martes, 22 de septiembre de 2009

La desaparición del señor Clerc

París, diciembre de 1904
Querida Louise:
Tu primo Joachim ha sufrido un pequeño percance y se encuentra con la mano de-recha vendada. No te preocupes, no es nada grave, pero debido a estas circunstan-cias la letra le sale desfigurada, le duele la mano al escribir... y, con la buena educa-ción que lo caracteriza, me ha pedido a mí que te escribiese una carta. Él quiere in-formarte de unos acontecimientos muy extraños que le han sucedido estas últimas semanas, y yo te haré llegar esas noticias.
Pero antes de nada, desearás conocerme un poco mejor, así que voy a presentar-me. Me llamo Jacqueline Lebon y en el instituto voy en la misma clase que tu primo. Mi madre es nuestra profesora de Francés durante este curso. Y mi padre es médico, da clases de Anatomía en la facultad. Yo vivo con ambos y con mis tres hermanos: Auguste, Georges y Guillaume-Thomas; de veinte, diecisiete y trece años respecti-vamente (yo tengo quince).
En cuanto a Joachim, él y yo estamos enamorados. Creo que empecé a fijarme es-pecialmente en él hace un mes. Yo me encontraba en el Café Clerc, es decir, en la cafetería de tu primo, cuando unos gamberros me intentaron emborrachar. El alcohol me hizo sentir mareada y Joachim me llevó a su casa. Me apoyé en su almohada porque me llevaba la cabeza, y al sentirme mejor me fijé en su cuarto. En las paredes se podían observar fotos, cuadros, una medalla, una bandera de su país... la habita-ción reflejaba su idiosincrasia . Él es diferente, y eso me gusta. Me parece interesan-te, de igual modo, su afición a la pintura. Por eso me enamoré de él, pero antes ya éramos amigos. Los chicos de clase no están acostumbrados a tratar con chicas y me miran con malicia, sin embargo Joachim nunca los ha imitado. A él siempre le ha parecido que lo lógico es respetarme.
Sería capaz de escribir veinte folios alabando a tu primo, pero él me ha pedido otro trabajo, así que le haré caso.
El domingo 18, día en que comenzaron los hechos que voy a narrar, mi familia y yo comíamos mientras el paisaje de fuera llamaba nuestra atención. Los copos de nieve golpeaban los cristales, y mi hermano Guillaume se ilusionaba imaginando que al día siguiente se libraría de ir al instituto gracias al clima invernal.
-¡Va a ser imposible salir de casa! -repetía una y otra vez.
En una de esas ocasiones, Guillaume se interrumpió al oír golpes en la puerta. La criada nos informó de que el visitante era Joachim, y entonces todos me miraron y yo me levanté. Unas ráfagas de viento habían llevado la nieve al vestíbulo.
-Pasa, Joachim, rápido -le dije al joven.
Él cerró la puerta y se quitó el gorro, azul y cubierto de nieve. A su pelo se habían adherido algunos copos, a pesar de haberse cubierto la mayor parte de la cabeza. Tu primo se despojó también de la bufanda, dejando ver su rostro enrojecido por el frío.
-Hola, Jacqueline, perdona que te moleste -dijo-. Me voy ahora, solo quería saber si has visto a mi padre.
-No.
Asintió con la cabeza.
-Bueno entonces... me voy.
-¿Qué pasa? -me interesé.
-Ayer se fue y aún no ha vuelto.
No supe qué decirle. Su declaración me sorprendió enormemente. Le sugerí que pa-sase a contárselo a mis padres y él obedeció. Desde que hubo repetido lo sucedido, todos nos quedamos callados hasta que mi padre le preguntó:
-¿Has ido a la gendarmería?
-No, señor doctor -murmuró Joachim.
-¿Quieres ir ahora? -intervino mi madre.
-No hace falta. Supongo que no será para tanto. Seguro que se fue por una tontería.
-¿Pero tu crees que está a salvo? -le preguntó mi hermano Georges.
-No lo sé.
