martes, 2 de septiembre de 2008

CUENTO Nº2 UN DURÍSIMO CAMINO A VENECIA

UN DURÍSIMO CAMINO A VENECIA
Venecia, febrero de 1904
Estimado director de la revista:
Por fin estamos en Venecia. Deberíamos haber llegado antes, pero, cómo no, Guillaume-Thomas Lebon, el hermano de mi amiga Jacqueline, fastidió nuestros planes. Guillaume no se parece en nada a su hermana, ella es responsable y procura que las cosas salgan bien; en cambio, él parece disfrutar cada vez que se mete en un lío, cuanto más grande, más le gusta. Y lo peor es que nos arrastra a los demás, que nos vemos perjudicados por su culpa. No le bastó a Guillaume empujar a su hermana al río hace unos meses. Ya sé que lo hizo sin querer, pero podría tener más cuidado desde entonces. Y no lo tiene. Pero no me meteré con él, que en el fondo es bueno. Lo que haré será narrar los sucesos que usted me pide para publicar en su revista. Jacqueline los redactaría mejor que yo, sin embargo, ya sufrió bastante y le voy a dejar descansar.
Hasta Suiza llegamos sin problemas. El mocoso no tuvo oportunidad de hacer grandes travesuras, aunque anduvo molestando a su hermana, que ya es bastante. Pero quien tuvo que aguantar a Willy-Tommy (así es como le llama a veces su hermana a Guillaume-Thomas) mientras dormíamos, fuimos su hermano Georges y yo. Yo me apunté a última hora para ir a la excursión. Y todos los alumnos estaban emparejados para dormir. Excepto Jacqueline, que como es la única chica, duerme ella sola (qué suerte). Entonces, a mí me dejaron que me quedase con los hermanos Georges y Guillaume-Thomas Lebon en una habitación grande. Georges es muy amable; y Guillaume es simpático, pero a veces es un pesado y no hay quién lo aguante.
Nada más llegar a las montañas suizas, el profe de Latín se puso a explicar su lección (aunque estamos de excursión, seguimos recibiendo clases). Se le notaba la emoción, dijo que las declinaciones y los verbos se aprendían con mucha facilidad respirando aquel aire puro. Y añadió que cuando llegásemos a Italia, sentiríamos unas "ganas especiales" de aprender Latín. Yo, desde luego, no las he notado.
Las cosas sucedían con normalidad. Todos estábamos contentos, alumnos y profesores. Algunos de estos últimos andaban algo apurados porque además de las clases normales, tenían que explicarles la lección a Guillaume (que va dos cursos más atrás que nosotros, él tiene doce años) y a Georges (él va dos cursos más avanzado que nosotros; tiene 17 años recién cumplidos). Guillaume y Georges vienen a esta excursión porque en nuestra clase de 23 personas, hubo dos que no quisieron venir. Y como Jacqueline es la delegada, los profes le dijeron a ella: "Si encuentras a dos personas que quieran venir..." y ella ha traído dos de sus hermanos, que son también de nuestro instituto. Si no, ellos no habrían venido, la excursión, en principio era sólo para los de nuestra clase.
Aún seguíamos en un pueblecito suizo cuando comenzaron las dificultades. El profesor Blanc, el de Literatura, propuso que después de las clases fuésemos a caballo hasta la estación de tren (a él le encanta montar a caballo, y nuestro viaje continuaría en tren). así que montamos a caballo llevando nuestras pertenencias con nosotros. Yo iba detrás de Jacqueline. Es asombroso lo bien que montaba esa niña de ciudad, para no estar acostumbrada y tener que ir con las dos piernas para un lado, como las mujeres. Yendo así, yo no aguantaría ni cinco segundos sin caerme. Y ya sé que siendo yo también niño de ciudad, no debería llamarle así a ella.
Pero bueno, el caso es que llegamos a una zona en la que los profesores nos dijeron que bajásemos del caballo para observar las plantas. Y era de esperar que mientras los profesores estaban entretenidos, Guillaume tramase algo, pero eso lo explicaré después.
Muy pronto los profesores nos pidieron que reanudásemos la marcha. Yo vi a Jacqueline haciendo esfuerzos para subirse al caballo y le eché una mano.
-Cosa rara que Georges no esté aquí para ayudarte -dije.
Sin embargo, pronto lo vi a él, a muchos metros de distancia, sobre su caballo.
-¿Ves? Está ahí -le dije a Jacqueline-. Su caballo ya está corriendo, debe de haber que ir en esa dirección, vamos detrás de él.
Ella, desafortunadamente, me hizo caso. Seguimos corriendo varios minutos, creo que al menos quince. Jacqueline no se atrevía a mirar hacia atrás por miedo a caerse, me lo dijo mientras yo le hablaba. A mí me pasaba exactamente lo mismo, por eso no me di cuenta de que Guillaume, Georges, Jacqueline y yo éramos los únicos que avanzábamos en esa dirección.
Al fin, Guillaume se detuvo y se bajó del caballo. Georges, Jacqueline y yo lo imitamos. Miré hacia atrás y no vi a nadie.
-¡Vaya, qué rápidos somos! -exclamé.
Entonces Georges miró hacia atrás.
-¡Jacqueline, Joachim! ¿Qué hacéis aquí? -nos preguntó.
Noté la preocupación en su voz.
-Había que venir aquí, ¿o no? -dijo Jacqueline.
-¡No, mi niña, no! -se desesperó Georges-. Aquí he venido yo porque este... estúpido de Guillaume se ha escapado y creí que yo podría darle alcance. Ya has escuchado a la profesora Lambert: "No quiero ninguna interrupción mientras explico", dijo. Y claro, para no molestarla, y creyendo que Guillaume daría cuatro pasos con su caballo y luego, media vuelta, decidí ir yo detrás de él. Si supiera que.. iba a hacer esto, claro que habría interrumpido a la profesora. Y ahora, vamos con los otros, rápido.
Guillaume llevaba algo envuelto en su abrigo, algo que acababa de coger del suelo.
-Es un bicho raro -dijo.
-¿Y qué? ¿Tienes miedo de que te coma? -le preguntó Jacqueline, bruscamente.
Guillaume sonrió.
-No, pero a lo mejor tú sí -respondió, y se lo mostró.
Yo estaba lejos y no lo vi muy bien, pero Jacqueline sí. Gritó y se apartó.
Luego Guillaume armó un alboroto porque no quería irse sin que alguien le dejase un frasco para guardar el bicho. Finalmente, Georges le ordenó que se deshiciese del animal, y que se subiese al caballo. Tuvo que llevarlo a rastras, y el pequeño Guillaume lloró en protesta, como un niño mimado.
Por fin llegamos a la zona en la que habíamos visto por última vez a nuestros compañeros. Tardamos, porque era cuesta arriba. Pero desde allí, no sabíamos por dónde tirar, desconocíamos el camino por el que habían seguido ellos. Hasta que Guillaume aseguró que los había visto ir a la izquierda. Le hicimos caso, y pasada media hora, él confesó entre risas:
-Me lo inventé todo. Yo no sé si los demás han seguido todo recto o por este camino de la izquierda. ¡Qué tontos sois! ¡Me creísteis! ¡Os engañé!
Como por este camino no encontrábamos a los demás, Georges nos preguntó si preferíamos seguir por allí, o volver al sitio al que habíamos visto a nuestros compañeros por última vez, y seguir luego a la derecha. Los demás lo dijimos un poco al azar, pero cuando Georges le preguntó la opinión a su hermana, ella razonó, contestando humildemente:
-Me da igual, pero creo que por este camino ya hemos ido bastante tiempo y no hemos visto a nadie. Y no creo que los profesores quisiesen que fuésemos tantísimo tiempo a caballo, me parece que... habrá que dar vuelta e ir por el otro. Pero no me hagáis caso.
-Es un buen razonamiento, ¿verdad? -dijo Georges.
Yo asentí, pero Guillaume, contestó:
-Hay que ver cómo influye el lugar de nacimiento de una persona. Todos pensáis que ella es muy lista sólo porque nació en un instituto...
-¿Qué dices? -le pregunté, extrañado.
-Sí, nací en un instituto. Se iba a jubilar un profesor y mi madre iba a ver si le daban trabajo para el curso siguiente... -empezó a decir Jacqueline.
-¡Y qué asco! -la interrumpió Guillaume-. ¡Además, naciste en la sala de profesores, el peor lugar!
-¡Lo que pasa es que tienes envidia porque a ti no te hacemos caso! -gritó Jacqueline-. ¡No sabes qué decir para dar a entender que a mí los otros me tienen en cuenta por casualidad! ¡Pero la realidad no es así! ¡Si no hicieses tonterías, a ti te tratarían igual que a mí! Pero no quieres admitirlo, por eso vienes con esas cosas.
