martes, 22 de septiembre de 2009

Atardecer en la playa

París, diciembre de 1904
Querido amigo Gerhard:
La lectura de tus aventuras por Bremen, en tu última carta, me ha resultado muy interesante. Yo tengo que contarte lo que me ha ocurrido durante estas últimas semanas. Al principio me porté mal, fui competitivo y egoísta, y demasiado duro y antipático con las personas a las que más quiero. Pero al final he obtenido una valiosa experiencia.
En primer lugar, ¡por fin he conquistado a Jacqueline Lebon! Ya te he escrito sobre ella en muchas ocasiones, pero, por si no te acuerdas o has tirado mis cartas, te la describiré otra vez: ella es una jovencita de quince años, la hija de la profesora de Francés. Jacqueline es delgada, rubia y de ojos azules, muy hermosa y amable. Su padre da clases en la facultad de Medicina.
Un lunes llegué tarde a clase por culpa de Jacqueline, precisamente. Me estuve peinando para resultarle atractivo, pero lo único que conseguí al humedecerme el pelo fue que los cabellos me quedasen erizados y más oscuros que habitualmente. Ya sabes que tengo el pelo castaño, casi negro, sin embargo, ¿y si a Jacqueline no le gustaba verme el pelo tan oscuro? Así todo, no había solución, entonces me marché corriendo. Pero el de Latín ya estaba en clase. Entré y me senté al lado de Jacqueline. Por aquel entonces hacía una semana que éramos novios.
-Hola, Joachim. Bonito peinado -murmuró ella.
Me puse colorado mientras ella me pasaba un folleto disimuladamente. Empecé a leerlo y vi que anunciaba:
"CONCURSO DE PINTURA: Desde el 30 de septiembre al 5 de diciembre de 1904, todos los alumnos podrán presentar sus obras artísticas. El tema es libre, y la obra ganadora será mostrada en la exposición de..."
-¡Clerc, traduzca el texto! -me pidió el profesor.
Guardé el papel rápidamente en el pupitre y obedecí. No obstante, cuando esa clase terminó, leí el texto del concurso completo. Descubrí que además de una buena suma de dinero, el ganador se llevaría un premio que consistía en mostrar la obra en una exposición "de las de verdad", es decir, al lado de las obras de artistas más o menos famosos. Si te soy sincero debo confesarte que los nombres de esos artistas no me suenan mucho. No soy capaz de recordarlos sin consultar el folleto, pero yo creo que viven de la pintura y eso ya me parece magnífico. Por eso le agradecí la información a Jacqueline.
Yo me encontraba alterado por el asunto del concurso. Necesitaba pintar un cuadro para el cinco de diciembre y quedaban unas semanas para esa fecha. Al principio me dediqué a pintar en mis ratos libres, como siempre. Pero me puse a calcular y llegué a la conclusión de que a ese ritmo terminaría el cuadro para poco antes de Navidades. Sin embargo, el cuadro no me salía tan bien como yo esperaba y empecé de nuevo varias veces. Incluso llegué a faltar dos días seguidos a clase para dedicarme por completo a la pintura.
-¿Qué tal? ¿Estuviste enfermo? -me preguntó Jacqueline nada más verme.
-No. Oye, me confundí en el cuadro y tuve que empezarlo otra vez. Estoy muy ocupado.
-Pensaba que... estabas más centrado en los estudios -me reprochó ella.
En otro caso no me habría enfadado, pero con la presión del concurso cualquier cosa me irritaba.
-¡¡Si me hubieras avisado antes, esto no habría pasado!! - le grité-. ¡¡El plazo se ha abierto hace meses!! ¡¿A qué has estado esperando todo este tiempo?!
-Te he avisado nada más enterarme.
La creí, pero eso no impidió que mi enojo persistiese. Al comienzo del recreo volví a enfrentarme a Jacqueline. Ahora soy consciente de que ella no tenía culpa de nada. Pero entonces bajamos las escaleras juntos y ella me miró con extrañeza al ver que yo me dirigía a la biblioteca.
