antes de que me reprendiese y se pusiese serio, como harían mis padres si se lo contase a ellos.
Seguí hablando y Guillaume volvió a reírse cuando le conté el motivo por el que yo había subido al barco de Danny. Así se encontraba Guillaume, riéndose, cuando vino nuestra madre a pedirnos que fuésemos a comer.
-Mamá, no me marché por estar enfadada contigo –expliqué -. Fue... una cosa mía, no lo volveré a hacer.
-¿Ahora estás bien? Mira, no sé qué te ha pasado, y temo que haya sido algo muy grave por no querer contarlo. No te voy a forzar a que me lo expliques si no te sientes preparada, sólo quiero saber cómo te encuentras ahora.
-Estoy bien. No me pasó nada grave. Te lo explicaré... después.
Guillaume estaba escuchando y sonrió.
-Le llevo ventaja –me dijo él al oído-. Yo ya sé quién es Danny.
Y al terminar de comer entré en el cuarto de mi hermano pequeño a contarle la historia completa. Al final me sentí mejor, como si me hubiese liberado de un peso que me oprimía. Y esa sensación me duró unas horas, pero por la noche me asusté, temí que Danny hubiese averiguado mi dirección y se acercase a hacerme daño. El miedo se apoderó de mí y no pude dormir hasta que le pedí a mi madre que viniese a dormir a mi lado. Creí que me sentiría mejor si les contaba lo ocurrido también a los demás, no solamente a Guillaume. Y al día siguiente me decidí a hacerlo. Entré en el salón con Guillaume, y él les dijo a Auguste y a mi padre:
-Yo ya sé lo que pasó, y vosotros no. Lo sé desde ayer al mediodía.
-¡Pero bueno, se lo cuentas a él, que apenas se preocupó cuando te marchaste; y a nosotros, que te fuimos a buscar de noche, nada! –gritó Auguste.
-¡¿Qué sabrás tú si me preocupé o no?! –respondió Guillaume-. ¡Lo que pasa es que tienes envidia porque yo estoy enterado de un secreto y tú no! ¡Pues te aguantas, Auguste!
-No me voy a aguantar, porque tengo derecho a saberlo. A ver, Jacqueline, déjate de tonterías y cuéntame ahora mismo lo que pasó. Ahora mismo.
-Pues te lo iba a contar, pero ya que te pones así, no lo haré.
Auguste profirió un insulto contra mí, y mi padre soltó el periódico que estaba leyendo y se levantó para reñirle. Yo cogí el periódico, con la intención de pasar las páginas mientras los demás discutían, y me sorprendió enormemente ver allí una foto de Danny. El título de la noticia era: “Detenido ladrón de barcos”. Leí la noticia y descubrí que el barco que Danny hacía pasar por suyo propio, era en realidad robado. La misma noche que yo había pasado fuera, , la policía lo había descubierto en alta mar, casi al alba. La noticia explicaba que Danny había declarado: “Mi barco está averiado y necesitaba otro para transportar a unas personas a Dover. Pero iba a devolverlo”.
Yo no me creí que fuese a cumplir esa última frase, y me pregunté si esas personas seríamos el bebé y yo. Además, el periódico explicaba que Danny pasaba la mayor parte del tiempo viviendo en Le Havre o en Dover, por lo tanto, me quedé tranquila al saber que seguramente no me encontraría con él por Calais. Por cierto, el que pilotaba el barco, el amigo de Danny, era un cómplice del robo. Los dos estaban ahora detenidos.
Miré la foto de Danny. No aparecía mientras lo arrestaban, sino que era un retrato de cara, no de cuerpo entero, de Danny en otro momento. Salía sonriendo, con esa sonrisa que tantas veces me había dedicado a mí en falso. Llevaba la raya al lado, como acostumbraba a hacer él, y no se había quitado las gafas para la foto.
Guillaume se hallaba a mi lado, haciendo botar una pelotita mientras papá y Auguste gritaban.
-Eh, mira esto, es Danny –le susurré.
-Vaya, tiene cara de tonto –observó-. Tal como me lo imaginaba.
-No. Es guapísimo y tiene pinta de interesante. A mí me volvía loca. Parece un estudiante universitario, pero... ya sé que no lo es, y que se trata de un grandísimo sinvergüenza.
-¡Mira que robar barcos! –exclamó Guillaume tras haber leído la noticia-. Los piratas lo hacían con más estilo.
Auguste y mi padre se hallaban ocupados discutiendo, entonces recorté la noticia de Danny del periódico. Abandoné el salón y me encontré con mi madre y con Georges, que estaban hablando en las escaleras. Auguste y mi padre se calmaron, y se fueron con Guillaume al puerto. Mi madre y Georges no quisieron ir. A estos dos últimos les enseñé la foto de Danny, tapando el titular de la noticia, y les pregunté qué les parecía el joven.
-Tiene cara de listo –opinó Georges.
-Sí, ¿quién es? –dijo mi madre.
-¡Un sinvergüenza, un estúpido! –respondí, vehementemente y conteniendo las lágrimas.
-Jacqueline, ¿qué tiene que ver contigo? –quiso saber mi madre-. Te prometo que me mostraré comprensiva, no me voy a enfadar, pero tienes que contármelo. ¿Te hizo algo aquella noche? ¿Por eso lo dices?
Me respaldé en una butaca del salón y declaré:
-No, excepto... que me decepcionó muchísimo. Me engañó.
Y expliqué todo lo que había sucedido. Fue más difícil contárselo a mi madre y a Georges de lo que había sido a Guillaume. Mi madre y Georges se horrorizaban con facilidad. Ella casi se atraganta con el agua (es que estaba bebiendo) cuando conté que para meterse conmigo (supongo yo), Danny me había besado en los labios.
-¡¿Le dejaste?! –me preguntó.
-¡No! –grité-. ¡Me dio... asco! ¡Después le escupí! Pero él me tenía agarrada y... no pude impedírselo.
La mirada de mi madre no me gustó demasiado y añadí:
-Es la primera vez que me pasa eso. Y además, yo no quería, no creas que...
-Sí, ya sabemos, ¿qué más pasó? –apremió Georges.
Seguí relatando lo ocurrido, y más adelante mi hermano comentó:
-Podías haber traído el bebé a casa.
-Pero si nos quedásemos con él... bueno, es que le llevamos muchos años-expliqué-. Seríamos como hermanos, pero... no sé si nos íbamos a entender, si íbamos a estar compenetrados dada la diferencia de edad. No me gustaría tener un nuevo hermano ahora.
Georges miró a mi madre, y me preguntó a mí:
-¿Ni siquiera si fuese una niña?
-Sería lo mismo –dije-. ¿Pero qué pasa, es que...?
-No pasa nada –declaró mi madre-. Es normal que pienses eso, yo te entiendo.
Continué contando la historia y ellos volvieron a alarmarse cuando les dije que me había desmayado. Esa fue la última vez que me interrumpieron, luego seguí contándoles lo ocurrido hasta el final. Se quedaron callados y pensativos hasta que Georges me dijo:
-Los hombres no somos todos así, como Danny.
-Ya lo sé –murmuré.
-De esos hay... unos cientos en toda Francia, supongo. Pero hay millones de hombres legales. Lo que pasa es que los delincuentes llaman más la atención, y a veces parece que son mayoría. Sin embargo, no es así –explicó Georges-. Y eso sucede en todos los países igual. En todos. No le tomes manía a Inglaterra. Allí también hay gente que vale la pena.
Georges nos miró a mi madre y a mí. Él debió de pensar que mi madre quería decirme algo, por lo tanto, se fue.
-Escucha, quiero que sepas que... –empezó a decir ella.
-Ya sé. Ya sé lo que debo hacer. No debería haber salido de casa a esa hora sin decírselo a nadie. Fui una tonta.
-No. No digas eso. Sé que vas a tener más cuidado si te sucede algo parecido. No te preocupes. Seguro que personas más maduras y con más experiencia que tú han tenido también la mala suerte de ser engañadas por Danny. Entonces no me extraña que hubiese sido capaz de engañarte a ti. Pero yo estoy muy orgullosa de lo que hiciste. Esa noche no podrías haberte portado mejor. Estoy muy orgullosa de ti.
-¡Pero si me marché sin avisar!
-Me refiero a lo que hiciste después. Claro que te marchaste, sin embargo tú querías volver pronto a casa. Nunca tuviste la intención de irte lejos con Danny, ni siquiera cuando creías que era de fiar. Y al descubrir sus intenciones, te negaste a colaborar con él, a pesar de sus amenazas. Y liberaste al bebé. Todo eso contrarresta tu travesura de irte de casa a las once sin avisar.
-Bueno, puede ser. Y... esto, lo que me pasó, ¿se lo cuentas tú a papá cuando vuelva? Yo ya se lo conté a Guillaume, y estoy cansada de hablar de eso.
-Sí, claro, ¿y a Auguste?
-Bueno, sí, como quieras. Total, está enfadado conmigo.
Le dejé el recorte de periódico con la noticia de Danny y me marché.
Auguste llamó a mi habitación después de comer. Creí que era para incordiarme.
-Guillaume es pequeño y se lo perdono, pero es una vergüenza que un chico de veinte años ande en estas tonterías de molestar a los demás –le dije.