Georges intentó calmarlos a los dos, y encabezó la vuelta al lugar inicial, al sitio en el que habíamos visto por última vez a nuestros compañeros. A mí me vino a la cabeza la fatal idea de que tal vez los demás no sabían que faltábamos. Yo era el que tenía que decir si faltaba Jacqueline; y Georges, el responsable de Guillaume. Entonces, si los profesores preguntaban a quién le faltaba su pareja, nadie diría nada.
Me olvidé de esa idea al llegar al lugar en el que los habíamos visto por última vez. Luego seguimos todo recto durante bastante tiempo, hasta que Guillaume gritó:
-¡Parad, parad, no puedo más!
-Aguanta un poco, debemos de estar llegando -intenté animarlo.
-¡No! ¡Quiero bajar!
Nos detuvimos todos. Jacqueline parecía más cansada que su hermano pequeño. Ella casi se cae del caballo al bajar, cuando el animal ya se había detenido. Suerte que Georges la cogió en brazos antes de que la niña tocase el suelo.
-¿Estás bien? ¿Te mareas? -le preguntó Georges a su hermana.
-No me mareo. Pero estoy cansada y tengo mucha sed.
Paramos un momento para descansar. Nos sentamos todos en el suelo. El paisaje, en otras circunstancias, nos habría parecido bonito, pero tal como estábamos, apenas nos fijábamos en las montañas que se elevaban a nuestros pies, cubiertas de nieve por algunas zonas; ni en los árboles, ni en la hierba.
Georges, sentado detrás de su hermana, la tenía abrazada a ella, y le acariciaba las mejillas, que se le habían puesto rojas por el frío. Jacqueline me miró un momento y yo le sonreí para animarla. Yo nunca la había visto tan seria, eso de haberse perdido le estaba afectando mucho, aunque no se quejase.
Varios minutos más tarde, Georges propuso continuar, pero Jacqueline le dijo:
-Éste no debe de ser el camino correcto. Los profesores pretendían que llegásemos a la estación a caballo, y llevamos no sé cuánto tiempo, y no encontramos la estación. Y no creo que ellos tuviesen la intención de cabalgar un montón de horas. La estación tendría que estar a ... media hora del lugar en el que vimos a los compañeros por última vez.
-Jacqueline, cariño mío, dijiste lo mismo cuando íbamos por el otro camino -habló su hermano mayor-. Y uno de los dos tiene que ser el correcto. Mira, el camino de la derecha no es, porque ése es por el que se había escapado Guillaume. Así que quedan éste y el de la izquierda. Intenta aguantar un poco.
El correcto era ése, por el que íbamos, el que tiraba recto. Me lo dijo ayer un compañero, cuando llegamos a Venecia. Pero en aquel momento no fuimos por el camino que nos llevaría a la estación.
-¡No puedo más! -gritó Jacqueline-. ¡Me muero de sed y me duelen las piernas de llevar horas sobre el caballo!
-Pues dime qué quieres hacer -respondió Georges-. Y lo haremos.
-Quiero... bajarme del caballo y buscar un río. Si esto nos hace retrasarnos, lo siento, pero me muero de sed.
Yo tampoco estaba muy de acuerdo en seguir por el camino recto. El cielo oscurecía, dentro de unas horas sería de noche, y todo indicaba que iba a nevar.
-Bien, pero además de un río, tendremos que buscar un lugar donde refugiarnos- apunté-. Seguro que no tarda en caer una nevada.
Guillaume llevaba tiempo sin llamar la atención. Por eso dijo:
-Hombres, si nos perdemos, será por culpa de Jacqueline.
-¡Cállate! ¡No vuelvas a hablar a no ser que se trate de una urgencia! -gritó Georges.
Y comenzamos a subir por una montaña, a pie, con los caballos agarrados por las bridas. Un viento helado nos enfriaba la cara y las manos, y además de nuestros cabellos, levantaba las quejas de Guillaume. Miré un momento hacia abajo y vi un río. Así de sencillo. Estaba a unos cuantos metros debajo de nosotros. Por casualidad no lo habíamos visto al ir a caballo por el camino que seguía recto, porque estaba bastante cerca, aunque, claro, por aquel lado lo tapaban unos árboles.
-¡Mirad un río! -grité, señalándolo.
-Perfecto, tenemos que bajar e ir a la derecha -dijo Georges.
Guillaume se atravesó en el camino, impidiéndonos el paso.
-Venga, Guillaume,¿qué ocurre? -le pregunté.
-Ahora no quiero bajar. Ahora que empezamos a subir, subimos y se acabó.
-Perdona, pero aquí mando yo -le dijo Georges a su hermano-. Soy mayor y me debes obediencia.
Guillaume iba a contestarle, sin embargo, se le anticipó Jacqueline, diciendo:
-Chicos, mirad, allí hay una casa.
Tardé en verla. Pero luego, a un montón de metros del río, y paralela a él, la vi. No había ninguna más. Si vivía alguien, estaría totalmente solo.
-Es útil saberlo -dijo Georges-. Porque es cuestión de horas que empiece a nevar. Venga, hay que bajar al río y luego ir allí.
Guillaume protestó, sin embargo, obedeció a su hermano a regañadientes. Descendimos la pendiente y tiramos a la derecha. El río parecía encontrarse muy cerca visto desde arriba, pero llevábamos andando casi media hora y no lo veíamos. Jacqueline repartió velas entre todos nosotros, porque oscurecía cada vez más. Pero el viento las apagó enseguida. En ese preciso instante, Guillaume dijo:
-Estaréis contentos, ya está ahí el río ese.
Era verdad. Se veía a lo lejos. Animados, incrementamos la velocidad, aun con el viento en nuestra contra. Al llegar, bebimos todos, incluso los caballos. El agua estaba fría, pero muy buena. El susto lo dieron Jacqueline y Guillaume. El muchachito se arrodilló detrás de su hermana, que estaba en cuclillas, bebiendo. Él empezó a hacerle cosquillas, y ella casi se cae al río. Si se hubiese caído, no habría sido la primera vez que le sucedía eso por culpa de su hermano pequeño (ella ha probado las aguas del Sena).
Para ir a la casa, había que cruzar el río, pero no había ningún puente. Así todo, yo me animé a cruzarlo, y al ver que el agua me llegaba por debajo de las rodillas, mis amigos me siguieron. Eso, si, Georges, el primero que quiso cruzar desde que lo hice yo, llevó a su caballo, y el animal retrocedió al notar el agua helada.
-No anda, ¿y ahora qué hacemos? -preguntó Georges.
-Cogemos el equipaje del lomo, y dejamos los caballos a ese lado -sugirió Guillaume-. Que no crucen.
-¡No! -protestó Jacqueline-. Sería muy cruel dejarlos aquí sabiendo que nevará, casi seguro, antes de media hora.
La muchacha se acercó a un caballo, lo acarició y le habló con dulzura. Consiguió que el caballo cruzase. Los demás seguimos su procedimiento, con los otros animales, y aunque tardamos más que ella, también nos surtió efecto. Después de cruzar el río les dejamos pastar por si más adelante no había ocasión. Yo estaba a punto de decir que sería hora de continuar, cuando noté un frío copo de nieve sobre mi cabeza.
-¡Vamos vamos, daos prisa, hay que llegar a la casa que vimos desde lo alto! -apremió Georges.
Avanzamos a pie, con los caballos agarrados por la brida. Sin embargo, era difícil darse prisa, atacados por la nieve que nos golpeaba el cuerpo, y el viento que la empujaba contra nosotros y frenaba nuestro ritmo.
Miré un momento a mi izquierda y vi a Jacqueline, que a la vez que intentaba guiar a su caballo, se cogía el vestido con la otra mano para que el viento no se lo levantase. Todos seguíamos a Georges, yo no sé cómo se las arreglaba él para orientarse, la nieve y el viento dificultaban mucho la visión. Guillaume se abrazó a su hermano mayor y continuó avanzando con la cara apoyada en su brazo.
-¿Y si viene un monstruo? -dijo el menor de los hermanos Lebon.
-Pero a ver, ¿tú eres un hombre? -le preguntó Georges.
-Sí, por supuesto.
-Pues un hombre no dice esas tonterías. Mantente sereno.
Jacqueline estaba roja de frío y tenía su cabello rubio mojado por la nieve. Seguía sin soltar su vestido y parecía exhausta, pero no profirió ni una queja, al contrario que Guillaume. Él no dejaba de decir que tenía frío y que quería refugiarse. Ambos, él y su hermana, se cayeron varias veces al subir una cuesta, empujados por las diversas ráfagas de viento que se sucedían.
Por fin llegamos a la casita de piedra. Guillaume se animó de repente, y Jacqueline sonrió, entre jadeos. Georges llamó a la puerta y Guillaume husmeó alrededor de la casa.
-¿Qué es eso? -preguntó al ver una gran puerta de madera.