-He dejado allí mis materiales de pintura, voy a continuar con el cuadro -le comenté.
Su cara mostraba desilusión, pero no se quejó. Vino detrás de mí y yo le dije:
-¿Te importa ir... por ahí? Necesito mucha concentración, si estás delante no puedo pintar como es debido.
-Hace... días no decías eso -respondió-. Querías estar conmigo.
-¡Y claro que quiero estar contigo! Pero... soy un hombre ocupado, mira...
-¿Un hombre? -se burló-. Solo eres un niño que no sabe lo que quiere.
Ese comentario me hirió. Sin embargo, era cierto que hacía días yo me moría por estar con ella. Y ese sentimiento seguía vivo dentro de mí, aunque fuese en el fondo. Por eso no dije nada que pudiese molestar a la chica. La acaricié en la mejilla y la besé para tranquilizarla. Ella se marchó mientras yo entraba en la biblioteca.
Intenté pintar, pero no lo hice tan bien como otras veces. Me sentía presionado, incómodo. Yo estoy acostumbrado a pintar libremente, sin ponerme fechas para terminar los trabajos. Y al no tener esa libertad, no disfrutaba pintando. En vez de ver la pintura como un entretenimiento, la veía como una obligación.
Yo estaba dibujando una difícil escena de una ciudad, una escena que no me motivaba especialmente. Entonces intenté cambiarla. Imaginé una bonita puesta de sol junto al mar. Sí, eso estaba mejor. Al fondo, el sol poniéndose; y delante, Jacqueline con las piernas estiradas sobre un banco. Esto me dio resultado, volví a pintar con placer. Lo que hice fue comenzar a dibujar el paisaje, dejando un hueco delante para Jacqueline. Al salir de la biblioteca me encontré con ella, y ambos dijimos:
-Tal vez quieras ir a...
Sonreímos.
-Tú primero -le cedí la palabra.
-Antes me he olvidado de decírtelo -comentó-. Auguste ha quedado con una chica en la cafetería de tu padre y se le ha ocurrido que tú y yo podríamos ir con ellos.
Auguste es el mayor de los hermanos de Jacqueline. Ella es la tercera de cuatro hermanos, y la única niña. Los demás son varones.
-¿Me estás invitando a mi propia cafetería? -pregunté.
-Bueno, yo solamente... Auguste...
-De acuerdo, me parece bien. ¿Cuándo y a qué hora?
-El domingo a las cuatro.
-Vale, iré. ¿Y tú vendrás a posar para mí? Voy a retratarte para el concurso. Si me dejas, claro.
Me gustó que sonriese.
-¿Ya no te estorbo? -quiso saber.
-No. Vas a ser la clave de mi trabajo.
Le expliqué en qué consistiría el cuadro y aunque es tímida se lo tomó bastante bien. Le dije que, aunque expusiesen mi cuadro y ella saliese allí, la mayoría de la gente no la conocería, que París es muy grande. Por fin parecía que todo estaba ya solucionado. Nada más lejos de la realidad. Esa misma tarde Jacqueline vino a mi casa y comencé a dibujarla medio acostada en el sofá. Aguantó un montón de tiempo parada, lo admito. Pero luego se cansó, empezó a moverse y le reñí.
-Ahora no puedo más. Seguimos otro día -me dijo.
Acepté, y la tarde siguiente continué dibujándola. Esta vez ella no aguantaba parada, y no colocaba las manos como yo le había indicado.
-Deja caer la mano izquierda. Sí, hacia abajo -le dije-. Y a ver si paras de moverte.
-Me duele la barriga -se quejó.
Yo estaba enfadado, por eso le dije:
-¡¿Y qué ?! ¡Si te duele, deberías moverte menos!
-Hoy no puedo hacer esto -respondió-. No me encuentro bien. Joachim, déjame marchar.
-¡Pero estás sentada! ¡No te mando correr! ¡Estar ahí parada no te cansa!
-Quiero irme a casa -insistió-. Me duele la barriga y aún tengo los deberes sin hacer.