-Ya, me porté mal –admitió-. Te llamé cobarde... y no lo eres. Mamá me ha contado lo que te ocurrió en el barco... bueno, lo que pasó esa noche, ya sabes, y... ¡estuviste tan bien...! Yo no habría sido capaz de hacer nada, me habría asustado, y...
-Yo estaba muy asustada. Muchísimo. Por eso me escapé del barco, por miedo a lo que me pudiera pasar dentro.
-Así todo eres muy valiente, Jacqueline. Y ahora comprendo que antes no estuvieses preparada para hablar de lo ocurrido.
-No era eso, es que no quería que me riñeseis.
Él sonrió.
-Por eso empezaste contándoselo a Guillaume, ¿verdad? –dijo-. Porque él jamás te reñiría.
Me alegré de que se lo tomase a broma, y de que me comprendiese.
Ahora estamos a punto de volver a París; desgraciadamente van a terminarse las vacaciones. Te escribiré cuando ya haya comenzado el curso, para contarte qué tal me va todo.
Besos,
Jacqueline.
viernes, 3 de octubre de 2008
Nota bene
sábado, 20 de septiembre de 2008
CUENTO Nº5 AVENTURAS CERCA DEL MAR
Baltimore (Irlanda), julio de 1904
Queridos mamá y papá:
A pesar de las peripecias que tuve que vivir, estoy contento de encontrarme en Irlanda. Wendy, la amiga que invitó a Jacqueline Lebon a su casa de veraneo, es amable, y mis compañeros de viaje también. ¡Y decir que al principio iba a viajar Jacqueline sola! Bueno, sus padres no le dejaron, así que la acompañamos Auguste, Georges ,Guillaume (sus hermanos) y yo.
La madre de los hermanos Lebon intentó impedir por todos los medios que el pequeño Guillaume-Thomas participase en el viaje. Ese niño es muy travieso, y varias veces ya nos hemos metido en problemas por su culpa. Sin embargo, todos nos comprometimos a cuidar bien de él, y el muchachito logró aprobar todo en junio después de suspender cinco asignaturas en Navidades, entonces, finalmente vino con nosotros.
Y ya sabéis que yo fui con los hermanos Lebon porque Georges me lo pidió. Jacqueline se tomó muy mal la noticia de que el curso que viene yo no voy a estar con ella en París, al tener que irme a Bremen con vosotros. A mí Jacqueline no me dijo nada, sólo puso cara de pena cuando se lo conté. Pero Georges me dijo que la muchacha lloraba por las noches porque no quería que yo me fuese. Al principio nadie se dio cuenta, pero su madre entró en la habitación de la niña a llevarle una toallas y la vio llorando en la cama. Le preguntó qué sucedía, y Jacqueline le contó que sus compañeros de clase eran unos sinvergüenzas, que el único que valía la pena era yo, el que se iba a marchar. Le dijo que no iba a tener amigos el curso siguiente, porque Georges ya acababa en el instituto este curso, y Guillaume tenía unos amigos muy traviesos y ella no quería andar con ellos. Por eso Georges me pidió que los acompañase, para que Jacqueline volviese a verme. Y sigo manteniendo eso de que a ella la quiero como una hermana, no penséis que es mi novia.
De París a Le Havre fuimos en tren. Esa etapa del viaje fue divertida, las dificultades empezaron más adelante. Luego, en Le Havre, iniciamos el viaje en barco. No era directo a Irlanda, sino que primero iba a la isla de Wight (Reino Unido). Jacqueline se alegró (menos mal), porque le gusta el inglés, y ésa era la primera vez que ella estaba en el Reino Unido.
Pasamos casi tres días en un pueblecito de la isla de Wight, aunque lo previsto era permanecer allí durante unas pocas de horas. Los Lebon y yo dimos unas cuantas vueltas por allí, y más tarde volvimos al barco. Auguste y Georges se quedaron asomados a la borda. Guillaume y yo entramos en nuestro camarote, y Jacqueline en el suyo. Pero Guillaume se dio cuenta de que había perdido una pelota de tenis que llevaba en el bolsillo, y quiso salir del barco, para buscarla o para comprar otra. Le dije que tenía que ser en un momento, porque el barco se iría en media hora. Y él aceptó. Además me dijo:
-Joachim, tendremos que avisar a Jacqueline. Ella sabe más inglés que nosotros, nos defenderemos mejor con ella.
Y así lo hicimos. Salimos los tres del barco, lo malo es que lo hicimos por unas escaleras por las que nadie nos vio.
Anduvimos por el puerto. Guillaume creía que la pelota se le había caído por allí, pero no la encontró. Nos alejamos un poco, muy pendientes del reloj, porque Guillaume quería comprar otra. Adentrándonos en el pueblo, Jacqueline le preguntó a un hombre en dónde se vendían pelotas de tenis, pero éste no sabía.
-Es mejor dar la vuelta –opinó entonces la chica.
-Claro, porque el que quiere la cosa soy yo –protestó Guillaume-. Como quisieras tú una faldita o algo así, no dirías eso.
-Tu hermana tiene razón, si nos retrasamos, perderemos el barco –intervine.
Guillaume adoptó una mueca de contrariedad, pero pronto sonrió, señalando algo con el brazo. Miré adonde él indicaba. Había un gato subido a un árbol. No debía de tener dueño, porque nadie, excepto nosotros, le prestaba atención. Y Guillaume empezó a trepar por el árbol.
-¡Baja de ahí! –le ordenó Jacqueline.
Pero el jovencito siguió agarrado al árbol, miró un momento hacia atrás, y sonriendo, le sacó la lengua a su hermana. Siguió trepando... y se cayó. Él gritó y Jacqueline también. Guillaume estaba tendido en el suelo, y su hermana y yo nos acercamos rápidamente. El muchachito gritaba de dolor. Jacqueline se arrodilló a su lado.
-Guillaume, ¿qué te pasa? –le preguntó.
-Es... mi tobillo. ¡Ay! ¡Me duele mucho!
La chica le tocó el tobillo derecho, y su hermano pequeño profirió un grito de dolor.
-¡Creo que me lo he roto! –añadió él.
Estaba llorando.
-Necesitamos ayuda –me dijo Jacqueline, y le preguntó a su hermano-: ¿Puedes levantarte?
Jacqueline y yo intentamos ayudarle a levantarse, pero no lo conseguimos. Pasaba alguna gente por la calle, y un hombre empezó a hablar en inglés. Jacqueline le contestó algo, y el hombre cogió a Guillaume en brazos. Jacqueline volvió a hablarle y el señor comenzó a andar, aún con Guillaume.
-¡Dile que tenemos prisa! –le pedí a Jacqueline.
-¡Ya se lo he explicado! Y él me ha dicho algo de un médico. ¡Pero Joachim, no podemos ir a un médico ahora, tenemos que volver al barco! Seguro que allí hay algún médico.
El inglés se acercó a un coche de caballos, habló con el cochero y metió dentro a Guillaume. A nosotros también nos empujó adentro, y el cochero se puso en marcha.
-¡¡Quedan diez minutos para que se vaya el barco!! –gritó Jacqueline.
-Tranquila –respondí -. Auguste y Georges...
-¡Piensan que estamos en el camarote! ¿No lo entiendes? Tú y Guillaume estabais en un camarote; mis dos hermanos mayores en otro; y yo, en otro distinto. ¡Así que ellos no se van a dar cuenta, no nos han visto irnos! Piensan que estamos dentro.
-Habla con el cochero –le pedí.
Ella me hizo caso, pero volvió a sentarse a mi lado, desilusionada.
-No para de repetir que lo de Guillaume es urgente –me explicó-. No quiere dar la vuelta.
Guillaume se quejaba de vez en cuando. Jacqueline se arrodilló a su lado a hacerle caricias en la frente, y a hablarle dulcemente. Algo más tarde, el reloj de la iglesia dio las siete. A esa hora se marchaba el barco.
-¿Y ahora qué hacemos? –dijo Jacqueline.
-Pues... no lo sé, no lo sé. Pero... mira... ahora, si se ha ido, no podemos hacer nada. Así que llevamos a Guillaume al médico, y luego ya se verá –contesté.
Pasaban los minutos y nos alejábamos del pueblo. El lugar por el que iba ahora el coche era una aldea. Eso me extrañó, y le pedí a Jacqueline que volviese a hablar con el cochero.
-Dice que el médico está de vacaciones en una aldea. El cochero cree que sólo hay ese médico en el pueblo.
Por fin nos detuvimos, casi media hora después. Nos hallábamos en un campo verde, en el cual había una sola casa, la del médico. Yo iba a pagarle al cochero, pero él me dijo (bueno, me lo tradujo Jacqueline) que ya le había pagado el hombre que habíamos visto en el otro pueblo. Cogí a Guillaume en brazos y comencé a andar, con Jacqueline a mi lado. Ella llamó a la puerta y abrió una mujer. Las dos hablaron en inglés, y pasamos adentro. Muy poco después apareció el médico y cogió a Guillaume en brazos, llevándolo al salón, adonde Jacqueline y yo también pasamos. El salón no estaba mal, pero a mí me gusta más el de la casa de Jacqueline. Y nada más entrar, Guillaume se acostó en un sofá y el médico comenzó a hacerle preguntas.
-No entiendo nada –dijo el muchacho.