Todos, excepto yo, lo liaron con preguntas y sugerencias. Joachim me acariciaba una mano y respondía que sí a casi todo. Yo no intervenía porque consideraba a Joachim preparado para desenvolverse en un caso de esas características. Cualquier reco-mendación que se le diese, ya se la habría planteado él a sí mismo anteriormente. Y era él quien debía decidir qué hacer, no los demás. Cuando estos terminaron de hablarle, mi madre le preguntó si quería comer.
-Ya he comido -declaró-. Me marcho, entonces.
-Espera un poco -le pidió ella-. Ahora nieva mucho, a ver si va parando.
Joachim le hizo caso y esperó en el salón. Al terminar de comer, fui para allí y me senté a su lado. Él parecía tranquilo, estaba observando el Nacimiento que habíamos colocado el día anterior. Al verme, tu primo me ofreció una caja de dulces.
-¡Gracias! ¿Son de tu madre? -le pregunté.
-No. Son comprados. Mi madre está en Alemania.
Yo ya sé que la familia de Joachim, por parte de madre, es alemana, y que él nació allí, y vivió en dicho país hasta los siete años. Pero me sorprendió que su madre no se encontrase con tu tío y con tu primo en París.
-Mi abuela está enferma, ha ido a verla -me explicó-. Estupendo, ¿verdad? Van a llegar las Navidades y a mí me dejan solo.
-Yo estoy aquí.
Me pasó un brazo por los hombros sin importarle que mis dos hermanos mayores entrasen en el salón en ese preciso momento.
-Cuando pare de nevar un poco, mi padre te va a acompañar a la gendarmería -le explicó Georges a Joachim.
Este último asintió con la cabeza, sin mucho ánimo. Me agarró del brazo, pidiéndome apoyo para estos momentos difíciles, y yo le acaricié sus bonitos cabellos de color marrón oscuro. Su pelo tiene algo gracioso, al menos yo lo considero así. Sobre todo cuando se lo humedece deliberadamente, porque al tenerlo un poco ondulado, le queda de punta en vez de liso hacia atrás. Joachim sonrió cuando jugué con su pelo, mostrando así su blanquísima dentadura.
La nevada amainó un poco y Joachim se dirigió él solo a la gendarmería.
-Ninguno de ustedes tiene la culpa de esta desgracia, y no les haré pagar por ella -declaró cuando nos ofrecimos a acompañarlo.
Me besó en la mejilla y se despidió también de los demás antes de marcharse. Yo me asomé a la ventana para verlo avanzar por la calle, contra la nieve y el viento.
-Pobre Joachim -comentó mi madre-. ¡Es un chico tan noble...! ¡Qué pena que le haya sucedido esto!
-Él será noble, pero su padre, lo contrario -respondió Guillaume, sonriendo-. Seguro que lo ha abandonado adrede.
-¡Guillaume! -grité.
Me fastidió muchísimo su sonrisa. Se estaba burlando de Joachim. Su actitud me provocó tanta rabia que no fui capaz de contener las lágrimas. Georges me abrazó, y todos los otros intentaron animarme. Pero claro, siempre hay una excepción: mi her-mano Guillaume-Thomas. Él hacía lo posible para que mi enfado aumentase, esta vez, canturreando:
-A Jackie le gusta Joachim, a Jackie le gusta Joachim...
Podría haberme puesto histérica y gritarle que se callase. Sin embargo, yo contaba con bastante experiencia en esos asuntos. Lo que deseaba Guillaume era que yo gritase. Pues bien, no le iba a dar ese placer.
-¿Y qué, si me gusta Joachim? -le dije en un tono de voz normal-. Y no me llames Jackie.
La carita de Guillaume se ensombreció al instante. Abrió la boca, intentando llenarla de palabras de burla, pero al no encontrarlas abandonó el salón. Ese triunfo sobre mi hermano pequeño no trajo consigo la felicidad. Tal vez porque yo temía que el co-mentario de Guillaume fuese cierto, que el señor Clerc hubiese abandonado a su hijo a propósito.
Esa idea rondó por mi cabeza hasta que Joachim volvió unas horas más tarde, cu-bierto de nieve.
-¿Qué tal todo? -le pregunté cuando corrí a abrirle la puerta.