-Espera. Te tomas una manzanilla y luego seguimos. Y cuando acabe de pintarte, hacemos juntos los deberes.
-No. No puedo seguir. Vendré cuando quieras, pero ahora me voy.
Me irritó que todo fuesen dificultades para terminar mi cuadro.
-¡Pues vete! -grité-. ¡Puedo pintar a otra chica!
-No lo harás -respondió, casi llorando.
Claro que no lo hice, a pesar de que a ella no la vi en unos días. Jacqueline no fue al instituto, y yo finalmente decidí hablar con su madre al final de la clase de Francés, a ver si me explicaba qué ocurría. Esperé a que saliesen todos mis compañeros y entonces le dije:
-Señora Victoire Lebon, profesora, ¿qué le pasa a Jacqueline, está enferma?
-Sí, está mal del estómago.
-¿Puedo ir a verla? -me interesé.
-Claro. Se alegrará, me ha preguntado por ti estos días.
Antes de cenar me dirigí a su casa con el lienzo. La madre de Jacqueline y yo subimos las escaleras y yo pasé a la habitación de la niña. Se trataba de la primera vez que yo entraba allí. El cuarto era normal, como el de todas las chicas, supongo. Jacqueline estaba dormida y yo me sentí incómodo, no quería despertarla. Me entraron muchas ganas de acariciarle su sedosa melena rubia, pero me contuve para no cortarle el sueño.
Su madre bajó las escaleras y yo aproveché para apoyar el lienzo contra el armario. Luego volví a fijarme en la muchacha y la encontré tremendamente destapada: más de la mitad del edredón se encontraba en el suelo. La arropé y ella se despertó.
-¿Qué haces aquí?- quiso saber.
-Vengo a verte -le dije-. Espero que estés mejor que el otro día.
-Sí, un poco.
Se sentó en la cama y yo le pasé un jersey azul marino que había en la mesa, para que se lo vistiese por encima del camisón. La puerta se hallaba entreabierta y vi salir a Auguste de una de las habitaciones. Él también se percató de mi presencia y me dijo:
-¡Ah, hola, Joachim! Mira, lo de ir a tu cafetería..., ya sabes, tú con Jacqueline y yo con... otra, mejor lo dejamos. Mi hermana no se encuentra bien.
Yo ya no me acordaba de esa cita. El concurso de pintura me absorbía y apenas me dejaba pensar en otros asuntos. Auguste se marchó y yo sonreí al comprobar que era un poco más alto que él, y eso que Auguste mide un metro ochenta.
-Jacqueline, el domingo de la semana que viene, iremos tú y yo a la cafetería, si estás mejor -dije-. Y ahora... escucha, no tienes que hacer nada. Voy a retratarte, tú quédate como estás.
-No me retrates -respondió-. ¿Tú sabes cómo he pasado la noche?
-Supongo que mal, pero...
-Además, pensé que me querías por mí misma, por lo que soy. No porque te sirva de modelo. ¡Vaya, es que para ti no valgo más que un objeto!
-¿Cómo puedes decir eso? Si me sirves de modelo es porque hay algo en ti que...
Me interrumpí cuando la madre de Jacqueline entró. Traía una bandeja con un plato de sopa para la niña. Jacqueline me miró, pidiéndome, sin palabras, que continuase explicándole lo que pasaba. Pero hablar de aquello delante de su madre, que además era mi profesora, estaba por encima de mi atrevimiento. La señora Lebon se quedó mirando cómo Jacqueline se tomaba la sopa y la niña dijo:
-Mamá, no hace falta que te quedes. No me mareo.
-Nunca se sabe. Hasta que estés un poco mejor, necesitarás... cuidados.
Yo sabía lo que pasaba: la señora Lebon no quería que me quedase solo con su hija.
-Ya me voy -murmuré.
-¡Pero si acabas de llegar! -protestó Jacqueline.
-Bueno, pero... ya te he visto, y... mis padres me están esperando para cenar.