-La entrada de la cuadra, supongo -contesté.
Georges golpeó la puerta una y otra vez sin obtener respuesta. A mí me dolían las manos de frío, y por si fuera poco, tenía los pies mojados de haber cruzado el río a pie.
-Por favor, ¿pueden abrirnos? -dijo Georges-.¡ Estamos muy apurados! ¡Nos ha pillado la nevada, no tenemos dónde resguargarnos!
Reinó el silencio, sólo roto por los silbidos del viento, y más adelante, por Guillaume, que gritó:
-¡Nos acompaña una francesita muy guapa! ¡Está soltera, es jovencísima y guapísima! ¿No les interesa? ¡La regalamos, tómenla como esposa o como criada! ¡Pero por favor, ábrannos!
-¡Cállate ahora mismo! -gritó Jacqueline-. ¿Y si se toman en serio tu oferta?
-Te aguantas. Y ponte delante, cuando abran la puerta, tienen que verte a ti antes que a nadie -respondió Guillaume.
Agarró a su hermana y la empujó para que quedase justo enfrente de la puerta. Georges, lleno de rabia, le tiró de las orejas a su hermano pequeño. Yo también sentí un enorme enfado por dentro, porque yo quiero a Jacqueline como si fuese mi hermana, y Guillaume, que era verdaderamente su hermano, la trataba a ella así de mal.
-¡¡¡Guillaume, eres un estúpido, es todo culpa tuya!!! -grité-. ¡Si no te hubieses escapado con el caballo, no tendríamos que perseguirte, y ahora no estaríamos aquí, perdidos y muertos de frío! ¡Pero que le hagas esto a tu hermana... yo no lo aguanto!
Nos quedamos todos en silencio unos segundos, esperando que alguien abriese la puerta, pero eso no sucedió.
-¡También nos acompaña un franco-alemán, un chico altísimo, fuerte... y está soltero!- gritó Guillaume-. Tiene lo mejor de Francia y de Alemania. Venga, a él también lo regalamos. Anímense, señoritas, y ábrannos la puerta. A él pueden tomarlo como esposo o como criado.
-La próxima vez... -empecé a decir, consciente de que se refería a mí, por mis raíces alemanas.
-Tenía que decir esto -se disculpó Guillaume-. Es que a lo mejor son chicas, y por eso no han abierto al oír lo que he dicho sobre Jacqueline.
-¡La próxima vez ofrécete a ti mismo! -respondí.
-No es tonto de todo, para decir que es un niñito al que se le caen los mocos, y que mete a todo el mundo en problemas... -intervino Jacqueline-. Si dice eso, él ya sabe que no nos abrirán.
Guillaume le escupió a su hermana en la cara y ella gritó. Georges le dio una bofetada muy fuerte a Guillaume.
-Déjalo, ya sabemos todos que tu hermano pequeño es un tontaina -le dije a Georges.
A mí me pareció que no había nadie en la casa. Con la nevada que caía, si hubiese alguien, supongo que abriría la puerta al saber que había gente a la intemperie. Por eso le pregunté a Jacqueline si tenía una horquilla, para intentar abrir la cerradura de la puerta. Ella me la dejó, pero yo no conseguí mi objetivo y se la devolví, desanimado. Seguía nevando, pero ahora soplaba menos viento. Yo me acerqué a la puerta de la cuadra y le di una patada. La puerta se vino abajo.
-Bueno, algo es algo, esto nos servirá de refugio -dije.
Pasé y los demás me siguieron. No había demasiada claridad, pero sí la suficiente para ver que allí no se encontraba ningún animal, sólo paja esparcida por el suelo. Saqué del bolsillo la vela que me había dado Jacqueline minutos antes de llegar al río y la encendí. Mis amigos también encendieron las suyas.
La estancia era pequeña, pero nosotros y los caballos cabíamos de sobra. Al fondo había una puerta de madera y Guillaume fue corriendo a abrirla. Daba acceso a un angosto pasillo.
-¡Vamos! -nos animó el muchachito-. ¡Venid a ver qué hay!
-Venga. Pero dejamos aquí los caballos. Con el equipaje -propuse-. Jacqueline, ¿quieres ir delante?
Ella negó con la cabeza. Yo fui delante. La niña iba justo detrás de mí, y el miedo la obligaba a apretarme el brazo con fuerza. Subimos unas cuantas escaleras, al fondo de las cuales se hallaba una puerta.
-¿Qué, la abro? -pregunté.
Miré hacia atrás y me encontré con el rostro de Jacqueline, que reflejaba su miedo.
-Ábrela, no va a pasar nada -dijo Georges.
Le hice caso y me encontré con una sala relativamente grande, con tres sofás, una mesa, una cocina y una chimenea. Pasé, y los otros también.
-¡Vaya, la cuadra está comunicada con la casa! -exclamó Georges.
Había otro pasillo, éste en el otro lado del salón. Fuimos por él y vimos dos puertas. En el cuarto de la derecha había una especie de bañera. Y en el de la izquierda, una cama estrecha, un crucifijo sobre ella, una mesilla de noche, y enfrente, una chimenea.
-Estupendo, todas estas salas para nosotros -comentó Georges-. Me parece que tendremos que pasar aquí la noche. Así que Jacqueline puede dormir en esta cama.
-¡No! -protestó Guillaume-.¡Aquí dormiré yo!
-Nosotros, los chicos, dormirermos en el salón -dijo Georges-. Hay tres sofás, uno para cada uno.
-¡No! Yo aquí, y se acabó.
-Pero a ver, Guillaume, si no es aquí, ¿dónde va a dormir Jacqueline?
-Que se arregle. En la cuadra, por ejemplo. Supongo que no le importará cambiarse de ropa delante de los caballos, ni dormir en su compañía, siendo ella sola la única persona.
-¡Qué poco considerado! ¡Decirle a nuestra hermana que duerma en la cuadra! ¿No te da vergüenza? -le dijo Georges a su hermano pequeño-. Bueno, es mejor dejarlo. Ahora voy a buscar agua al pozo. Y tú, Guillaume, vete a la cuadra y sube las maletas.
Yo no me había fijado en que hubiese un pozo al lado de la casa. Pero sí que lo había. Todos bajamos las escaleras. Guillaume y Jacqueline se quedaron en la cuadra, y yo fui con Georges al lado del pozo. Una vez que Georges hubo llenado un caldero, yo lo cogí y entré con él en la cuadra, dispuesto a llevarlo escaleras arriba, hasta el salón.
En la cuadra, Jacqueline estaba bajando las maletas del lomo de los caballos, y depositándolas sobre el suelo. Ella cogió la suya, y entonces Guillaume le dijo:
-Es mejor que cojas la mía también. Cuantas más lleves de golpe, menos paseos tendrás que dar.
-Ayúdame tú -le dijo Jacqueline-. Venga, por favor, Guillaume.
El jovencito siguió sentado en la paja.
-Estoy pensando que no me resulta muy apetecible -respondió-. Llévalas tú todas. Mientras estemos aquí, harás de criada. Pero no te pagaremos, claro.
Yo dejé el caldero sobre el suelo, le cogí la maleta a Jacqueline y la deposité también sobre la paja. Cogí a la vez la maleta de Guillaume y la de Georges, y las dejé delante de Guillaume.
-Ahora esto lo llevas tú. Una de cada vez, o las dos juntas, como prefieras. A ver si aprendes a ser amable con tu hermana.
Yo cogí mi maleta y la de Jacqueline.
-¿Llevo yo el caldero? -me preguntó la muchacha.
-No déjalo, está lleno de agua y pesa bastante, lo subiré yo después. Por cierto, Georges quiere que una vez arriba, mires si hay cacharros para calentar el agua, para bañarnos. Pero si estás muy cansada, ya la calentaremos nosotros, no te preocupes.
Me encaminé al pasillo y miré un momento atrás. Guillaume estaba quieto, con su maleta en la mano.
-Vamos -le dijo Jacqueline, dulcemente, agarrándolo de la muñeca.
-¡Suéltame, cerda! -gritó Guillaume.
-¡¿Qué castigo le ponemos?! -le pregunté a Jacqueline, llenándome de rabia.
-No lo sé.
Parecía yo más enfadado que ella misma.
-Pues algo tendrá que ser, porque de esto no se va a quedar impune -declaré.
-Ya estoy acostumbrada -dijo Jacqueline.
-Es una lástima -respondí.
Subí el caldero de agua, y varios más, al igual que Georges. Jacqueline y Guillaume encendieron la chimenea y una lámpara en la sala grande (bueno, ¿para qué engañarnos? Seguro que fue Jacqueline); y la muchacha empezó a calentar el agua en cacharros. Vi a ambos con ropa seca. Yo también cogí mi maleta y me cambié en el cuarto de la bañera.