Jacqueline iba a traducirle lo que decía el médico, pero éste comentó que sabía francés, y lo demostró. Examinó al muchacho, que gritó de dolor y se agarró a su hermana. Luego, en el salón aparecieron dos chicos que debían de ser los hijos del médico. Uno, el mayor, tendría unos 18 años. Se sentó al lado de Jacqueline y sonrió. Pero mi amiga no le hizo caso ninguno, sino que siguió observando cómo iba Guillaume.
A éste el médico le vendó el tobillo. Dijo que era una torcedura. Yo pagué la consulta y salimos, pero el coche de caballos ya no estaba fuera.
-¡Eh, se ha ido! ¿Y ahora cómo vamos al pueblo? –dije.
-Como no nos lleve el médico... –respondió Jacqueline.
Fui a hablar con él.
-No tengo en qué llevaros –me contestó-. Como no vayáis andando... y con este niño herido, no sé qué vais a hacer.
Salimos de casa del médico, con Guillaume apoyado en mí y en su hermana.
-Tenemos que ir andando –dije-. Aunque nos lleve mucho tiempo.
-¿Sabes el camino? –me preguntó Jacqueline.
-No –admití-. Pero... aquí no hacemos nada.
Anduvimos por el campo. Cuando Guillaume se cansó de andar apoyado en su pierna izquierda y en nosotros, yo lo cogí en brazos. Tiene doce años, va a hacer trece en octubre, pero no pesa demasiado. No está gordo, y es pequeñito. Su hermana es veinte centímetros más alta que él, ella ha crecido mucho en estos últimos meses, y sigue esbelta, como siempre.
Caminamos algo más de tres cuartos de hora. Entonces Guillaume se desplomó en el suelo. Yo pensé que se había desmayado, pero no; él mantenía el sentido, sólo era que estaba cansadísimo. Paramos a descansar a la orilla del camino. El cielo se estaba nublando, parecía que iba a llover dentro de un poco, y no había ningún lugar en donde refugiarnos. Guillaume se había acostado en el suelo, usando mi chaqueta como almohada. Y sintiéndolo, le dije:
-Tenemos que seguir, a ver si encontramos un refugio.
Lo cogí en brazos y nos pusimos en marcha. Desde el camino que recorríamos se veía el mar. Había una playa y Guillaume quiso bajar a la arena.
-No podemos, nos vamos a retrasar más –opinó Jacqueline.
-¿Cómo que retrasarnos, si no vamos a ningún lado? –contestó Guillaume.
-Vamos al pueblo –dijo su hermana.
-¿Para qué? No tenemos dinero para pagar un barco a Irlanda. Bueno, yo no tengo dinero nunca, papá y mamá quieren que me lo paguéis todo vosotros. Tienen miedo de que yo pierda las cosas, ni que yo tuviera cuatro años. Y... bueno, Auguste y Georges volverán al pueblo a buscarnos, pero eso no sucederá hasta dentro de un par de días. No van a volver tan pronto, primero tienen que llegar a Irlanda, y luego, volver por nosotros. Pero mientras tanto, ¡vamos a divertirnos sin tener que obedecer sus órdenes!
-Sus órdenes no, pero obedecerás las nuestras –le dije-. Aunque ahora estoy de acuerdo con ir a la playa.
Y fuimos. Allí no había nadie. La marea estaba relativamente subida, azotaba el viento y empezaba a llover. Nos resguardamos debajo de unas rocas que formaban una cueva. Guillaume vació sus bolsillos. Allí tenía chocolate, pan y medio plátano. Empezó a comer el chocolate, y yo saqué una botella de agua de mi mochila (menos mal que había salido del barco con ella). Jacqueline y yo no teníamos comida, y cogimos algunos trozos de la de Guillaume.
El muchachito volvió a quejarse del tobillo. Paró de llover, y Jacqueline seguía con la idea de ir al pueblo, porque ella quería buscar un lugar para pasar la noche. Nos levantamos, pero Guillaume se tambaleó, cayó al suelo y vomitó.
-¿Qué te pasa? –le preguntó su hermana.
-No me encuentro bien del todo –dijo Guillaume.
Volvimos a entrar en la cueva y el muchacho se acostó.
-Estoy muy cansado, me he cansado mucho andando –añadió.
Le di un poco de agua.
-Jacqueline, mira, Guillaume va a tener que quedarse aquí descansando durante horas –dije-. Tú si quieres vete a buscar en donde alojarte, yo me quedo con él.
-Es igual, me quedo con vosotros. No quiero que nos separemos.
Permanecimos los tres juntos, en la cueva. Yo me asomé a mirar si subía la marea, por miedo a que inundase nuestro refugio, pero estaba bajando. Pasaron las horas e intentamos volver al pueblo, sin embargo, nos quedamos en la cueva, pues Guillaume se mareaba al andar. Era de noche y le dije a Jacqueline que se acostase, que yo me quedaba de guardia, vigilando que no se nos acercase nadie. Ella tenía frío y le dejé mi chaqueta. Se acostó sobre la arena, usando mi chaqueta como edredón, y su sombrero como almohada. Así todo, ella temblaba de frío.
Yo me quedé en la entrada de la cueva, con Guillaume. Él también se acostó, pero no durmió, y la muchacha tampoco. Yo a ella no la veía; se había adentrado en la cueva, sin embargo, la escuché dando vueltas.
-Ya que nadie duerme, podríamos jugar a la baraja –sugirió Guillaume.
-Si la tuviéramos –respondí.
-¡Ah, es cierto, se me quedó en el barco! –exclamó Guillaume-. Pero entonces... ¡podemos jugar a los piratas!
-Me alegro de que estés mejor –comenté-. Pero no vamos a jugar.
Guillaume tardó casi una hora en dormir. A mí no me daba el sueño y estuve de guardia hasta las cuatro de la madrugada. Y entonces, aun consciente de ser poco caballeroso, me dispuse a avisar a Jacqueline, para que me relevase. Pero al adentrarme en la cueva escuché la acompasada respiración de la joven. Estaba durmiendo, y no quise despertarla. Volví al cabo de media hora. Ella ya se había despertado, estaba sentada.
-Quiero dormir un poco –le dije-. Si fueras a hacer tú la guardia...
-De acuerdo, iré.
-Perdóname, pero Guillaume está mal, y yo necesito dormir...
-No te preocupes.
-Si pasa algo raro, avísame –añadí.
Me desperté a las diez y media. Jacqueline me dejó dormir todo ese tiempo. Al salir de la cueva vi a la chica entrando. Guillaume se encontraba dentro, también despierto.
-Voy a bañarme al mar –me dijo Jacqueline-. Ya que no nos podemos duchar... Pero tienes que venir conmigo, tú nadas muy bien, y yo no.
Se quitó los zapatos y los calcetines, y se quedó de pie, esperando por mí. Yo me descalcé, me quité la camisa y me remangué los pantalones hasta las rodillas. Me acerqué al mar y toqué el agua con los pies. La noté muy fría. Jacqueline me cogió de la mano.
-No me sueltes, sobre todo, si viene una ola –me pidió.
-¿Quieres meterte mucho para dentro? –le pregunté.
-Hasta algo por encima de la cintura.
Seguimos avanzando y yo le eché agua a Jacqueline por la parte del vestido que le cubría la espalda. Ella se sacudió de frío, y luego me salpicó, a propósito. Cuando el agua le llegó a la cintura, yo la animé a seguir adelante. Me hizo caso, porque yo no la solté. Nos adentramos más en el mar, pero ella dijo que bastaba cuando el agua le llegó al pecho.
Vino una ola y tiró a la muchacha. Yo mantuve todo el tiempo mi mano agarrada a la suya. Y ella se incorporó, tosiendo y escupiendo.
-¿Estás bien? –le pregunté.
-Sí.
Saltamos más olas (Jacqueline no se volvió a caer) y yo cogí una tabla de madera que flotaba sobre el mar.
-Agárrate a esto –le pedí a la chica-. No tengas miedo, no te pasará nada. Yo voy a nadar un poco.
Ella obedeció y yo hice unos largos.
-Bueno, vamos –le dije al terminar.
Y salimos del agua. Jacqueline se iba tapando con los brazos, al temer que de mojado, su vestido perdiese la calidad de opaco. Luego se sentó en la arena. Al tenerlo húmedo, el pelo se le oscureció un poco, y se le onduló. Yo me puse la camisa y me senté de espaldas a mi amiga.
Una vez más secos, le dije a Jacqueline que había que ir al pueblo a comprar comida, ropa, y a hablar con los del puerto.
-Voy yo, tú quédate con Guillaume, que no te entiendes en inglés –me dijo ella, lacónicamente.
Besó en la cabeza a su hermanito y se fue.
Guillaume estaba algo mejor, hasta me dijo que quería bañarse en el mar, pero se lo impedí.
-Pues ahora yo soy el capitán pirata –me dijo-. Ya que ando cojeando, lo soy. Tienes que impedir que te secuestre.
Yo sonreí.
-Oye, ¿cómo lo haces? –le pregunté.
-¿El qué?
-Disfrutar así de la vida. Estamos aquí perdidos, tú estás malito, y sin embargo... sabes cómo divertirte.
-Hago lo que me gusta. Por naturaleza.
Jacqueline tardó tres horas en volver. Yo estaba preocupado, porque el pueblo no se encontraba tan lejos. Me enfadé conmigo mismo por haberle dejado ir a ella sola. Pensé que yo podría haber llevado a Guillaume en brazos, aunque me costase. Incluso estuve a punto de ir a buscar a la chica. Pero entonces llegó ella, arrastrando un colchón. Me entregó una bolsa con ropa, y unas monedas.