La besé en la mejilla, sin apartar la vista de la cara de su madre, y me fui.
Jacqueline no volvió a clase hasta la mitad de la semana siguiente.
-No has vuelto por mi casa -me dijo-. Me habría dejado retratar...
-Pues cuando fui, me diste a entender todo lo contrario.
No debería haber dicho eso, esas palabras sonaban demasiado hirientes.
-Bueno, no sé qué te ocurre -respondió ella-. Pasé una noche malísima, por eso estaba durmiendo cuando tú llegaste, y... me viniste con esa tontería de la pintura...
-¡¡¡No es una tontería!!! -bramé.
Desde pequeño, la pintura siempre ha sido especial para mí. Por eso me enfadé tanto.
-No quería decir eso -se disculpó entonces Jacqueline-. Retrátame a la hora del recreo.
Yo no podía pintar estando tan enfadado, pero el enojo se me pasó al cabo de unas horas. A la hora del recreo, Jacqueline posó para mí en un banco del vestíbulo. Ella no dijo nada y yo tampoco. Su cara me recordaba a la de los niños cuando están esperando, asustados, a saber cuál es el duro castigo que su profesor les está a punto de aplicar.
Terminé el cuadro por completo en ese mismo recreo. Me gustó el resultado, había quedado como yo esperaba.
-Ya he terminado, puedes venir a verlo -le dije dulcemente a Jacqueline-. Se titula <>.
Ella observó el cuadro y opinó:
-Está bien. Pintas muy bien, Joachim.
Habló con un tono triste, como si fuese a llorar, y a mí también me puso melancólico. Me gustaría haberle pedido perdón por molestarla, y por mostrarme brusco con ella. Pero Jacqueline se fue antes de que me diese tiempo a hablarle.
Tenemos muchos deberes y a mí un día se me olvidó hacer los de Griego. El profesor se enteró y les escribió una carta a mis padres. Mi padre explotó de rabia. Me dijo que si quería estudiar, que lo hiciese de verdad, que no utilizase el instituto como una excusa para no dedicarme al trabajo familiar de la cafetería. Se enfadó tanto que me prohibió salir de casa para actividades de diversión en unos días. A mí lo que más me preocupó fue que ese domingo por la tarde, que fue cuando se le ocurrió ponerme el castigo, no me quedase más remedio que dejar plantada a Jacqueline en mi cafetería. Le expliqué a mi padre lo que pasaba, pero él no cedió. Y a mí me sentó fatal hacerle eso a Jacqueline. No porque fuese la hija de la profesora de Francés, sino simplemente porque yo la quería. Dentro de mi habitación le di una patada al armario y unas lágrimas silenciosas brotaron de mis ojos. No sé si fueron producto del golpe contra el mueble o de la frustración que me causaba ver empeorar mi relación con Jacqueline y no poder hacer nada para remediarlo.
Desde que me levanté de la cama al día siguiente, me repetí a mí mismo un montón de veces la explicación que le tenía que dar a Jacqueline. <>. Eso mismo iba yo pensando cuando dejé mi cuadro en el aula de dibujo, para presentarlo al concurso. Aquel día era el cinco de diciembre, el último para entregar las obras. Volví a repetir mentalmente mi frase de disculpa al entrar en clase, mientras buscaba con la mirada a Jacqueline, pero no la encontré. Me senté solo en la última fila y esperé a que terminase la clase de Francés para ir a hablar con la profesora.
-¿Qué tal va Jacqueline? -le pregunté-. ¿Ha vuelto a encontrarse mal?
-Se ha puesto peor -declaró.
Noté una punzada en el corazón, yo no quería oír eso. Miré a la profesora sin saber muy bien qué decirle y murmuré:
-El último día que la vi, ella estaba bien.
-Ya, pero ayer por la noche no se acordó de tomar los medicamentos, y hoy por la mañana tampoco. Y nosotros no nos dimos cuenta, no se lo recordamos. Tenía que seguir tomándolos hasta el miércoles, y como no lo hizo, está mal otra vez. Ayer no cenó, no quiso. Supongo que por eso se olvidó de los medicamentos; los toma con la comida.