El último en llegar fue Georges. Se cambió de ropa en el cuarto de la bañera, y al terminar, le dijo a Jacqueline:
-Vete a bañarte, si quieres.
Al terminar ella, fui yo; en tercer lugar, Georges; y en último, Guillaume, castigado por su mal comportamiento.
Jacqueline se quedó dentada en un sofá, Georges a su lado; y en el sofá de enfrente estuvimos Guillaume y yo.
-Jackie, no habrás usado el jabón que había al lado de la bañera, ¿verdad? -le preguntó el menor de los Lebon a su hermana.
-No, Willy-Tommy -dijo ella-. Yo uso el que llevo en la maleta.
-Ah, es que como lo hubieses tocado tú, el jabón ese ya me habría dado asco. ¡Y no me llames Willy-Tommy!
-¡Ni tú a mí Jackie!
-Quiero que comamos tranquilos -intervino Georges-. Vamos a cenar.
Sacamos alimentos de las maletas, y luego dejamos el equipaje presionando la puerta, por si venía alguien, para que no pudiese pasar. Jacqueline y Guillaume estaban asustados, y Georges y yo creímos que estaría bien cerrar así la puerta, por precaución. Además, yo había tirado abajo la puerta de la cuadra, así que luego la encajé como pude para que diese apariencia de estar cerrada.
Yo comía queso, y Guillaume engullía con ansias una galletas. Además, él había comido paté, queso y chocolate. Me pregunté cómo podía no estar gordo, y ser pequeñito, comiendo así.
Georges comía moderadamente paté untado en un trozo de pan. Y Jacqueline pretendía hacer eso mismo, pero llevaba más de un cuarto de hora con esa comida en la mano, dándole un mordisco cada varios minutos. Y parecía que tenía náuseas.
Guillaume hablaba de barcos, coches y trenes, ilusionado, y Georges y yo le seguíamos la corriente. Jacqueline no decía una palabra. Ella se levantó, con una mano sobre el vientre, y cogió su maleta (cuando Georges le preguntó adónde iba, ella respondió: "Vuelvo ahora"). Entró en el dormitorio y yo le escuché echar el cerrojo. Tardó poco en volver con nosotros, y prosiguió con sus intentos de comer el trozo de pan untado en paté que había dejado sobre la mesa.
-¿Te encuentras bien? -le preguntamos Georges y yo.
-Sí -contestó secamente.
-¿De verdad? -insistió Georges.
-No es nada -declaró la chica.
Ahora que ya no estaba roja de frío me dio la impresión de que se encontraba un poco pálida. Estaba seria. Cuando por fin terminó de comer el trozo de pan, yo me acerqué a mi maleta y saqué una baraja.
-¿Jugamos? -pregunté-. Somos cuatro, podemos jugar de dos en dos.
-Sí, jugamos -dijo Guillaume-. Pero yo no quiero que mi pareja sea Jacqueline.
Vi perfectamente cómo a mi amiga le empezaban a temblar los labios, como si estuviese a punto de echarse a llorar.
-Pues yo no quiero que mi pareja seas tú -le dijo Georges a Guillaume-. Estoy harto de tus tonterías.
-Entonces... yo jugaré en el equipo de Guillaume; y Jacqueline y tú, juntos -le sugerí a Georges, a pesar de que yo preferiría jugar de otra manera, no con Guillaume.
-Sí -aceptó Georges-. Pero bueno, hay que sentarse al lado de uno del equipo contrario.
Al ver que Guillaume se levantaba, Jacqueline se puso en pie también, para no quedar a su lado. Y ella se sentó a mi izquierda, situándose ella enfrente de Guillaume, y en diagonal con Georges.
Mientras jugábamos, a mí se me fueron los ojos a las cartas de Jacqueline. Yo no quería hacer trampas, pero es que ella no hacía ningún esfuerzo por ocultarme sus naipes, que por cierto, eran bastante buenos. En cambio, ella sí que se esforzaba por contener el llanto. Imaginé lo que le pasaba: no quería llorar delante de todos nosotros, sin embargo, las lágrimas luchaban por salir de sus bellos ojos azules. Sé lo que es eso, a mí me ha ocurrido varias veces, y me dio pena que Jacqueline se sintiese así durante aquellos minutos largos.
Llegado un momento, la chica no pudo aguantar más y sollozó mientras las lágrimas le mojaban las mejillas. Dejó las cartas al descubierto sobre la mesa, se tapó la cara con las manos y se inclinó sobre el brazo izquierdo del sofá. Georges se levantó y la besó en la mejilla varias veces. Guillaume sonreía.
-Jacqueline, no pasa nada, eres muy valiente -dije yo.
Ella siguió llorando, pero no de la forma en que lo había hecho Guillaume aquella misma tarde, cuando Georges lo había obligado a subirse al caballo para intentar alcanzar a nuestros compañeros. Es decir, que Jacqueline no lloraba como un niño mimado al que le han negado un capricho, sino que lo hacía por tristeza.
La jovencita se levantó y se fue.
-¡Con las buenas cartas que tenía! -exclamó Guillaume-. ¿Se puede saber qué le pasa?
-¡¡Le pasa que tú le estás fastidiando la vida, Guillaume-Thomas!! -grité-. ¡Que la insultas y la desprecias, y ella no puede aguantarte!
-Bah, no creo que sea eso -dijo Guillaume, con tranquilidad-. A ver, no es una mujer, pero tampoco es una niña pequeña. Será el proceso del cambio... porque... está en pleno desarrolllo físico y mental...
-¿Y no crees que puede influir que estemos aquí perdidos, que te hayas metido con ella, y que la hayas rechazado como pareja de juegos?
-Levemente.
Georges se levantó y me hizo un gesto con la mano para que lo siguiese.
-Tú quédate aquí -le dijo a Guillaume-. Como te muevas, dormirás en la cuadra, y no es ninguna broma.
Salimos a las escaleras que llevaban a la cuadra. Georges encendió una vela, porque estaba todo oscuro.
-Jacqueline es muy sensible -me explicó-. A lo mejor no te das cuenta, porque no anda diciendo: "No aguanto que Guillaume me insulte", pero...
-Sí, ya lo sé -respondí.
-Ella lo pasa mal cuando Guillaume se porta así. No pienses que es siempre, a veces Guillaume está más calmado y no hace esto, pero ahora... ya ves cómo la está fastidiando. Y ella procura no enzarzarse en serias discusiones, bueno, que ella no quiere llevarse mal con Guillaume, así en serio, no hablarse con él, ni nada de eso. Pero Guillaume a veces dice cosas que a ella le afectan especialmente... y mi hermana tiene que desahogarse.
-Sí, ya lo entiendo.
-Y ella... Guillaume tiene razón en algo: Jacqueline no es una niña pequeña, pero tampoco una mujer hecha y derecha. Si tuviera... no sé, cuarenta años, no haría caso ninguno a los insultos de Guillaume, pero...
-¿Cuantos años tiene ella?
Yo quería saberlo, pero nunca me atrevía a preguntárselo a ella misma, aunque intuía que me respondería la verdad sin enfadarse.
-Catorce. Hace quince el doce de marzo -contestó Georges-. ¿No es de tu edad?
-Yo hago dieciséis el nueve de julio. Ya sé que ella y yo vamos en el mismo curso, pero yo estuve un año sin estudiar.
Georges bajó unos cuantos escalones y me indicó que lo siguiese. Yo obedecí, ligeramente desconcertado. La vela iluminaba poco y casi me caigo por las escaleras. Cuando llegué al mismo escalón que Georges, él me dijo:
-¿Qué sentimientos te provoca mi hermana?
-¿Cómo? No entiendo a qué te refieres. ¿Qué quieres decir?
-¿Estás enamorado de ella? -quiso saber-. Si es así, dímelo, no me enfadaré.
-¡No! ¿Que qué sentimientos me provoca? Parecidos a los tuyos, supongo. Yo no sé lo que sientes tú, pero veo que la quieres mucho, porque es tu hermana. Y yo no soy su hermano, pero para mí es como si lo fuera. La conozco desde hace meses, pero ella me ha tratado mejor que... todos los compañeros de clase que he tenido en mi vida.
-Ah, bueno. Sólo quería saberlo, ¿vale?
Asentí con la cabeza.
-¿Qué vamos a hacer mañana? -le pregunté.
-Tendremos que ir hasta la granja del señor que les dejó los caballos a los profesores- declaró-. Hay que devolverle los nuestros, los que tomamos prestados. Y luego ya se verá.
Subimos las escaleras y entramos en el salón. Jacqueline ya había vuelto, se encontraba sentada en el sofá en el que había roto a llorar. Estaba seria, tenía un pañuelo en la mano y comía unas galletas que le habían sobrado a Guillaume. El jovencito se hallaba enfrente. Vi que él bebía algo, y me extrañé muchísimo al darme cuenta de que era cerveza.