-Me ha sobrado esto del dinero que me has dejado –me dijo.
-No importa, quédatelo.
-Es tuyo. Yo tenía dinero, en el barco.
Me encogí de hombros y lo acepté.
-El barco salió ayer –me explicó-. Y los del puerto creen que regresará, como muy pronto, dentro de una semana. Tendremos que quedarnos aquí todo ese tiempo.
-¿Por qué has tardado tanto? –pregunté.
-Por el colchón, he tenido que esperar a encontrar un coche para traerlo. Fui a un hotel a buscar alojamiento. Como aquí no tenemos dinero suficiente, no nos prestan habitaciones, pero me han regalado este colchón. Está un poco roto, por un lado, pero es mejor que dormir sobre la arena.
-¿Y... no hay más hoteles?
-No. Sólo hay uno en el pueblo.
-Bueno... ¿has traído comida?
-Sí, pero no sé cómo la vamos a calentar.
Yo encendí unas ramas con el mechero, y allí cocinamos. Yo comí carne, y los demás, verduras. Jacqueline y Guillaume dijeron que la carne no les apetecía.
-Voy a dar una vuelta por ahí, vuelvo ahora –dije al terminar.
-No te bañes hasta que termines de hacer la digestión –respondió Jacqueline.
-Pareces mi madre.
-Sólo lo he dicho por tu bien.
Di una vuelta por cerca de la playa. No había nada, sólo algunos prados, y otros terrenos descuidados. Cuando volví, vi a Guillaume lanzando una pelota de tenis contra la espalda de Jacqueline, y a ella llorando.
-¡No te la he comprado para eso! –decía la chica.
-Ya sé que te suelo tomar el pelo, pero esta vez, de verdad que ha sido sin querer. Te lo prometo –respondió Guillaume.
-¿Qué te pasa, por qué lloras, te ha dado muy fuerte? –le pregunté a Jacqueline.
-No. Me he lastimado la mano con una roca.
-¿Qué mano?
-La izquierda.
Se la cogí.
-Es poca cosa, no te ha enrojecido –dije.
Jacqueline estuvo rarísima toda la tarde. En vez de mostrar su dulzura, como habitualmente, se dedicó a decirle a Guillaume que era un estúpido por haber querido salir del barco el día anterior. Y la muchacha se quejó de lo dolorido que tenía el cuerpo por haber dormido sobre el suelo.
-¡Pues yo también he dormido así, y tengo un tobillo torcido! –rebatió Guilllaume.
Jacqueline entró en la cueva para alejarse de él. Yo la seguí.
-No te pongas así, sé que lo pasas mal... –empecé a decirle.
-¿No puedo estar sola ni un momento?
-Sí, claro.
Ella salió a la playa unos minutos más tarde.
-Al menos, tenemos el colchón –le dije.
-Ya, pero tendremos que hacer un sorteo, para ver quién duerme en él.
-No hace falta. La mitad de esta noche, tú. Después, Guillaume. Por cierto, quédate con él ahora. Yo voy a dar un paseo.
Anduve por los mismos campos que anteriormente. Eso no me divertía mucho, sólo lo hacía para mantenerme ocupado. Estuve mirando el mar desde lo lejos y volví para cenar. De regreso a la playa no vi a mis amigos, pero al entrar en la cueva sí que los encontré.
Guillaume dormía con la cabeza apoyada en las piernas de su hermana. El colchón estaba a unos metros, el jovencito no lo utilizaba.
-Le he dado la cena y se ha quedado dormido –me contó ella-. Me parece que durmió mal de noche.
-Ya, como todos.
Ella se levantó y me trajo un trozo de carne.
-Te lo he guardado, yo ya he comido –me dijo.
Y se quedó mirando cómo cenaba yo. Estaba bastante seria. Ella se encontraba sentada a un lado de Guillaume, y yo al otro. Yo comí en silencio y ella a mí tampoco me dijo nada.
Jacqueline le levantó la cabeza a Guillaume, con suavidad, sin despertarlo, y se la apoyó sobre una chaqueta.
-Haces bien, tu hermanito te estaría lastimando tus hermosas piernas –comenté.
La joven me dirigió una severa mirada.
-No sabía que te fijabas en mis piernas –dijo.
-El vestido te llega hasta un poco más abajo de las rodillas, y afortunadamente, no estoy ciego. Y... sólo era un comentario, no era por meterme contigo.
Jacqueline me observó en silencio.
-Estás muy seria –le dije-. Si te preocupa algo, lo que sea, puedes contármelo. Sabes que yo no me burlo de ti.
Ella abrió un poco la boca, como si fuese a decir algo, pero enseguida la cerró. Me estuvo mirando, y finalmente hizo esta declaración:
-Antes, cuando me viste llorar, no era por haberme lastimado con una roca, como te dije. Lloraba porque... no quiero que te vayas a vivir a Alemania.
Y se echó a llorar otra vez. Las lágrimas le resbalaban por la cara, y enrojeció, pero evitó sollozar en un tono alto. Supongo que no querría despertar a Guillaume y no sólo por caridad, sino también porque al verla llorar, Guillaume se habría burlado de ella. Yo la abracé.
-Ahora no te preocupes por eso –le dije-. Ahora estoy aquí, aún no me he ido.
-Pero... el curso que viene... no voy a tener amigos –respondió, sollozando.
-Pues ellos se lo pierden, porque tú vales la pena. Anímate, no quiero verte así por mi culpa.
-Ya sé que no es culpa tuya.
-Bueno. Mira, alguna persona se va a dar cuenta de lo que vales. Ya verás. Y ahora estamos aquí, en una cueva, pero pronto vendrán a buscarnos tus hermanos, iremos a Irlanda con ellos, y veremos a Wendy, ¿no tienes ganas de verla?
-Sí.
-Y mientras tanto, hasta que lleguen ellos, me tienes a mí para lo que necesites. ¿Quieres dar un paseo por la playa?
-Sí.
Le tendí la mano para ayudarle a levantarse, y le pasé mi chaqueta por los hombros. Dimos unas vueltas por la arena y volvimos a entrar.
-Descansa –le dije-. Yo me quedo de guardia. No pienses en despertar a una hora determinada, si te necesito, ya te llamaré, pero ahora quédate tranquila.
Ella se adentró en la cueva y yo me dirigí a la entrada. Escuché crujir el colchón, seguramente Jacqueline se había acostado sobre él. Y yo sentí intensificarse la inquietud que se apoderaba de mí desde la tarde anterior. Me sentía nervioso porque Auguste y Georges no estaban con nosotros. No era la primera vez que nos perdíamos en una excursión, pero en el otro viaje, en el de Suiza, Georges, Jacqueline, Guillaume y yo habíamos permanecido todo el tiempo juntos (Auguste no había ido), y ahora no era así. Además, Georges había actuado de líder en aquella ocasión, y en ésta me tocaba a mí hacerlo. Yo ahora era el mayor del grupo, a falta de Auguste (de 20 años) y de Georges (de 17). Y eso me hacía sentir mal, ya que me preocupaba no cuidar suficientemente bien de Jacqueline ni de Guillaume. Aunque yo lo hacía lo mejor que podía.
Pasaron unas cuantas horas y no me apeteció despertar a Jacqueline. Yo ya la había despertado la noche anterior, así que en aquel momento hice lo propio con Guillaume. Me sorprendió ver que el muchacho dormía sobre el colchón. Jacqueline estaba lejos, sobre el suelo. Toqué a Guillaume en el hombro y susurré:
-Despierta, tienes que hacer la guardia.
-Me da un poco de miedo –admitió.
-Ayer la hizo tu hermana, hoy te toca a ti. Sólo es para que nos avises si sube la marea.
Me obedeció, y yo me quedé dormido en el colchón. Me despertó Guillaume a las diez.
-Jacqueline quiere bañarse en el mar, pero le da miedo sin ti –me dijo.
Me preparé y salí de la cueva. La joven me estaba esperando fuera. La cogí de la mano y nos bañamos, pero esta vez yo no nadé, y ella tampoco. La marea estaba más brava que el día anterior, por lo tanto, nos limitamos a quedarnos de pie, dejando que nos salpicase la espuma de las olas. Yo agarraba a mi amiga de la cintura cada vez que se acercaba una ola muy grande, para que no la adentrase en el mar. De todas formas, cuando íbamos a salir del agua, una ola nos empujó por detrás y nos tiró al suelo, en la orilla.
Al salir del mar, Jacqueline nos pidió a Guillaume y a mí que nos quedásemos fuera de la cueva, y ella se cambió de ropa dentro. Más tarde desayunamos, y Jacqueline lavó la ropa sucia en la orilla del mar. Guillaume se acercó a ella, a la pata coja (tenía un pie vendado) y se metió en el mar.
-¡Sal inmediatamente! –le ordenó la chica-. ¡Acabas de comer!
Él le sacó la lengua y se adentró más en el agua.
-¡Guillaume, puede ser muy peligroso! –corroboré-. ¡Además, hay resaca!
Él salió poco a poco. Se tocaba el vientre.
-No estoy bien –murmuró.
Y se echó boca abajo en la arena. Jacqueline y yo nos acercamos a él.
-¿Qué te pasa? –le preguntó su hermana-. Guillaume, mírame, ¿puedes darte la vuelta?