Me sentí culpable: seguramente ella no había cenado por la preocupación que yo mismo le había provocado al no acudir a nuestra cita. Si ella hubiese cenado, también se habría acordado de tomar los medicamentos y no se habría puesto así. Para remediarlo, durante el recreo me senté solo en un banco del vestíbulo y escribí:
<No hice una traducción de Griego y mi padre lo sabe. Ayer me mandó quedarme en casa por la tarde y no tuve más remedio que obedecerlo. Siento mucho haber faltado a nuestra cita. Perdóname.
>>Tengo muchas ganas de verte, pero mi padre no me dejará. Así todo, una vez que yo vuelva a casa, puedo escaparme sin que él se entere: atando una cuerda a la ventana de mi habitación y bajando por ella. Tal vez ponga esa técnica en práctica.
>>Por cierto, el viernes, justo después de clase, dan los resultados del concurso de pintura. Si gano, te dedicaré la victoria.
>>Recupérate pronto, no soporto pensar que tu recaída haya sido por mi culpa.
>>Te quiero. Besos,
>>Joachim>>.
A la hora de salir corrí a la sala de profesores y, por suerte, me encontré con la madre de Jacqueline. Le di varios dobleces a la nota y se la entregué a ella.
-Es para Jacqueline, es... bueno, son cosas nuestras -le expliqué.
Ella la guardó sin leer el contenido. Y justo al día siguiente me entregó la respuesta disimuladamente, al lado de un trabajo corregido. Reconocí la letra de Jacqueline en la nota, aunque esta hubiese escrito de manera más temblorosa que de costumbre.
<>.
La nota me puso los pelos de punta y escribí rápidamente la respuesta:
<>.
Le entregué la nota a la madre de Jacqueline, al final de la clase. El tiempo se me pasaba lentamente sin Jacqueline, mi fiel compañera. Pero el viernes fue llegando y con él la entrega del premio de pintura. Entonces me dirigí con ilusión al aula de dibujo. Si yo ganaba, mi cuadro sería expuesto. En aquel momento, nada me parecía más maravilloso que esa posibilidad. ¡Cientos de personas observando mi cuadro, experimentando los sentimientos que mi obra les provocaba! ¿Se puede aspirar a más?
En el aula de dibujo estaban todos los cuadros. Me fijé especialmente en uno que representaba al instituto visto desde el patio. Sonreí, seguro de que el autor sólo lo había diseñado para agradar al director. Este, el director,llegó justo entonces. Estuvo hablando casi durante diez minutos seguidos mientras los participantes esperábamos nerviosamente a que anunciase al ganador. Y eso lo hizo con estas palabras:
-... el instituto es lo que nos une a todos nosotros. Por eso es un orgullo que esté representado en exposiciones importantes. Y lo estará en gran medida gracias a François Tellier.
Un jovencito sentado a mi lado dio un respingo.
-Sí, Tellier, has ganado tú -añadió el director-. Con tu cuadro <>.
Me pareció totalmente injusto. Unas lágrimas de rabia empezaron a caerme mientras Tellier recibía su sobre con dinero. Su cuadro no expresaba nada, y la pintura ni siquiera estaba bien aplicada, ¡tenía trocitos en blanco! El director no sabía de arte, no tenía ni idea, ¿por qué decidía él quién ganaba el premio?
Sentí que se me esfumaba la única posibilidad de triunfar en el mundo de la pintura, en MI mundo. La pintura era mi vida, quería dedicarme a ella... y ni siquiera era capaz de salir vencedor de un concursito de instituto. Me quedé solo en el aula de dibujo, a propósito, reflexionando sobre esto. De repente oí pasos y me asomé a la ventana para así mostrarme de espaldas y ocultar mi cara enrojecida por el llanto.
-Hola -dijo una chica.