-¡¿De dónde has sacado eso?! -bramó Georges.
-Me la dio un compañero de clase de Jacqueline, hace días. A mí no me echéis la culpa.
-¿Qué compañero? -inquerí.
-Claude Olivier.
-¡Ese sinvergüenza! -gritamos Georges y yo.
Georges cogió la botella de cerveza (Guillaume estaba bebiendo directamente de allí), abrió la ventana, dando paso a una ráfaga grandísima de viento que nos trajo nieve, y vació la botella, tirando el contenido por la ventana. Yo me acordé de que cuando íbamos a caballo, Jacqueline tenía mucha sed, y me pareció que Guillaume debería haberle ofrecido la cerveza, aunque ella no estuviese acostumbrada a beberla.
-Bueno, ¿qué? ¿Jugamos a los piratas? -preguntó Guillaume.
-Yo no puedo -declaró Jacqueline-.¿Y si nos tenemos que quedar en estas montañas, y pasamos años sin ver a mamá, a papá y a Auguste? ¿Y si ellos pasan esos años sin saber nada de nosotros?
La idea de no ver en ese tiempo ni a sus padres ni al mayor de sus hermanos debía de ser angustiosa para mi amiga, al igual que lo era para mí, pensando en mi familia.
-Eso no va a ocurrir -la tranquilizó Georges-. Si no encontramos a nuestros compañeros de instituto, volveremos a Francia por nuestra cuenta, ¿de acuerdo? Venga, no te preocupes.
-Bueno. Me voy a la cama -dijo ella.
Georges le dio dos besos. Jacqueline se quedó mirando para mí, y yo hice lo mismo que su hermano.
-Que descanses -dijo él.
-Eso. Buenas noches -añadí yo.
-Dales recuerdos a las ratas que sin duda, habrá entre las sábanas de la cama -dijo Guillaume.
Ella no le hizo caso a su hermano pequeño, sino que respondió:
-Buenas noches, chicos. A los tres.
Admiro su nobleza por no decirle a Guillaume que se fastidiase. Ella cogió su maleta y entró en la habitación. Poco más tarde, Guillaume se levantó y salió del salón, por el pasillo que conducía al dormitorio. Yo al principio no me enteré muy bien de lo que pasaba, sólo escuché unos golpes, y a Jacqueline diciendo:
-No, parad, no entréis.
Georges y yo nos levantamos y seguimos a Guillaume. Él intentaba girar el pomo de la puerta para abrirla, pero su hermana seguro que había echado el cerrojo, porque el jovencito no conseguía su objetivo. Por eso él daba golpes, para que ella le abriese.
-Ésta no es tu habitación, ¿te enteras, Jackie? -dijo Guillaume-.¿Por qué duermes tú ahí, y yo a fastidiarme en un sofá? ¿Sólo porque a Georges le da la gana? Pues no, no estoy de acuerdo.
Miró hacia atrás, y al vernos a Georges y a mí, añadió:
-Mi querida hermana, seguro que... el dueño de la casa ha usado esas sábanas y no las ha lavado después. Seguro que están sobadas. Y yo no permitiré que duermas en esas malas condiciones. Por tu bien, haré un sacrificio y ocuparé tu lugar. Venga, sal y búscate otro sitio para dormir, otro mejor que éste.
-¡Que la niña no es tonta! -exclamé.
-Guillaume, por favor, no me molestes -pidió ella, con una voz temblorosa que daba a entender que estaba llorando-. He aguantado... montones de cosas que me has dicho, pero ahora... no puedo. Estoy agotada. Déjame dormir.
Yo cogí a Guillaume de un brazo, Georges lo cogió del otro, y lo llevamos casi a rastras al salón. Una vez allí, Guillaume comenzó a cantar a grito pelado. Su hermano le tapó la boca y le dijo:
-Una palabra más, y duermes en la cuadra.
Guillaume se quedó callado y se sentó en un sofá. Pasados unos minutos, Georges se levantó al oír a su hermana llamando por él. Entró en la habitación de la joven, y tardó un buen rato en volver al salón. Yo me puse de pie y anduve hasta quedarme más cerca de Guillaume. Él estaba durmiendo,acostado, con la cara hacia el respaldo del sofá. Yo lo tapé con un abrigo, que para el caso, servía de edredón. Georges tardó por lo menos diez minutos.
-¿Todo bien? -le pregunté en voz baja.
Él se sentó a mi lado y dejó su reloj sobre la mesa. Se daba cuenta de que yo había iniciado el viaje sin reloj, por olvido, y ésta era su manera de compartir al suyo conmigo. Yo me incliné y vi que eran casi las once.
-Esto es muy duro para mi hermana -declaró Georges-. Me ha estado diciendo que ir a Venecia, ahora no le importaba nada, que lo que quería era regresar a París, con la familia, y que tenía miedo de que nos quedásemos en estas montañas para siempre.
-Pero... no está enferma, ¿no? -dije -. Sólo está desanimada.
-No está enferma, y eso es importante, porque aquí aislados, no sé qué haríamos en ese caso.
Eso fue lo último que me dijo antes de apagar la lámpara.
A las nueve y diez de la mañana escuché un grito agudo, de pánico. Me desperté, asustado, y me encontré con un Guillaume tembloroso que chorreaba de sudor. Georges también se despertó en el mismo instante que yo. Y Jacqueline, exactamente igual, porque al momento, ella apareció en la sala. Llevaba puesto un camisón blanco.
-¿Qué os pasa?¿Quién ha gritado? -preguntó ella-. ¿O es que lo he soñado yo?
-He... oído unos pasos -susurró Guillaume-. Como... si alguien estuviese subiendo las escaleras.
-¿Has gritado tú? -le pregunté.
-Sí.
Georges encendió un candelabro. Guillaume decía la verdad, yo también escuché unos pasos. Jacqueline se agarró a Georges; Guillaume también a él, pero por la derecha; y yo a Guillaume. Entonces alguien intentó abrir la puerta. Y no era el viento, porque el pomo se movió. Nuestras maletas, pegadas a la puerta, dificultaban el trabajo el que se hallaba al otro lado. Guillaume temblaba, o a lo mejor era yo mismo.
-Vamos, échala abajo -dijo una voz de hombre.
Guillaume me apretó el brazo. Se oyó un fuerte golpe, la puerta se vino abajo, los Lebon y yo gritamos, y dos hombres saltaron por encima de la puerta y de las maletas. Uno era fuerte, moreno y barbudo; y el otro, rubio y delgadísimo. Este último tendría unos veintiocho años, y el primero, sobre cuarenta.
-Parece que estos mozuelos se nos han adelantado -comentó el más gordo.
-Perdonen. Anoche nevaba muchísimo, aquí no había nadie, y teníamos que refugiarnos ...-empezó a decir Georges.
-Ah, muy bien, comprendo -dijo el delgado, acercándose a Jacqueline, despacio.
Cuando se quedó a la izquierda de la muchacha, es decir, cerca de ella, pero no pegado a Georges, agarró a mi amiga de la muñeca, tiró de ella hacia delante, unos cuantos metros, y la agarró de la cintura.
-Hoy nos vamos a llevar dos tesoros, Gregory -dijo el delgado-. Las monedas y... la chica. Mira tú, con ella no contaba.
-Suéltenme -suplicó Jacqueline-. Por favor, no me hagan daño. ¡No me hagan daño!
La chica estaba empapada en sudor, y el miedo le hacía respirar entrecortadamente. Además, parecía que el corazón se le iba a salir del pecho.
-¡¡¡Déjenla en paz ahora mismo!!! -gritó Georges.
El barbudo había estado todo el tiempo con las manos detrás de la espalda, pero en ese momento las colocó delante, mostrando una pequeña espada.
-¿Sabes qué es esto, chaval? -le preguntó el barbudo a Georges.
-Una... espada pequeña -dijo el joven.
-Conque una espada pequeña, ¿eh? Pues ándate con ojo si no quieres que tu piel pruebe su tacto. Y a la chica no le haremos daño si se porta correctamente.
-Daño con la espada no, pero luego nos la llevamos con nosotros, ¿verdad? -dijo el delgado.
-Si te hace ilusión... -respondió Gregory, el barbudo-.Pero es una chavalita, Bastien, ¿te gustan tan jóvenes?
- Me gustan las mujercitas guapas. Las que acaban de decir adiós a la infancia. Sólo diré eso.
-Por favor, no me hagan daño, no me separen de los chicos -pidió Jacqueline.
-Y... es francesita -acertó Bastien, el delgado-. Su acento es francés, no es suizo.
-Bueno, bueno, déjate de cuentos y hazle la pregunta -apremió Gregory.
Yo estaba inmóvil y atemorizado. Mi amiga nos miraba a los tres, quiero decir, a sus hermanos y a mí, pidiéndonos ayuda sin palabra, con la mirada. Pero yo no sabía qué hacer.