No obtuvo respuesta; Guillaume ni habló ni se movió. Jacqueline le frotó la espalda.
-¿Me oyes? –añadió-. ¿Qué te pasa?
Guillaume siguió sin contestar. Su hermana le tocó las mejillas y las manos.
-Tiene el cuerpo frío –me dijo-. Pero por lo menos creo que no ha perdido el sentido completamente, me ha agarrado un dedo.
Yo entré rápidamente en la cueva, llevando de paso la ropa que había lavado Jacqueline. En la cueva cogí mi chaqueta, y fuera, cubrí al muchacho con ella.
-¿Nada nuevo? –le pregunté a Jacqueline.
-No. Está quieto y no me contesta.
Ella le tocaba el pie derecho a su hermano. A él se le estaba desprendiendo la venda de allí por haberla mojado.
-Está helado –comentó Jacqueline.
Yo le toqué el pie a Guillaume, y era cierto que se encontraba muy frío.
-Algo sabrás –le dije a la chica-. Tu padre es profesor de Anatomía, algo habrás aprendido de él. Hazle... algo. No sé, el boca a boca.
Guillaume se incorporó de repente, empujó a su hermana y le apretó el hombro.
-¡No, no, no, no! –exclamó el muchacho-. Del boca a boca nada, ¡qué asco!
Jacqueline se estaba frotando el hombro izquierdo, en el suelo, por culpa del agarrón de su hermano.
-¡Mirad cómo sois! –gritó Guillaume-. En vez de decir. “¡Oh, pobre Guillaume, se librará de hacer guardia esta noche!”, pretendéis que me muera de asco. ¡Para eso no me hacía el inconsciente!
-¿Has fingido? –exclamó Jacqueline-. ¡Estábamos preocupados, nos has dado un buen susto!
Guillaume se abalanzó sobre su hermana, le volvió a apretar el hombro y le echó arena por el cuello de la camiseta (es decir, que la arena le pasó a ella por debajo de la ropa). Además, el muchacho le dijo algo al oído a Jacqueline. Ella le dio un empujón (eso me extrañó mucho) y se marchó corriendo. La vi entrar en la cueva y yo entré detrás.
-Espera, que me tengo que quitar la arena de debajo de la ropa –me dijo.
Salí a la playa y observé cómo Guillaume lanzaba piedrecillas al mar. Al cabo de unos minutos, Jacqueline se asomó a la playa.
-¿Puedo pasar? –le pregunté.
-Ahora sí.
-¿Qué ha sucedido? –le pregunté.
-Tengo el hombro rojo por culpa de lo que me ha hecho él, y no sabes cómo me duele. Y además, su insulto me ha ofendido.
-¿Por qué, qué te ha dicho?
-Ha venido a llamarme algo así como “basura”. Me ha ofendido mucho, más que todo lo que me ha dicho en la vida.
En ese momento, Guillaume entró en la cueva.
-¡Hola! –dijo, sonriendo-. ¿Queréis hacer una competición de...?
-¡¡Fuera!! –lo interrumpió Jacqueline-. ¡Eso no se le llama a una persona! ¡Si te hubiera dejado aquí tirado, con la pierna herida, y si me hubiese marchado al barco sin ti el día que nos perdimos, comprendería que me insultases! ¡Pero Joachim y yo te estamos cuidando! Vaya forma que tienes tú de agradecerlo.
Guillaume sonrió, diciendo:
-¿Qué es lo que te afecta, te...?
-Me afectas tú.
Jacqueline cogió una bolsa con sus pertenencias y se fue. Yo se lo permití, porque creí que ella estaba enfadada, pero que volvería en cuanto se calmase. Sin embargo , pasaban las horas y Jacqueline no regresaba. Yo me encontraba acurrucado en la cueva, moviéndome sólo de vez en cuando, para mirar si veía a la chica acercarse desde lo lejos.
Ella no se llevó la bolsa de los alimentos, así que Guillaume y yo comimos a la hora de siempre. Yo dejé un trozo de pescado, por si volvía Jacqueline; y Guillaume lo miró con ansias, pero no lo comió.
Permanecí horas sin hablar con Guillaume. No es que estuviese tan enfadado con él que no le quisiese dirigir la palabra, lo que sucedía era que yo no sabía qué decirle.
-Ella se ha ido sin dinero, ¿no? –me preguntó él al terminar de comer.
-Sí. El dinero lo guardo todo yo.
-Bueno... se está nublando el cielo, ¿eh? –comentó Guillaume-. A ver si encuentras algo con lo que yo pueda vendar mi pie. ¡la otra venda se me ha caído!
-Arranca una manga de tu camisa y véndate el pie con ella –dije.
Él obedeció.
-Parezco un pirata –comentó, sonriendo-. Por cierto, ¿jugamos a los piratas?
-Parece mentira que te apetezca –respondí.
-¿Por qué? ¿Porque ella se ha ido? ¿Y qué quieres hacer, quedarte llorando, quejándote de que mi hermana sea una imbécil que...?
-¡¡No quiero que la insultes!!
-¿Y qué es, entonces? Éste es un refugio, la cueva nos protege de la lluvia. Y... mi hermana se lo pierde porque le da la gana. Eso es ser imbécil.
-Tú te metiste con ella. Se ofendió con tu insulto, ¡te pasaste muchísimo, Guillaume! Y me parece que la has lastimado en el hombro.
-Sólo era una broma –se disculpó él-. Y lo del hombro no será nada.
-Ella no se lo ha tomado a broma.
Pasó mucho tiempo y Jacqueline no volvía. Yo cogí a Guillaume de la mano para que no se escapase, y juntos fuimos a dar vueltas por los campos que rodeaban la playa, con el único objetivo de encontrar a Jacqueline. Tras haber registrado los alrededores, volvimos a la playa. Me desilusioné al no encontrar a la chica allí tampoco.
-¿Nos bañamos en el mar? –me preguntó Guillaume.
-Ahora no tengo ganas –dije.
-Pues con Jacqueline te bañabas en el mar, y estabais los dos abrazados.
-¡¡No estábamos abrazados!! ¡Yo agarraba a tu hermana para que las olas fuertes no la adentrasen en el mar! ¡También te agarraría a ti si te bañases! ¡Sé nadar mejor que vosotros dos!
El día anterior yo le había encargado material sencillo de dibujo a Jacqueline y ella me lo había traído. Y entonces, mientras que Guillaume golpeaba las paredes rocosas con su pelota de tenis; y mientras que a mi cabeza venía una y otra vez el deseo de volver a ver a Jacqueline, me puse a dibujar tonterías. No dibujaba como siempre, por placer. Esta vez lo hacía para mantenerme ocupado y para calmarme. Pero no lo conseguía. Comenzó a llover muchísimo y me sentí fatal. Jacqueline estaba fuera, mojándose, casi con total seguridad, y yo quería ayudarla.
Temí por ella. Ella era sensata, podía enfadarse durante un momento, pero luego no hacía locuras. Si todo fuera bien, podía que la chica saliese, se marchase durante una hora, por ejemplo, y luego volviese. Pero las cosas no sucedieron así, ella no regresaba, y eso me hacía pensar que le había pasado algo. Miré el reloj. Habíamos comido hacía unas horas, y ella faltaba desde poco después del desayuno.
-¿Cuánto tiempo lleva fuera mi hermana? –me preguntó Guillaume.
-Unas seis horas, más o menos –dije, contando por los dedos las horas que habían pasado.
-Pues... no le habrá pasado nada, ¿no? Aunque es mucho tiempo.
-No lo sé. Yo voy a ir al pueblo, a buscarla. Me extraña mucho que tarde tanto. Tengo miedo de que se encuentre mal, o de que alguien se haya metido con ella y que por eso no vuelva.
-¿Crees que está en el pueblo?
-Sí. No conocemos más sitios que ése. Tú tienes que quedarte aquí. Guillaume, por favor. Si ella vuelve, explícale lo que ha pasado. Pero no te vayas, porque si lo haces, si ella vuelve y no ve a nadie aquí, va a pensar que la hemos abandonado a propósito.
-Vale, Joachim, me quedo. Con lo que llueve, no me apetece demasiado salir afuera.
Me vestí la chaqueta y dije:
-Voy a buscar a Jacqueline hasta las diez de la noche. Si no la encuentro, volveré a esa hora, y la seguiré buscando mañana. Hasta luego, Guillaume.
-Adiós.
Salí corriendo de la cueva. Al principio corría para llegar pronto al pueblo y no mojarme, pero luego me cansé y fui andando. Total, ya estaba empapado. Por el camino no me encontré con nadie. Por el pueblo también andaba poca gente. Yo di vueltas por unas calles, pero no encontré a la chica. Pasé por delante de una cafetería llena de gente, me asomé al cristal, pero no vi a Jacqueline. Era normal, ella se había ido sin dinero, así que no iba a estar allí. Así todo, yo entré. Me acerqué a una mesa en la que se hallaban un hombre y una mujer y les dije:
-Estoy buscando a una girl. A beautiful girl. Es rubia y joven, ¿no me entienden? No sé decir nada más en inglés.
Ellos contestaron algo, pero yo no entendí nada y me fui de la cafetería. Di más vueltas por el pueblo, sin saber adónde ir. Busqué a mi amiga en el puerto, sin encontrarla, y cansado, me metí en unos soportales del ayuntamiento, para pensar lo que iba a hacer.