Se encogió de hombros.
-He hablado con un gendarme, y... me he caído en la nieve, no sabes cómo me duele la mano.
Avisé rápidamente a mi padre con la intención de que le hiciese una cura a tu primo. Yo los observé desde la puerta, sin entrar en el salón, cuando Joachim se sentó en el sofá para que mi padre lo atendiese. En ese momento llamó a la puerta una vecina muy entrometida. Vino a pedir huevos pero se quedó media hora hablando. Joachim y yo manteníamos nuestra propia conversación; la vecina hablaba con mi madre. De pronto, ellas se callaron un momento y escucharon perfectamente que Joachim me decía:
- Sí, me aburre, me aburre mucho esa clase y al profesor no le entiendo nada, pero... me fijo en ti para distraerme.
Justo después, tu primo fue a beber a la cocina y yo lo seguí. Pero no perdí palabra de lo que la vecina le comentaba a mi madre.
-¿Quién es ese jovencito? -le preguntó.
Mi madre le explicó que lo conocíamos del instituto, y la vecina añadió:
-¿Pues te has fijado en cómo lo mira tu niña? La pobrecita parece enamorada.
-Sí, lo mira de la misma forma que tu hijo mayor a la hija del cartero.
La vecina recordó lo ocupadísima que estaba y se marchó enseguida. Esto no tiene una especial relevancia en la aventura de tu primo, pero te lo cuento porque me ha hecho gracia.
Joachim dijo varias veces que se iba a marchar, pero nevaba tantísimo que le reco-mendamos que se quedase. Y yo deseé que nevase eternamente para que no tuvie-se que marcharse nunca. Finalmente cenó con nosotros. Él a veces me sonreía y me tocaba el hombro, pues se hallaba sentado junto a mí. Nuestro amor es fuerte e ino-cente, por eso a él no le importaba que los demás lo descubriesen. Pasados los tiempos en los que él me amaba en secreto, reuniendo el valor suficiente para decír-melo, el sufrimiento sistemático había desaparecido de nuestra relación. Ahora, esta se había convertido en un colorido y alegre cuadro, apenas emborronado con man-chas que enseguida eran cubiertas por bonitas pinceladas.
Una de esas manchas era el misterio que rodeaba al padre de Joachim. Tu primo no quería hablar sobre eso, me lo dejó bien claro al terminar de cenar. No obstante, in-sistí tanto que conseguí arrancarle estas palabras:
-Mi padre me mandó ir a servir de camarero a nuestra cafetería. Le dije que tenía que estudiar, me libré de esa forma. Y te prometo que estudié, pero quise descansar un poco, pintando en un lienzo nuevo. Mi padre volvió a casa justo entonces y me vio divirtiéndome. Nos enfadamos, él me desgarró el lienzo y se marchó. No he vuelto a verlo desde entonces.
-¿Dónde crees que pasó la noche? -le pregunté.
Joachim se encogió de hombros.
-Emborrachándose por ahí -supuso.
-¡No, Joachim!
-¿Qué? Es lo que creo. Estoy siendo sincero, Jacqueline. No se puede esperar más de él.
Le dirigí una mirada de reproche.
-Yo lo quiero mucho -añadió-. Me dio comida, ropa, casa...y... es mi padre, caramba. Pero ahora... se ha hartado de mí.
-Eso no puede ser cierto -dije.
Le acaricié la mano vendada mientras las lágrimas le llenaban sus preciosos ojos verdes.
-Sé que tu padre no haría esto -comentó-. No os dejaría de lado, no se marcharía. Pero el mío... no es responsable, no se comporta como un adulto. Aunque no por eso lo voy a querer menos.
-¡Joachim, hablas como si tu padre no fuese a volver nunca! -me alarmé.
-Él querrá volver -declaró-. No es tan... excesivamente rencoroso. Pero si le pasa algo... Jacqueline, mi pequeña, hace mucho frío. Si no sobrevive...
Me aterró esa negra posibilidad. Por su parte, Joachim siguió hablando pero no pude entender sus palabras. El llanto no le dejaba hablar con claridad. Le froté las mejillas y los demás intentaron también animarlo. Así todo, su llanto tardó en detenerse. Cuando por fin parecía un poco más tranquilo me llevó al vestíbulo. Su intención era hablar conmigo a solas.