-¡Ah, sí! -dijo Bastien-. A ver, rubita, ¿dónde está el tesoro?
-No... no sé de qué me hablan -contestó Jacqueline, con voz temblorosa-. De verdad. No lo sé. No me hagan daño.
-¿Ah, no? ¿Y por qué has venido aquí con tus amiguitos? -dijo Gregory-. ¿A respirar aire de montaña? Venga, niña, no quiero cuentos. Quiero oír la verdad. Y veo que eres elegante y educadita, que no estás acostumbrada a que te torturen. Pero como no hables, te...
-No, no Gregory, la quiero intacta, ilesa, sin heridas -dijo Bastien.
-¡¡Pues que hable!!
Jacqueline se agitó de repente, como si hubiese sentido un escalofrío. No vi que el hombre que la agarraba le hubiese hecho nada, pero no estoy seguro de lo que pasó, porque yo no me estaba fijando. Pero si Bastien no le hizo nada, pudo haberse movido ella para soltarse de él, eso es lógico.
Yo no tenía ni idea de cuál era el tesoro del que hablaban aquellos hombres. Pero se me ocurrió que lo mejor sería apartarlos a ellos del salón, enviarlos a otro sitio.
-El tesoro está por la cuadra, más o menos -dije en voz alta.
-¿Estás seguro? -me preguntó Gregory.
-Pues... bueno... eso es lo que he oído. Que tiene que estar en la cuadra, o si no, por la hierba de fuera, enterrado. Porque en la hierba, enterrado, es más difícil de encontrar, y eso es lo que se pretende, ¿no? A decir verdad, nosotros hemos venido aquí arriba a descansar un poco, pero lo que queríamos era buscar el tesoro allí abajo.
Los delincuentes se miraron.
-Puede que el alto este tenga razón -dijo Gregory-. Vamos.
Y se fueron, eso sí, Bastien no soltaba a Jacqueline. Mientras ellos bajaban con la chica por las escaleras, Georges se acercó a la puerta principal y la abrió. Ante ésta también se hallaban unas escaleras.
-Georges, ¿qué haces? -le pregunté.
-Quiero ayudar a mi hermana, ¿no te parece?
-¿Y cómo? ¿Qué vas a hacer?
-Cerrarles la salida a esos sinvergüenzas. Vosotros quedaos aquí, yo saldré afuera. Así estarán rodeados.
-No, Georges, escúchame -le pedí-. Los ladrones no se irán de aquí hasta que encuentren el tesoro ese. Entonces, mientras lo buscan, Jacqueline estará a salvo.
-¿A salvo, dices? El delgadito ese puede estar haciéndole de todo mientras el otro busca las monedas de las que hablan.
-Pero... el gordo tiene un arma. Y tú no. Sabemos que no quieren usar la espada contra tu hermana, pero si te ven a ti, te la clavan. ¿Y entonces qué? ¿Vas a ayudar así a tu hermana, si te dejan medio muerto? Hay que idear otro plan.
Georges no dijo nada, pero cerró la puerta.
-¿Creéis que el tesoro existe de verdad? -intervino Guillaume.
Lo miramos. Él había perdido todo el color de la cara. En su rostro destacaban sus ojos marrones, que reflejaban el pánico; sus pecas; y sus labios, especialmente encarnados.
-¡¿Piensas que me importa?! -gritó Georges-.¡¿Es que nuestra hermana no significa nada para ti, Guillaume-Thomas?! ¡¡¡El tesoro es marcharnos de aquí con Jacqueline!!! ¡Eso es lo único que vale la pena!
-Georges, ya lo sé. Es que si es verdad que hay unas monedas por aquí, y nosotros las encontramos antes que ellos, podemos ofrecérselas con la condición de que nos devuelvan a Jacqueline.
A mí me pareció que Gregory aceptaría, pero que el delgadito haría trampas para llevarse las monedas y a la chica. De todas formas, me alegré de saber que en el fondo, Guillaume quería a su hermana.
-No aceptarán -opinó Georges-. Pero... estaría muy bien encontrar el tesoro antes que ellos. Si lo encontramos, tenemos que... subirnos al tejado, y desde allí, tirar todas las monedas de golpe. En ese momento, los hombres se van a sobresaltar, y es probable que el que tiene agarrado a Jacqueline, la suelte, aunque sólo sea porque se lo mande el otro, para coger las monedas. Entonces ella se escapa corriendo y... nos vamos.
Parecía muy difícil llevar a cabo la idea de Georges. De todas formas, asentí con la cabeza y comencé a buscar en el dormitorio. La cama estaba deshecha. Hacía minutos, Jacqueline había estado durmiendo allí. Me pregunté qué habría pasado si ella se hubiese quedado en la habitación, pero supuse que los ladrones habrían echado abajo la puerta del dormitorio para buscar el tesoro, y habrían encontrado a la muchacha de todas formas.
Se me hacía muy raro pensar que en aquella casa había un tesoro escondido. Nosotros sólo habíamos ido allí a refugiarnos de la nevada. Deseé con todas mis fuerzas que las monedas no se encontrasen en la cuadra ni en la hierba de la entrada, porque si los delincuentes las veían, se marcharían con el tesoro y con Jacqueline. Yo estaba preocupado por la chica, no por las monedas.
Georges y Guillaume entraron también en el dormitorio. Buscamos debajo de la cama, levantamos el colchón y volvimos a dejarlo como estaba (por mirar, pero Jacqueline lo habría notado al acostarse si el tesoro estuviese allí), revolvimos en la mesilla de noche... pero no lo encontramos. Guillaume se sentó en la cama, buscando, con la vista, algo irregular que pudiese ocultar el tesoro. Georges se besó su propia mano, y entre lágrimas silenciosas, la pasó por el crucifijo que estaba encima de la cama. Ésta es la única vez que he visto llorar a Georges.
Yo estaba pensando que estaría bien acercarse a la cuadra para ver qué pasaba, cuando Guillaume exclamó:
-¡Mirad qué cuadradito!
El menor de los Lebon miraba al techo, y yo lo imité. Lo que había era un rectángulo bastante grande cuyos lados eran ranuras que lo separaban del resto del techo. Y en el medio tenía una cuerda diminuta, de la que pendía algo similar a un aro plateado.
-Súbeme -pidió Guillaume.
La habitación era pequeña, pero el techo estaba muy alto. Me puse de pie encima de la cama y levanté a Guillaume, que se sentó en mis hombros. Él tiró del aro, apareció una escalera, y Guillaume y yo caímos hacia atrás.
-¿Estás bien? -le pregunté al muchachito.
-Sí.
Me alegré de no haberlo aplastado con mi peso. Miré hacia delante. La escalera estaba formada por dos cuerdas puestas en vertical, una a cada lado, y entre ellas había cilindros de madera, delgados, en posición horizontal. Éstos servían de peldaños. Guillaume se agarró con las manos a las cuerdas, apoyó los pies en los trozos de madera, y subió hasta perderse de vista.
-¡Qué oscuro está esto! -le oí decir-. Traedme un candelabro.
Georges cogió de la mesilla lo que le pedía Guillaume, y me lo pasó a mí. Ya no lloraba, sin embargo, yo le di dos palmadas en la espalda, en señal de ánimo.
Me agarré a la cuerda sólo con una mano, y fui subiendo la escalera. Al llegar arriba, toqué una superficie de madera y dejé allí el candelabro. Guillaume lo metió más adentro rápidamente, para que yo pudiese pasar. Entré en esa nueva estancia y al principio me quedé encorvado, sin embargo, me fui estirando totalmente, poco a poco, y mi cabeza no tocó el techo. La estancia era tan grande como la habitación que tenía debajo, sólo que la superior era mucho más baja, y toda de madera, incluso las paredes. Y no tenía ventanas.
Guillaume corrió hasta el fondo.
-Hay un cofre-declaró-. Tenemos que abrirlo, dile a Georges que venga.
Le hice caso, y al volver a acercarme a Guillaume, vi que el jovencito ya había abierto el cofre. Era muy pequeño, pero estaba repleto de monedas, y guardaba, además, una espada igual que la que tenían los ladrones. Georges no dudó en coger este último objeto.
-Ahora sí que me voy a enfrentar a esos sinvergüenzas -declaró-. Desarmaré a Gregory y liberaré a Jacqueline.
Se oyeron unos pasos acelerados.
-Espera -susurré-. Vamos a quedarnos aquí escondidos, y si son Gregory y Bastien, trayendo a Jacqueline para hacerle cualquier cosa mala, nos dejamos ver y nos enfrentamos a ellos. Pero si no, pueden ser ellos y venir a decir cosas que nos sean de interés, entonces será mejor escucharlos sin ser vistos.