-¡Joachim! –escuché que me llamaba una voz de chica.
Miré a la derecha y allí estaba ella, Jacqueline. Se levantó. Tenía la melena empapada, y también la ropa. Estaba igual que al salir del mar después de bañarse. Y la abracé. Yo estaba como ella, totalmente empapado, por eso no me preocupó mojarme al abrazarla. La besé en el pelo y le dije:
-Te estaba buscando.
-Iba a volver ahora –respondió-. ¿Y dónde está Guillaume?
-En la cueva de la playa. Estábamos preocupados por ti, ¿te encuentras bien?
-Sí, y además... esta noche vamos a dormir en un hotel, y mañana podremos ir a Baltimore en barco –anunció-. En el puerto me he enterado de que mañana sale uno.
-Qué bien.
-Sí. Y mira esto.
Sacó un papel del bolsillo de la falda y me lo enseñó. Se le había mojado, y aunque en algunos lugares se había corrido la tinta, el papel se leía con claridad. Decía lo siguiente:
Queridos Jacqueline, Joachim y Guillaume:
Os vimos por última vez en la isla de Wight, así que estamos seguros de que os encontráis ahí. Vaya susto que nos disteis cuando llamamos a vuestros respectivos camarotes y no respondíais. Al final, Georges abrió la puerta de cada una de vuestras habitaciones, y las encontró vacías.
Georges y yo os escribimos esto desde el barco (un hombre que se bajó en otro puerto nos prometió enviar esta carta) para pediros que cojáis un barco hasta Baltimore para reunirnos allí.
El capitán nos ha devuelto el dinero del viaje que vosotros no estáis realizando, y no os preocupéis, porque Georges y yo hemos cogido todas vuestras pertenencias y os las devolveremos al llegar a Irlanda.
El paquete que os enviamos con esta carta contiene dinero para que podáis subir a un barco que os lleve a Baltimore, en donde espero que nos encontremos todos.
Saludos,
Auguste (y Georges).
-Bien, ¿y dónde está el paquete? –le pregunté a Jacqueline.
-Lo tengo en mi habitación de hotel. He reservado dos habitaciones; una para mí, y otra para ti y para Guillaume. Espero que no te importe dormir con él, pero como también tenemos que pagar el barco, hay que ahorrar algo.
-No pasa nada, no te preocupes –dije-. Estoy deseando saber lo que has hecho, y cómo has encontrado la carta. Pero no me lo digas ahora. Vete al hotel y descansa. Date un baño caliente, te sentirás mejor. Yo, mientras tanto, voy a buscar a Guillaume y a decirle que venga.
-¿Y cómo nos vamos a encontrar después?
-Tienes razón. Ahora voy contigo hasta la puerta del hotel, para saber dónde es, y luego ya vuelvo allí con Guillaume.
Así lo hicimos. El hotel se encontraba bastante cerca del ayuntamiento, sólo a unos cuantos metros de allí, siguiendo a la derecha. Yo me marché sin ver siquiera mi habitación. Volví a la playa a paso rápido, aguantando la lluvia. Guillaume estaba agazapado dentro de la cueva. Y al verme, dijo:
-Y de ella no sabes nada, ¿no?
-Sí. Tu hermana nos ha conseguido habitaciones de hotel, ahora está allí. Y tus hermanos nos han mandado un paquete con dinero. Mañana sale un barco a Baltimore, así que podremos ir en él.
-¡Bien!
-Ahora vamos al hotel. Coge tus cosas.
Yo cogí las mías y nos marchamos. Guillaume andaba bastante bien, su torcedura de tobillo se le iba curando.
Llegamos por fin al pueblo y entramos en el hotel. Aunque yo supiese poco inglés fui capaz de hacerme entender, diciendo que buscaba la habitación de Jacqueline Lebon. Los del hotel me proporcionaron el número de su cuarto, el 317. Guillaume y yo fuimos hasta allí y llamamos a la puerta. La muchacha abrió. Tengo que reconocer que estaba preciosa, con la melena recién lavada. Nos saludamos, y ella le estrechó la mano a Guillaume y lo besó en la frente.
-No, para, eso no hace falta –protestó él.
Jacqueline nos dio la llave de nuestra habitación (de Guillaume y mía), y una vez que nos duchamos, Guillaume y yo fuimos a una sala que era común para todos los que nos hospedábamos en el hotel. Jacqueline también se hallaba allí.
-Ya han dado la cena, vosotros os la habéis perdido –nos informó ella.
-No importa –le dije.
Y saqué comida de una bolsa. Yo creía que esos alimentos estaban destinados a ser comidos en aquella cueva de la playa, junto al colchón roto (que por cierto, habíamos dejado en la cueva), pero no. Ahora estábamos mucho mejor.
-¿Qué hiciste al marcharte de la cueva? –le preguntó Guillaume a Jacqueline.
-Primero fui a una farmacia –respondió ella-. Me dolía bastante el hombro izquierdo por un empujón que me diste tú, Guillaume...
-¿Qué? Pero bueno, ¿no se te puede tocar, o qué?
-Apoyaste tu peso en mi hombro y me lo retorciste. Me quedó dolorido. Intenté ir al médico ese que te vendó a ti el pie, pero me perdí, y menos mal que di con un chico que me indicó por dónde se iba al pueblo. Así que, como me quedé sin ir a la aldea del médico, fui a una farmacia del pueblo. Me echaron una pomada en el hombro y me dieron unas pastillas para el dolor. Fueron muy amables, porque en aquel momento yo no tenía dinero y no les podía pagar.
>>Yo seguía enfadada contigo, Guillaume, porque el dolor del hombro me producía mal humor. Por eso decidí escribirle una carta a mamá diciéndole que yo no aguantaba más, que me mandase dinero para volver a Francia.
-¿Querías marcharte a París sin nosotros? –le pregunté.
-Bueno... en primer lugar, no sería a París –me dijo ella-. Mis padres están de vacaciones en Calais, siempre pasamos allí el verano...
-¿Te ibas a marchar sin avisar? –insistí.
-¡No! Yo iba a mandar la carta, y luego, volvería a la cueva, con vosotros, y os explicaría mi decisión.
-¿Y por qué no lo has hecho? –quiso saber Guillaume.
-No tenía ni pluma ni papel. Fui a la oficina del correo, esperando que me dejasen lo que necesitaba, además del sello. Les dije que se lo pagaría todo (yo tenía pensado volver a la cueva y pedirle el dinero a Joachim), y como quedé debiendo, me pidieron mi nombre. Se lo dije, y me comunicaron que había un paquete para mí. Era el de Auguste y Georges. Leí la carta y me tranquilicé. Me animé a seguir con el viaje. Yo aún no le había escrito a mamá diciéndole que quería volver, y no lo hice, porque... además de que me apetece conocer Irlanda y ver a Wendy, tú quieres que yo vaya a Baltimore, ¿verdad, Joachim? –supuso la chica, mirándome.
Yo también la miré, sorprendido.
-Sí, lo prefiero –admití-. Te conozco más que a tus hermanos, pero... si tú no quieres ir, no te pido que...
-Sí que quiero ir. Estoy segura. Pero cuando dudaba, fue por tu culpa –dijo, mirando a Guillaume -. Estoy cansada de que me insultes y me pegues.
-Vale, te insulté –admitió Guillaume-. Pero lo que te dije no iba en serio, no te habrás creído que te quiero tan mal. Y... yo no te pego.
-Me apretaste el hombro con todas tus fuerzas.
-¡Mira que te quejas! –exclamó Guillaume-. ¡Pues a ver qué te he hecho!
Y le corrió el cuello de la camiseta, dejándole al descubierto el hombro izquierdo. La chica lo tenía morado.
-¡Eh, yo no quería! –exclamó Guillaume-. ¡No quería hacerte esto! ¡Te agarré de broma, te lo prometo! Jacqueline, escúchame, yo sólo te gasto bromas para divertirme, pero no quiero emplear la violencia contigo. Vale, una vez te pegué en la cara, y ahora te he hecho esto, sin querer. Pero nunca más te he hecho daño. ¿Y por qué no recuerdas todos los momentos divertidos que hemos pasado juntos? Cuando jugamos, y cosas así. Eso nunca lo recuerdas.
Ella sonrió.
-¿Dónde comiste al mediodía ? –le pregunté yo a Jacqueline.
-En el restaurante de este hotel –me dijo-. Aún no tenía dinero, no había cogido el paquete de mis hermanos. Sin embargo, entré aquí, y me invitó un hombre. Acepté porque tenía mucha hambre, pero ya sabéis que a mí no me gustan esas cosas.
Guillaume se rió.
-¿Te invitó un hombre? ¿Y era viejo? –le preguntó.
-Tendría cuarenta años.
-¿Y qué te dijo? –me interesé.
-Que no iba a permitir que una señorita se quedase sin comer... y... me preguntó dónde vivía yo. Le dije que en Francia, y me preguntó en dónde me alojaba aquí, en Wight. Hice que no lo entendía, ¿a él que le importaba? Y no le di mi verdadero nombre, le hice creer que me llamaba Wendy.
-Encima que te invita... –comentó Guillaume.
-Eso se lo agradezco, pero era un pesado –respondió Jacqueline-. Al final cogí el postre y lo comí fuera, para no aguantar a ese señor. Le dije que tenía prisa. Después tuve que entrar otra vez, para ir al baño, y el señor ese se me quedó mirando cuando pasé, todo extrañado. Yo pasé rápido, sin mirar mucho para él, y no le dije nada.