-Jacqueline, yo quiero pintar -me explicó-. Dudo que pueda vivir de eso algún día, no sé si a alguien le interesarán mis cuadros, pero yo quiero pintarlos. Siento esa nece-sidad. La pintura me ayuda a conocerme mejor a mí mismo, a sentirme bien. No sé explicarlo, pero digamos que es una parte muy importante de mi vida. Mi madre tal vez no lo comprenda, sin embargo, no se enfada. Pero mi padre... cree que es una pérdida de tiempo. No quiere que pinte, discutimos... discutíamos mucho por ese tema. Desde hace muchos años. Simplemente, él no aguantaría más y se diría: <>. Él no lo entiende. Yo lo valoro por encima de nuestras dife-rencias. Sin embargo... él se fue, y... si le pasa algo, yo soy el responsable.
Yo iba a contradecirlo. Joachim nunca había querido que su padre se marchase, por eso no era responsable de lo que le ocurriese a este por fuera. No obstante, el mu-chacho no me dejó tiempo para hablar.
-Estoy cansado, quiero echarme en algún sitio -dijo-. No voy a poder dormir, pero por lo menos, quiero estirar el cuerpo.
-Sí, claro. Tal vez... en la habitación de uno de mis hermanos...
-Me conformo con un sofá.
-No. No te vamos a tratar así.
Finalmente nos pusimos de acuerdo para que durmiese al lado de Georges.
Los pronósticos de Guillaume se cumplieron: al día siguiente no hubo clase. Salí un momento a la calle con mis hermanos y con Joachim. Les ayudé a hacer un muñeco de nieve a Auguste y a Georges, consciente de que Joachim me observaba desde el banco en el que se hallaba sentado. Luego mis hermanos mayores entraron en casa y yo me acerqué a tu primo, me quedé de pie enfrente de él. Lo miré con dulzura mientras él apoyaba sus manos, protegidas por los guantes, en las mías, que esta-ban de igual modo.
-Tu padre sabe cómo defenderse -murmuré-. No te preocupes.
No obtuve respuesta de Joachim porque él recibió el impacto de una bola de nieve en la mejilla. Miré a la derecha y descubrí que el responsable había sido Guillaume.
-¡Para de una vez! -grité.
Al instante recibí la respuesta de Guillaume: un pedazo de nieve que me golpeó en la cara y me hizo perder el equilibrio. Me caí al suelo de rodillas y alguien (Guillaume) me metió nieve por debajo de la ropa. Temblé cuando el hielo me resbaló por la es-palda. Tirada boca abajo en el suelo nevado, yo gemía de frío. Guillaume se burló un momento, hasta que Joachim le gritó:
-¡¡¿Qué haces animal?!! ¡¡¿Es que quieres matarla?!!
Y escuché el sonido del manotazo que, sin duda, Joachim le había propinado en la mejilla a mi hermano pequeño. En ese momento casi no podía levantarme, me dolía mucho la rodilla (menos mal que el dolor pronto desapareció). Entonces tu primo me cogió en brazos y me dedicó unas dulces palabras, muy distintas a las que él mismo le acababa de destinar a Guillaume. Me agarré a la ropa de tu primo y desde sus brazos vi a mi hermano pequeño haciendo pucheros y murmurando: <>. Creo que Joachim mide sobre un metro ochenta y cinco (te lo digo por si hace tiempo que no lo ves). Impresiona cuando se enfada, no me extraña que mi hermano reaccionase así.
Sin embargo, Joachim es muy dulce cuando se lo propone. Muestra de ello es el cuidado con el que me llevó al salón y me acostó sobre la butaca más cercana a la chimenea. Encendió el fuego y me frotó la espalda. A continuación me tapó con su abrigo y le explicó a mi madre lo que había pasado. Al enterarse, ella me estuvo atendiendo todo el día para evitar, según sus palabras, que yo "cogiese una gripe o algo peor". Joachim salió antes de comer para ver si su padre había vuelto.