Cerramos la abertura de la habitación secreta, tirando de un aro que se hallaba en la superficie rectangular. Y no nos olvidamos de tirar antes de la escalera, para dejarla oculta. Nos colocamos a los lados del rectángulo, observando la habitación de abajo desde las ranuras que formaban el polígono. Desde mi posición, yo sólo veía los pies del lecho. Georges no soltaba la espada, envainada.
Los pasos sonaban cada vez más cerca. Los acompañaba una respiración acelerada.
-Es ella -susurró Georges -. Es Jacqueline.
Se abrió la puerta del dormitorio, y cada vez más cerca, se escucharon los jadeos de antes. Guillaume se acercó más a la ranura y susurró:
-Sí, es Jacqueline. Y viene ella sola.
Georges soltó la espada. Yo no veía a la muchacha desde mi posición, pero escuché cómo echaba el cerrojo. Luego la vi, cuando se inclinó, buscando no sé qué debajo de la cama. La observé durante unos pocos segundos, los suficientes para ver lo colorada y temblorosa que estaba. Luego ella volvió a moverse y la perdí de vista. Entonces yo también me moví, quedando más cerca de Georges y haciendo crujir la madera. Jacqueline escuchó el crujido, porque cuando volví a verla, observé que miraba hacia atrás, buscando el origen del ruido. Después volvió a mirar hacia delante y se acercó a la ventana.
-Jacqueline -dijo entonces Georges-. No tengas miedo. Soy Georges.
La muchacha miró alrededor.
-¿Dónde estás? -preguntó.
-Mira al techo. ¿Ves un rectángulo?
-Sí.
-Pues ésa es la entrada a una sala que está encima del dormitorio en el que te encuentras tú ahora. Yo estoy en la sala de arriba, con Guillaume y Joachim. Voy a abrir la comunicación. Verás una escalera, tienes que subir por ella, ¿me entiendes?
-¿Cómo? ¿Hay una habitación encima de ésta?
-Sí. Tú sube por la escalera.
Georges empujó la superficie rectangular, y la escalera salió disparada hacia abajo. El joven asomó la cabeza por el agujero que dejaba el rectángulo al abrirse, y dijo:
-Agárrate fuerte, y cuando llegues arriba, te ayudaremos.
Jacqueline fue subiendo, entre gemidos. Cerca del final de la escalera parecía que faltaba un cilindro de los que servían de escalones, porque había un espacio relativamente grande entre el anterior y el suelo del piso en el que estábamos nosotros. Todos lo habíamos superado sin problemas, incluso Guillaume, que era más bajo de estatura que su hermana. Pero ella estaba muy asustada y subía con dificultad. Por eso Georges le dijo:
-Vamos, vamos, dame la mano.
Ella le dio la derecha. Yo también le tendí la mano, porque lo que Georges pretendía era tirar de su hermana hacia arriba, y yo le ayudé para que no cargase él con todo el peso. Yo la agarré de su mano izquierda. Entonces, Jacqueline se soltó totalmente de la escalera y nosotros tiramos de la joven hacia arriba. Conseguimos subirla. Georges tiró tan fuertemente que su hermana se cayó encima de él. Y Guillaume subió la escalera y cerró la trampilla. Jacqueline se puso de rodillas. Georges también, y la abrazó.
-Gracias por quedaros, de verdad -dijo la chica-. Al principio... no os vi, y creí que os habíais ido. Os estaba buscando.
-Jacqueline, amor mío, ¿pensabas que te íbamos a dejar aquí? -le preguntó Georges, sonriendo.
La soltó de su largo abrazo, y luego la abracé yo. Finalmente, Guillaume le dio dos palmadas en el hombro. Ella lo acarició en la cabeza.
-Chicos, tenéis que ayudarme -dijo ella-. Los... ladrones creen que estoy en la cuadra, y si por casualidad el tesoro está enterrado en la hierba de fuera y ellos lo encuentran...
-Por eso no te preocupes -respondió Guillaume, mostrándole el cofre.
-¿Lo habéis encontrado vosotros? -preguntó ella, sorprendida.
-Claro. Estaba justo en esta sala -declaré.
-Jacqueline, ¿qué te han hecho? -quiso saber Georges.
Ella negó con la cabeza.
-Nada -aseguró.
-¿Pero cómo te has librado de ellos? -preguntó Guillaume-. Cuéntanos todo lo que ha sucedido.
Jacqueline se sentó en el suelo.
-Me llevaron a la cuadra -contó-. Echaron fuera a los caballos para buscar las monedas, pero Gregory dijo que era mejor cavar fuera, en la hierba, que era más probable que las monedas estuviesen allí. Bastien me tenía agarrada, y le preguntó a Gregory qué os harían a vosotros, y éste último le dijo: "Déjalos. Por la parte de atrás de la casa no hay puertas, así que si intentan escaparse, será por la principal o por la cuadra, y los veremos". Y Bastien no se preocupó más de vosotros. Sin embargo, le sugirió a Gregory: "Tú busca fuera el tesoro, que la chica y yo lo buscamos dentro, en la cuadra".
>>Y por fin me soltó, pero yo me asusté muchísimo, porque me iba a quedar allí sola con él, y... yo sabía que él no tenía intención de buscar el tesoro. Me eché a correr hacia la... puerta que da a la hierba, y Bastien corrió detrás de mí. Gregory estaba muy cerca de la puerta, entró en la cuadra y me agarró. Me mandó que me quedase en la cuadra, y a Bastien le dijo: "Tú busca fuera el tesoro, en la hierba, conmigo. Si te quedas ahí con la chica, ya sé lo que pasará, estarás pendiente de a ver qué haces con ella; y de buscar el tesoro, nada. Ella se queda ahí dentro, volverás a verla desde que encontremos las monedas".
>> Entonces Bastien le dijo a Gregory que por qué no se quedaba él conmigo, y Gregory le contestó: "Eres muy capaz de encontrar el tesoro, guardarlo para ti, y a mí no decirme nada. No te dejaré solo". Y empujó a Bastien fuera de la cuadra. Yo pasé al lado de Gregory al alejarme de la salida. No sé si lo entendéis, pero yo me sentía... agradecida, aunque ya sé que es un ladrón. Pero así todo, él me había librado momentáneamente de Bastien, y eso es de agradecer, aunque no lo hiciese por mí, sino por el tesoro. Me sentía agradecida, sin embargo, cuando yo pasé a su lado, me dio un golpe, diciendo:"¡Por haber intentado escaparte!"
Georges se acercó a su hermana y le tocó la cara, buscando el lugar del golpe.
-No, ahí no -dijo Jacqueline.
-¿En dónde, entonces? -insistió Georges.
-En... las nalgas. Pero no importa, apenas me ha dolido.
Georges acarició distraídamente la empuñadura de la espada, y Guillaume no se esforzó en contener la risa.
-No hace gracia, ¿vale? -le dijo su hermana, y siguió contando-: Luego me quedé sola en la cuadra. Subí las escaleras y os busqué en el salón. No os vi, y entré en el dormitorio. El resto ya lo sabéis.
Guillaume pasó las manos por el cofre que contenía las monedas.
-¿Cómo sabrían ellos que había aquí un tesoro? -preguntó-. Los ladrones, digo.
-Conocían a Lord Evans -respondió Jacqueline.
Todos la miramos con extrañeza.
-Lord Evans era el dueño del tesoro, se lo oí decir a los ladrones -explicó-. Era un inglés rico que se vino a vivir a esta casa. Estaba un poco enfermo y le dijeron que le vendría bien el aire de las montañas. Bastien y Gregory eran sus criados, y debieron de haberle oído algo acerca del tesoro, supongo.
-¿Y cómo vivía en esta casucha si era tan rico? -preguntó Guillaume.
-No lo sé -contestó su hermana -. Pero yo creo que él vino con la intención de quedarse poco tiempo. Por eso no debió de molestarse en mandar construir otra mejor.
Georges le enseñó la espada a Jacqueline.
-Mira, esta espada es como la de Gregory -le dijo-. Sería también de Lord Evans, y él se la habrá robado.
-Puede ser. Pero ahora no deberíamos preocuparnos demasiado por eso. Lo que me preocupa es cómo vamos a salir de aquí.
Nos quedamos en silencio. Guillaume revolvió las monedas, y de entre ellas sacó un papel, lo desdobló y lo leyó en voz alta. Decía esto:
Ahora que me estoy poniendo bien, dejaré las montañas y me iré a vivir a la casa que he comprado en Francia. El mes pasado he despedido a mis dos últimos sirvientes. Me extrañé mucho al verlos robándome, ¡con lo leales que me habían sido todos los sirvientes anteriores! Aún no he recuperado todo lo que estos últimos me han robado, pero no importa. Seas quien seas, si tienes buenas intenciones, quédate con todo lo que contiene este cofre. Ahora que mis últimos sirvientes ya no frecuentan esta casa, éste es el lugar más seguro para guardarlo. No quiero que estas monedas acaben en sus manos, sé que si es así, las gastarían todas en vicios, y harían mal uso de la espada. Ya deben de haberme robado la otra, porque no la encuentro.