-¡Qué mala eres! –exclamó Guillaume.
-¡No! ¿Qué le iba a decir? En ese momento no se me ocurrió nada, y menos en inglés.
Guillaume sonrió. Más tarde se quedó más serio y dijo:
-Siento haberte lastimado en el hombro. ¿Me perdonas?
-Sí. Pero no lo vuelvas a hacer. Aunque, esta vez, si yo no me hubiese enfadado contigo, no habría ido a la oficina del correo, ni habría descubierto la carta de Auguste y Georges.
-¡Tú siempre con condiciones! –protestó Guillaume-. Pero no lo volveré a hacer, tranquila.
Esa noche, yo, por lo menos, sí que dormí bien. Al día siguiente embarcamos. Llegamos a Baltimore antes de lo que yo pensaba. En el viaje no sucedió nada digno de mención, así que relataré algo de lo que nos sucedió ya en Irlanda.
Jacqueline llevaba un papelito con la dirección de Wendy, y se arregló para dar con esa casa. Estaba cerca de la playa, era una zona muy bonita. Jacqueline llamó a la puerta, y abrió la propia Wendy. Ésta nos abrazó y dijo que había estado preocupada por nosotros. La noté más alta que la otra vez que la habíamos visto, aunque Jacqueline seguía siendo un poco más alta que ella. Y cuando Wendy abrazó a Guillaume, el muchachito le dijo:
-Hello, my love.
Jacqueline le tiró de una oreja.
-¡Eh, llevo semanas practicando para decir “hola mi amor” en inglés con la pronunciación correcta! ¡No me lo fastidies ahora!
Me sorprendió ver a Auguste y a Georges también allí, en la casa de Wendy. Ellos se alojaban allí, en esa casa, al igual que también lo haríamos los demás acompañantes de Jacqueline. Eso sí, a veces, los hermanos de Jacqueline y yo comemos fuera, porque si no sería mucho gasto para los padres de Wendy.
Lo que hacemos es dormir siempre en la casa de Wendy. Sobra una habitación, y allí nos quedamos Auguste, Georges y yo. Jacqueline duerme con Wendy; y Guillaume, con el hermano de Wendy. Éste se llama Nick y tiene nueve años. No habla bien el francés, ni Guillaume bien el inglés, pero ambos juegan juntos y se lo pasan muy bien.
Hasta ahora nos estamos divirtiendo mucho en la playa, en el jardín... Sólo recuerdo algo negativo, y lo contaré para que papá aprenda. Papá, tú siempre me pides que tome bebidas alcohólicas en vez de zumo, o de agua. Ya sé que es tu negocio, pero no te voy a hacer más caso. Porque eso que me cuentas tú, que los que beben son los verdaderos hombres, los valientes, es una tontería, y mi experiencia lo demuestra. Una tarde, Guillaume me dijo:
-¿A que no bebes eso?
Y eso era una bebida alcohólica algo fuerte que tenían allí los padres de Wendy. Nos invitaron a un trago el domingo, después de ir a la iglesia, pero entonces yo no la había probado. Sin embargo, el otro día acepté la invitación de Guillaume y tomé un poco.
-¿Sólo eso? –me provocó el muchacho-. Bebe un poco más, ¿o es que ya te mareas?
Y seguí bebiendo hasta que me temblaron las piernas. Después salí afuera con Guillaume.
Jacqueline y Wendy estaban en la hierba, hablando en francés.
-... sí, no pasa nada. Mi padre dice que es normal que a veces suceda eso –decía Jacqueline-. Y mi padre es médico.
-Eh, a ver de que hablan, vamos a escucharlas –me susurró Guillaume.
Yo asentí y nos escondimos detrás de un seto. Fue por culpa del alcohol, si no me habría negado.
-Y... otra cosa –dijo Wendy-. Tu hermano Georges... quiero hablar de él. Me han gustado sus cartas, y estos días me ha tratado muy bien. Ha ido conmigo a pasear por la playa, es un caballero. Quiero saber más cosas sobre él, ¿cuáles son sus gustos?
-Le gusta... un deporte que consiste en darle patadas a un balón para meterlo en una portería –dijo Jacqueline.
-¿El fútbol? Sé lo que es. Bueno, al menos he oído hablar mucho sobre él.
-Sí, el fútbol. Pero bueno, unas niñas que iban antes en mi clase, hace años, no sabían jugar, por eso te lo explico.
-¿Y tú sabes jugar? –preguntó Wendy.
-Sí, es fácil. Hay dos porterías. Y tienes que meter el balón en la portería contraria y evitar que entre en la tuya.
-Es un aburrimiento, ¿no?
-No te creas, es bastante divertido. Yo juego a veces con mis hermanos –comentó Jacqueline.
-¿Sabes jugar bien?
-Bueno... a Guillaume se las paro casi todas. Casi nunca consigue marcarme.
Se rieron.
-¡Será tonta! –dijo Guillaume, a mi lado-. Sólo le dejo ganar por educación, ¿eh, Joachim?
No lo creí.
-Es que eres tan educado... –comenté, con burla y conteniendo la risa.
-Jacqueline, ¿crees que Georges accedería a jugar conmigo al fútbol? –preguntó Wendy.
-Sí, claro.
-Pero tendrías que enseñarme tú. No quiero hacer el ridículo delante de él.
-Puedo enseñarte –contestó Jacqueline-. Sin embargo, si no te gusta el fútbol, no sé si merece la pena. ¿Qué pretendes con eso?
-Pasar tiempo con Georges.
-Ya sé que te gusta Georges, pero hay otras formas de pasar tiempo con él. No tienes que hacer nada que no te guste.
-Me temo que tú no lo entiendes. Después de unas semanas, os vais a marchar. Y... entonces no voy a poder estar nada con Georges. Por eso ahora quiero aprovechar el tiempo, y andar con él. Me gusta mucho, ¿sabes?
-¡Qué tonta! –exclamó Guillaume-. Sabiendo que existo yo, prefiere a Georges. Hay que estar mal de la cabeza, ¿verdad, Joachim?
-O no tan mal. Pero... ¿vamos a tomarles un poco el pelo a ellas? –le dije.
-Vamos.
Salimos de detrás del seto.
-¡Eh, chicas! –dije yo.
-Hola –contestaron ellas.
-Wendy, oye, Georges no merece la pena –comenté, sonriendo-. Nunca se fijará en ti. En cambio... hay otros chicos, como Guillaume y yo, que te consideramos atractiva.
-¿Le has contado lo de Georges? –le preguntó Wendy a Jacqueline-. ¡No quería que se enterase todo el mundo! ¿A qué estás jugando?
-¡Eh, no la culpes! –intervino Guillaume-. Los hombres tenemos nuestros propios recursos para enterarnos de lo que nos interesa. Y desde luego, tú no me interesas, Wendy. Engañarme con mi propio hermano, ¿quién lo diría?
-¡Guillaume! Hablas como si tú y yo fuésemos novios, pero... ¡es mentira! –respondió Wendy-. Eres un niño...
-¿Y tú que eres? ¿Una mujer mayor?
-No, pero mayor que tú sí, y...
-No le hagas caso –intervino Jacqueline-. No sabe cómo llamar la atención, es todo teatro.
Yo le pasé un brazo por los hombros a Wendy y le dije:
-Bueno, ya nos hemos librado de Guillaume. Ahora no hay obstáculos entre nosotros.
-Joachim, ¿qué haces? –me preguntó Jacqueline.
-Tú y yo elegimos ser amigos, ¿no lo recuerdas? –le dije-. Ahora déjale elegir a Wendy.
-Joachim, no sé qué te pasa –respondió Wendy-. Pero ya que estás al corriente de que me gusta Georges, deberías dejarme en paz.
-Georges no es tan maravilloso –comenté-. No sé qué le ves.
Y acaricié a Wendy en la cabeza.
-¿Qué haces? –repitió Jacqueline-. Déjala en paz.
-Vale, de acuerdo.
Y la acaricié a ella, a Jacqueline, en las mejillas.
-Para –me pidió.
No le hice caso, y le agarré el brazo. Luego me puse enfrente de ella. Me apoyé en su hombro izquierdo y le pasé mi otra mano por la mejilla.
-¡Déjame, Joachim! –me pidió.
No la obedecí. Yo no me encontraba perfectamente, ni mucho menos. Me volvieron a temblar las piernas, y me apoyé con más fuerza en el hombro de Jacqueline, porque me daba la sensación de que me caería si no lo hacía. Ella gimió, y Guillaume intervino diciendo:
-Para, para, que la lastimas.
Pero yo seguía apoyado en el hombro de la muchacha, forzándoselo, me atrevería a decir, y sus gemidos se transformaron en gritos. Perdí el equilibrio y la empujé a ella, sin querer. Yo no caí de milagro. Entonces la solté, sintiéndome como si hubiese estado dormido y los gritos de la chica me hubiesen despertado.
Jacqueline se encontraba acostada en la hierba. Wendy le tendió la mano, ayudándole a levantarse.
-Es el hombro, me duele –dijo Jacqueline.
Georges salió de dentro de la casa.
-¿Qué está ocurriendo? –quiso saber.
-Joachim se ha apoyado en mi hombro, y ahora me duele –contó Jacqueline.