-Pobre jovencito -comentó mi madre cuando él no estaba-. Tiene... ¿cuántos, dieci-séis años? ¿Cómo se va a arreglar si a su padre le pasa algo?
-Es un muchachote y su madre volverá pronto. Así todo, espero que el señor Clerc esté bien -contesté.
Pero no había garantías de que el señor Clerc se encontrase como yo deseaba. Joachim volvió al cabo de un rato, anunciando que no había rastro de su padre. Tu primo insistió en irse a comer por ahí, él solo. Dijo que venía a informarnos de lo ocu-rrido (que en realidad y por desgracia, no había sido nada), pero que no se iba a quedar molestándonos durante más tiempo. Sin embargo, la comida ya estaba pre-parada, incluida una ración para él, y por eso aceptó quedarse.
Mi padre volvió con un periódico y Joachim corrió a leer las noticias. Le parecería que su padre podía ser el protagonista de alguna, de ahí su interés. Pero tu primo se presentó a comer con cara de desilusión. Se sentó a mi derecha y yo le di una pal-madita en la espalda para animarlo. Mis padres le hablaban mientras comíamos, le hacían preguntas con la intención de que se sintiese integrado. Él respondía con total normalidad y sin dar muestras de su preocupación. Pero en el fondo, estaba intran-quilo. No dejaba de pensar en su padre, y lo sé porque el terminar de comer me sen-té a su lado en el salón y él me preguntó:
-¿Crees que está muerto?
Me impresionó oírlo. Yo a veces también me lo preguntaba, pero escuchar esas palabras de boca de otra persona, del propio Joachim, me ponía los pelos de punta.
-No -respondí-. Joachim... no sé por qué, pero tengo la intuición de que está vivo.
Tu primo asintió e inmediatamente hizo una mueca de dolor.
-¿Qué pasa? -le pregunté.
-Nada, nada.
Se fue del salón, pero así todo, unas horas más tarde yo descubrí lo que ocurría. Tu primo y mi padre estaban hablando en la habitación de Georges. Los escuché desde las escaleras, a pesar de que su tono de voz no era elevado.
-...sí, me duele -decía Joachim -.Cuando Guillaume le echó el hielo por la espalda a Jacqueline, ella se quedó temblando en la nieve, no podía moverse. Yo tenía miedo de que cogiese una pulmonía y la traje a un lugar abrigado. En brazos. Y la mano... no sé, puede haber sido una mala postura. La niña está delgada, pero claro, algo pesa. Yo ya tenía la mano torcida, y ahora me da pinchazos.
-Gracias por preocuparte de Jacqueline -respondió mi padre-. Mira, te voy a poner otro vendaje. Pero si ves que no mejoras, ven conmigo al hospital. Aquí no tengo muchos materiales para hacerte curas.
Mi madre iba a darnos las notas del primer trimestre en el salón, en aquel momento. Lo oficial sería esperar dos o tres días, como los demás compañeros, pero Guillaume y yo insistimos tanto que mi madre cedió (lástima que se mantuviese firme en otras ocasiones, cuando le pedíamos pistas acerca de lo que preguntaría en los exáme-nes, por ejemplo). Yo iba a avisar a Joachim y fue entonces cuando lo escuché hablando con mi padre. La puerta de la habitación de Georges se hallaba entreabier-ta, pero yo llamé prudentemente antes de entrar. Esperé a que mi padre terminase de vendarle la mano a Joachim y luego bajamos al salón.
Guillaume, Joachim, mi madre y yo nos sentamos al lado de la chimenea. Yo me enteré de que había aprobado todo, con varios notables y sobresalientes. Joachim sacó sobresaliente en Alemán y en Arte, pero suspendió Latín. Y a Guillaume le que-daron tres asignaturas, incluida la de mi madre. Él se creía que iba a aprobar por ser hijo de la profesora y no estudió. Ya lo habíamos advertido de los riesgos que conlle-vaba hacer eso.
La nevada adelantó las vacaciones de Navidad; desde la semana del domingo día 18 no hemos vuelto a clase. Mi madre les mandó las notas por correo a los demás alumnos, acompañadas de unas postales navideñas que compró Joachim en un es-tanco con ese propósito. Yo siempre recordaré esa anécdota con agrado.