En principio no miré para ella, pero supe que era una jovencita por la voz. De hecho, ese tono me recordó al de Jacqueline y por eso me di la vuelta. Efectivamente, era ella. Se encontraba bajo el vano de la puerta, desatándose la bufanda. La noté cambiada: algo más pálida que de costumbre, a causa de su reciente enfermedad, y ligeramente más crecida.
-Soy un cobarde, ya lo sé -le dije entre lágrimas-. Pero es que he perdido.
-¿Cobarde por llorar? No. No te avergüences. Tus ojos verdes brillan más cuando lloras. Si te sirve de algo, te diré que estás... guapo. Y siento que hayas perdido.
Me acerqué a ella, la abracé y la besé, creyendo que de todas las personas del mundo, ella era la única que podía consolarme.
-Creí que estabas muy enferma -le comenté cuando ya no me temblaba la voz.
-Me estoy recuperando. La criada salió y no había nadie más en casa, así que he aprovechado para venir aquí, a ver qué tal te iba en el concurso. Tengo que irme enseguida, los demás se volverán locos si vuelven y ven que he salido.
Yo no quería hablar del concurso, por eso escogí otro tema.
-De algo te valdrá que tu padre sea experto en medicina -comenté-. No estás tardando mucho en recuperarte.
-Sí que he tardado -me contradijo-. Sus remedios no me acababan de hacer efecto. Me puse fatal, no dejaba de perder líquido, y mi madre estuvo a punto de avisar a otro médico sin que mi padre se enterase. Pero al final no fue necesario.
Nos miramos y Jacqueline me preguntó:
-¿Quién ha ganado el concurso?
-François Tellier. Es un chico que... va en la clase de tu hermano pequeño, me parece.
Y le expliqué lo injusta que me parecía la elección del ganador.
-Para de decir eso -me pidió la muchacha-. Has pintado una obra de arte, un cuadro precioso, ¿qué más quieres? Mira, el ganador no sabe de arte, ¡pero tú sí! Antes habrías estado contentísimo de pintar de esta manera. Cuando te vi por primera vez en mi vida, estabas dibujando por placer, no por ganar premios. Dibujabas lo que te apetecía y cuando te apetecía. Y eso a mí me pareció... estupendo. ¿Por qué has cambiado?
-No he cambiado. Me gusta mucho pintar, por eso pinto. Y sigo haciéndolo con libertad, soy fiel a mi estilo. Pero además, me parecería fantástico que la gente pudiese ver mis obras. Y al ganador le exponían su cuadro.
Nos quedamos en silencio y yo volví a abrazar a Jacqueline. Necesitaba su apoyo y ella me lo estaba dando. Al poco rato, ella me recordó que tenía mucha prisa y yo la retuve un momento más, para decirle:
-Llévate mi cuadro. Quiero que lo tengas tú.
-No. Gracias, pero si llego a casa con esto, los demás sabrán que he salido.
-Entonces te acompaño a tu casa. Me quedo hasta que llegue alguien, como que he ido de visita y te he llevado el cuadro.
-Pues muchas gracias. Sé que significa mucho para ti.
El domingo por la tarde Jacqueline se encontraba casi recuperada y la invité a la cafetería de mi padre. Me llevé una sorpresa al ver el cuadro << Atardecer en la playa>> en el local, colgado de una pared.
-El cuadro quedaba muy bien en mi casa, pero tú decías que te gustaba que la gente lo viese. Por eso lo he traído aquí. No es una exposición, sin embargo aquí vienen bastantes personas. Tu padre me ha dado permiso para colgarlo.
Miré a la muchacha, sonriendo, y luego comprobé que el cuadro no pasaba totalmente desapercibido. Me fijé en un niño y una niña pequeños, acompañados de sus abuelos. El niño se quedó mirando el cuadro y comentó:
-¡Mira qué bonito!
-Sí -respondió su abuela-. Aún sigue habiendo buenos pintores.
Todas esas tardes dedicadas por mí a la pintura, tanto en Bremen, cuando era pequeñito, como ahora en París, han servido de algo, ¿no crees, Gerhard? A mí me parece que sí.
Un abrazo,
Joachim.