Georges le corrió hacia la izquierda el cuello del vestido a su hermana, para ver el golpe.
-¡Eh, Joachim, se lo has dejado morado! –gritó-. ¡¿Pero a ti qué te pasa, por qué le haces daño a mi hermana?!
-¡No, ya lo tenía morado antes! –expliqué-. ¡Por lo de Guillaume!
-Mira, vete y déjala en paz.
Obedecí. Georges y los padres de Wendy fueron con Jacqueline a un médico, y éste dijo que ella no se había roto los huesos del hombro, ni nada. Más tarde no pude quedarme con Jacqueline a solas. Ella evitó estar sola conmigo, fue siempre detrás de sus hermanos y de Wendy. Pero a medianoche fui a beber agua a la cocina, y Jacqueline estaba allí sola, echando agua en un vaso.
-Buenas noches –le dije.
-Buenas.
Se metió una pastilla en la boca y la tragó con agua. Yo no sabía qué decirle, pero quería iniciar una conversación, creyendo que de esa manera arreglaría las cosas con ella.
-Así que... tomando pastillas, ¿eh? –fue lo único que se me ocurrió decir-. Son... útiles.
-Escucha, me dolía el hombro en la cama y espero que se me pase con esto.
-Ah. Yo... lo siento. Antes, cuando te apreté el hombro...
-Habías bebido.
-Sí, por eso...
-No me lo expliques, no tengo ganas de conversaciones. Quiero ver si puedo dormir de una vez.
Y se marchó. Yo bebí agua y me fui por el pasillo.
-¿Con quién hablabas? –oí que decía Wendy, en su habitación.
-Con Joachim –respondió Jacqueline.
-¿Te ha pedido perdón?
-A su manera.
-Bueno, descansa, a ver si puedes. Déjame echarte otra vez la pomada, ya que dices que te alivia.
Me quedé enfadado. Yo le había pedido perdón a Jacqueline “a mi manera” porque ella no me había dado tiempo de hacerlo de otra forma.
Sin embargo, a la mañana siguiente yo ya no estaba enfadado. Sólo deseaba hablar en serio con Jacqueline y hacer las paces con ella. Pero la joven no apareció a la hora del desayuno.
-¿Y ella? –le pregunté a Wendy.
-Está durmiendo. Ni se te ocurra ir a molestarla.
-Ya. No soy así –dije.
Yo me quedé en la cocina, solo, después de desayunar, y me encontré con Jacqueline al cabo de más de media hora.
-¡Hola! –le dije.
-Hola.
-Oye... yo... no me habría portado así contigo ni con Wendy si no hubiese bebido.
Jacqueline tomó el desayuno sin decir nada.
-Aquel primer día de clase en el que nos conocimos, yo fui el único que no te miró con malicia, tú lo has admitido varias veces –añadí.
-Es cierto. Y otro día te lanzaste al río para salvarme. Pero ayer apoyaste tu peso en mi hombro herido, me clavaste las uñas y me lo agarraste con fuerza. Pensé que me lo habías roto.
-Sin embargo... no lo tienes roto. Ni torcido, ni nada de eso. Sólo magullado.
-¡¡Pero he tenido que echarme tres veces la pomada, y que tomarme una vez la pastilla para aliviar el dolor y poder dormir!!
-Lo siento mucho –respondí-. Sé que soy un bruto, pero por lo menos puedo quedarme un poco tranquilo al saber que no te lo he hecho a propósito. Me sentí medio mareado, casi me llevaba la cabeza, y por eso me apoyé en ti. Fue... como si estuviese soñando. Fue algo muy raro.
Jacqueline no contestó.
-¿Ahora te duele? –le pregunté.
-No.
-Georges está en casa–comenté-. Los demás han salido. Y yo... estoy esperando por ti, por si quieres que vayamos a bañarnos a la playa dentro de unas horas.
Jacqueline se mordió el labio inferior y se puso colorada.
-No. Hoy no me voy a bañar –dijo.
-¡Vaya! ¡No te voy a tratar mal, ahora no he bebido!¡Puedes confiar en mí! –le prometí.
-No es por eso, Joachim.
-¿No? Pues no me lo creo –respondí, y me marché.
Al mediodía comí fuera, con los hermanos de Jacqueline. Y no me quedé contento hasta que volví a verla a ella y le pedí disculpas por lo último que le dije aquella mañana. Nos encontramos otra vez en la cocina.
-Lo de no bañarme es cosa mía, no tiene que ver contigo, no te lo tomes a mal –me explicó ella-. No estoy enfadada.
Asentí con la cabeza.
-Eres libre de hacer lo que te parezca, o lo que te convenga en cada momento, no tienes que explicarme nada. Y yo no debí haberte dicho eso, lo que dije cuando desayunabas, al final, antes de marcharme–comenté.
Jacqueline me miró , y al cabo de un rato me dijo:
-No estoy enfadada, pero... sí un poco decepcionada. Pensaba que no bebías.
-No bebo habitualmente. Lo de ayer fue por una apuesta con Guillaume.
-¿Guillaume anda en apuestas?
-No de dinero. Pero me dijo: “¿A que no bebes?” Y ya sé que no debería haberle hecho caso, pero creí que no pasaría nada y le seguí la corriente. No obstante, sí que pasó algo, y eso me sirve de escarmiento. Y siento que tú hayas tenido que pagar por mi tontería.
Wendy entró en la cocina.
-¡Oye, Jacqueline; Georges y yo vamos a ir a...! –empezó a decir.
Se calló al verme a mí.
-¿Estorbo? –le pregunté.
-No. Tú también puedes venir, supongo.
-¿Por qué lo supones?
-Verás, Georges y yo vamos a ir a dar un paseo al puerto y... vosotros también podéis venir, no creo que a Georges le importe.
-Pero es mejor que vayas tú sola con él –respondió Jacqueline-. Y regálale una cosa. Espera.
Jacqueline se fue de la cocina y yo me quedé solo con Wendy.
-Jacqueline dice que bebiste ayer, pero yo te noté bastante elocuente como para estar borracho –me dijo.
-No estaba borracho. Sólo algo alterado. Y... ¿tú quieres que Jacqueline o yo hablemos con Georges? Porque... te veo detrás de él, sin conseguir lo que quieres...
-Por ahora déjalo, a ver qué pasa.
Jacqueline volvió a entrar. Llevaba una bolsa, y de dentro sacó algo envuelto en papel de regalo.
-Regálale esto a Georges –le sugirió ella a Wendy-. Lo he comprado esta mañana.
-¿Qué es?
-Un plano de Baltimore. Le encantará. Ayer me dijo que hoy por la tarde iría a comprar uno, pero si se lo regalas tú antes, mejor.
-Gracias, pero, ¿no te parece un regalo algo raro?
-A él le gustan estas cosas. Las colecciona. Prefiere el plano antes que una joya, estoy segura.
-Mejor para vuestra economía –comenté.
-Bueno, gracias –le dijo Wendy a Jacqueline-. ¿Cuánto te ha costado?
-No importa, ha sido muy barato.
Wendy cogió el plano y lo guardó en una bolsa. Segundos más tarde entró Georges en la cocina.
-¿Estás lista, Wendy? –preguntó.
Wendy sonrió y asintió. Ella salió de la cocina y Georges se quedó dentro, con la puerta cerrada.
-Vosotros haced algo por ahí –nos dijo a Jacqueline y a mí-. Id con los otros a la playa, o adonde queráis. Pero yo prefiero estar solo con Wendy, porque... bueno... no sé qué le parecerá a ella, pero... sería estupendo decirle que quiero ser su novio.
Jacqueline me miró y sonrió. Yo también sonreí, disimuladamente.
-Y...¿creéis que debo regalarle algo a Wendy? –añadió Georges.
-Esto –dijo Jacqueline, entregándole a su hermano la bolsa de la cual había sacado el plano de Baltimore.
Georges la cogió y sacó de dentro un objeto envuelto en papel de regalo.
-¿Qué es, de qué me sirve esto? –quiso saber.
-Es el libro de aventuras que le gusta a Wendy –contestó Jacqueline-. Ayer lo vio en la librería y quería comprarlo, pero íbamos sin dinero y no pudo. Así que dáselo tú, te lo agradecerá.
-¡Ah, vale, gracias! ¿De dónde lo has sacado?
-Esta mañana lo he comprado en la librería.
-¿En la librería que está siguiendo a la izquierda desde la plaza? ¿La que tiene los planos de Baltimore?
-Sí. El libro estaba justo al lado de los planos.
Georges sonrió y metió el libro en la bolsa.
-Bueno, ya te daré el dinero. Gracias, de verdad.
Y se fue.
-Eres ingeniosa –le dije a Jacqueline en cuanto su hermano se hubo marchado.
-Es lo que tiene pasar parte de la noche en vela. En algo hay que pensar.
-Bueno. Le he oído decir a Auguste que él y los otros van a ir a jugar a la baraja a la playa –comenté.
-¿Quieres que vayamos con ellos?
-Sí. Pero a ver si puedo ir en el equipo de Guillaume, ¡casi siempre gana! –dije, sonriendo.
Entonces llegó el momento en el que comencé a disfrutar por fin, de verdad, de las vacaciones; sin enfados, ni gente perdida por las cuevas. Y hasta estoy aprendiendo algo más de inglés.
Deseo que vosotros también seáis felices.
Besos,
Joachim.