Joachim se quedó a vivir con nosotros durante unos días. A mis padres les parecía muy duro que pasase completamente solo las Navidades y lo invitaron a quedarse. Pasó la Nochebuena con nosotros, por supuesto. Pero esa Nochebuena fue casi un desastre. En primer lugar, el padre de Joachim se hallaba en paradero desconocido; y en segundo, él, tu primo, seguía con dolor en la mano derecha. Durante la cena mencionamos a su padre y él comentó:
-No sé dónde estará, pero ahora vamos a divertirnos como podamos. Por mucho que lamentemos su ausencia, no va a aparecer.
Recordé esas palabras cuando me acosté, con una sensación agridulce. Pasadas varias horas escuché pasos y susurros. Me levanté y le pregunté a mi madre qué ocurría.
-Joachim no podía dormir -me dijo-. Por la mano. Se acaba de ir al hospital...
-¿Con papá?
-Sí.
Volví a acostarme y creo que apenas dormí tres horas. Cuando intentaba relajarme, me venía a la mente la imagen de Joachim aguantando un tratamiento extremada-mente doloroso. Era terrible, lo pasé fatal. Pero la situación en la que se encontraba Joachim acarreó un acontecimiento muy positivo, enseguida comprenderás por qué lo pienso.
Me despertaron unas voces sobre las ocho menos cuarto de la madrugada. Como era el día de Navidad me levanté, por pronto que fuese, para abrir los regalos. Y la mejor de las sorpresas fue ver a Joachim y a su padre en el salón. El primero sonre-ía, con un lienzo en las manos. Y el segundo llevaba un brazo en cabestrillo. Su as-pecto no era muy bueno, ¡pero vivía! Joachim me vio entrar y exclamó:
-¡¡Mira, lo hemos encontrado!! El sábado, después de discutir y romperme el lienzo, mi padre salió y resbaló en la nieve, entonces...
-Pero Joachim explícale a tu... amiga que salí para comprarte otro lienzo -intervino el señor Clerc.
-¡Ah, sí! -exclamó Joachim, con alegría-. Mi padre se calmó después de que discutié-semos, y se acordó de los muchos jóvenes que dedican su tiempo a emborracharse. Entonces se dio cuenta de que... bueno, pintar es mejor que emborracharse. Y, sí, salió para comprarme otro lienzo. Pero como ya te he explicado, resbaló. Estuvo en el hospital hasta ahora mismo, hasta que lo vi. Iban a darlo de alta ahora, y... vaya, ya hemos salido juntos del hospital. Por cierto, él me envió unas notas a casa, o al menos le pidió a un enfermero que lo hiciese. Pero esas notas no han llegado, cuan-do pasé por casa, no las vi.
-El enfermero era inglés, sospecho que pudo copiar mal la dirección -intervino el se-ñor Clerc-. Pero no importa.
Joachim me entregó tres paquetes, sonriendo. Uno contenía un cuadro que me re-presentaba a mí. Estaba muy bien hecho. El dibujo no era solamente una chica rubia de ojos azules, sino que además tenía mis rasgos. El segundo paquete guardaba una pulsera de oro.
-¡Vaya, Joachim, pero esto es muy caro... para ti!
-Tengo mis recursos -respondió de forma enigmática.
Y el dentro del tercer paquete se encontraba una caja de dulces. Guillaume también debió de despertarse entonces. Me vio con ese último regalo y exclamó:
-¡Hermanita, si comes todo lo que te da Clerc, te va a explotar el estómago! ¡Compar-te los dulces conmigo!
Joachim siempre será Joachim; y Guillaume, Guillaume. Y es bonito que ciertas co-sas no cambien. Hasta aquí llega la tarea que me encomendó tu primo, ya te he con-tado lo que pasó. Y al recordarlo me estoy dando cuenta de que estas Navidades no están siendo tan malas. Al menos, puedo calificarlas de inolvidables.
Feliz Año Nuevo, y un abrazo de
Jacqueline Lebon.