No puedo sacar este cofre de casa, porque el chófer que me ha contratado mi hermana es muy amigo de mis dos últimos criados, por eso no me fío de él y prefiero dejar aquí el cofre, antes de que me lo robe él para gastarlo en vicios. Menos mal que mi otro dinero lo tengo en un lugar seguro, es que para ése no tengo sitio. Por eso va a ser para ti, no me importa.
Si lo inviertes en buenas cosas, me alegro, y si no, muy mala suerte he tenido.
Ah, y por cierto, verás que en la casa he dejado objetos que pueden servir de utilidad para alguien a quien haya cogido una nevada.
Firmado,
John Nicholas Alexander Evans.
-¡Bien! ¡Yo lo he visto antes que nadie, es mío! -exclamó Guillaume al acabar de leer.
-¿Y eso qué importa, si ni tú ni nosotros sabemos cómo salir de aquí? -dijo Jacqueline.
-Guillaume, lo justo sería repartirlo en cuatro partes iguales, para todos nosotros- opiné.
-Yo había pensado... -intervino Georges-. La parte que me toca, yo estoy pensando en darla a algún necesitado. Es que no sé, este dinero en realidad es de ese señor, y ...
-¡Nos lo regala! -lo cortó Guillaume.
-... ya , pero a mí no me parece muy legal cogerlo, ¿vale? Y... me sentiré mejor dándoselo a alguien que lo necesite mucho.
-Tienes razón -dijo Jacqueline-. Es lo mejor que podemos hacer.
-Contad también con mi parte -declaré.
-¿Y yo puedo coger una monedita? -preguntó Guillaume.
-Con tu parte puedes hacer lo que quieras -dijo Georges.
-¿Mi parte? Escuchadme, hermanos y Joachim, yo no quiero dividir el tesoro, se parece demasiado a hacer cuentas de matemáticas. Cojo una moneda,y lo otro lo dejo para vuestro bote.
-¿Y qué hacemos con la espada, la dejamos aquí? -preguntó Jacqueline.
-No, si a Joachim no le importa, nosotros la llevamos a nuestra casa, y que papá la guarde en una vitrina... -empezó a decir Georges, y luego exclamó-: ¡Pero primero ya sé, ya lo tengo!
Cogió la espada, empujó la trampilla y bajó la escalera rápidamente, abrió la puerta y se fue.
-¡Georges! -gritó Jacqueline, y añadió-: ¿Qué va a hacer? Madre mía, como salga de la casa y lo vean los ladrones... y cuando ellos se den cuenta de que yo no estoy en la cuadra...
La joven había entrado muy nerviosa en el dormitorio, nada más escaparse de la cuadra. Se había ido calmando al vernos a nosotros, pero entonces, volvió a alterarse. Yo también estaba preocupado por Georges, era capaz de ir adonde estaban los ladrones para intentar quitarles la espada que le habían robado a Lord Evans.
-Quedaos aquí -les dije a Jacqueline y a Guillaume-. Voy a ver qué hace Georges y a decirle que vuelva si es que va a algún sitio raro. No tengáis miedo, él va con la espada, puede defenderse. No os mováis, quedaos aquí arriba, con la trampilla cerrada.
Abrí la trampilla y volví a cerrarla tras haber pasado. Bajé la escalera y salí del cuarto. Georges se estaba poniendo su reloj, pues lo había dejado en la mesa del salón. Luego cogió su maleta.
-Vamos a marcharnos -susurró.
-¿Cómo? ¿Se han ido los ladrones? -le pregunté.
-No, pero se me ha ocurrido una idea. Tenemos que coger todas nuestras cosas y llevarlas al dormitorio, ¿de acuerdo? Por favor, ayúdame. Yo no puedo soltar la espada, porque si se acercan los ladrones...
Entre él y yo, metimos todas nuestras pertenencias y las de Guillaume en el cuarto (Jacqueline ya tenía allí las suyas). Georges cogió la botella vacía, que antes contenía cerveza, la que le había quitado a Guillaume la pasada noche. La llenó de agua y entró en el cuarto. Yo también entré, llevando los abrigos, y echamos el cerrojo.
Jacqueline y Guillaume debían de estar observando a través de las ranuras, ya que al vernos volver y encerrarnos, enseguida abrieron la trampilla para que subiésemos a la habitación secreta. Georges subió la botella de agua y se la ofreció a Jacqueline. Ella bebió, y él hizo igual, después que ella. Luego bebí yo, y le tendí la botella a Guillaume.
-No -dijo éste-. Está de beber Jacqueline, no la quiero.
-¡Ya basta! -intervino Georges-. Si Jacqueline tuviese alguna enfermedad contagiosa, lo entendería, pero no la tiene.
-Tranquilo Georges,me alegro de que nuestra hermana esté bien, pero no quiero... beber de donde ha bebido ella , y ya está.
Georges fingió no oírlo.
-Tengo un plan -dijo-. Voy a cortar esta escalera de cuerda y sacarle los trozos de madera. Lo que quiero son cuerdas para agarrarnos y bajar por la ventana. Porque la escalera en sí es demasiado corta para llevarnos hasta el suelo de fuera.
-Lo que propones es muy peligroso -declaró Jacqueline.
-Voy a asegurarme de que no sea así. Lo dejaré todo bajo control. Ahora, vosotros bajad, tengo que cortar las cuerdas.
El joven cogió a su hermana en brazos durante el tramo en el que faltaba un trozo de madera, y repitió la acción con su hermano pequeño. Yo bajé detrás, con el tesoro en la mano. Y Georges empezó a bajar, pero se detuvo, a propósito, para cortar las cuerdas con la espada. Una vez que las cuerdas se soltaron, Georges cayó violentamente sobre la cama, pero enseguida se levantó. Abrió la ventana y dijo:
-Todo perfecto. Nuestros cuatro caballos marrones están aquí cerca, ¡podremos marchar con ellos!
-Ah, ya, Bastien y Gregory los dejaron pastando por la parte de atrás de la casa -dijo Jacqueline-. Pero... yo no entiendo cómo nos vamos a escapar.
Georges se sentó en la cama, y con la espada, separó las cuerdas de los trozos de madera que habían servido de escalones.
-Dejaré la cuerda atada a una pata de la cama. Bueno, habrá que acercar más la cama a la ventana. Ataré las dos cuerdas para que formen una muy larga, y... agarrados a ellas, bajaremos todos por la ventana.
-Yo no puedo -contestó su hermana -.Me da muchísimo miedo, yo no puedo hacer eso.
Me dio pena. Ella se puso muy tensa, tenía el camisón impregnado de sudor y miraba , disgustada, la distancia existente entre la ventana y el suelo.
-Sé que estás hecha polvo, pero no hay otra opción -dijo Georges-.Tenemos que hacerlo, y rápido. Si Bastien y Gregory se cansan de buscar en la hierba, vendrán aquí, así que tenemos que marcharnos cuanto antes.
-Yo en esto tengo experiencia - intervine -. Lo hago a veces para no tener que servir en la taberna de mi padre. Pero no puedo hacerlo en ayunas.
-Vaya con el señorito -murmuró Georges.
-¡El señorito eres tú! -le dije-. ¡El hijo del catedrático de Universidad!
-¿Y qué si nuestro padre es eso? -intervino Guillaume-. ¿Es que tienes envidia?
-No os peleéis -pidió Jacqueline.
Entonces me dio la impresión de que ella era la única que hacía algo para que nuestra amistad, la de los cuatro, no se resquebrajase en los momentos difíciles. Lo pensé en ese momento, pero luego me di cuenta de que todos queríamos ser amigos,en el fondo, aunque a veces nos hablásemos bruscamente.
-¡Se está metiendo con papá! -le contestó Guillaume a la chica-. ¡Tú también deberías decirle algo!
-No me estoy metiendo con vuestro padre -declaré-. Yo sólo digo que necesito comer algo antes de hacer ese esfuerzo físico. Nada más.
Guillaume me miró con rabia. Y Jacqueline lo miró a él.
-Tienes dos plátanos en la maleta -le dijo la muchacha-. Es lo único que nos queda.
Guillaume abrió su maleta y sacó los plátanos. Se quedó con uno, y el otro se lo dio a Georges, que ya había separado la madera de las cuerdas.
-¡Hala, ya está! ¡Los demás os fastidiáis! -dijo Guillaume.
Georges partió su plátano y le dio la mitad a su hermana. Luego se acercó a Guillaume, y con la fruta de éste hizo lo mismo que con la suya, sólo que esta vez, me dio a mí una de las mitades.
Cuando terminamos de comer, Georges ató las dos cuerdas con un nudo muy fuerte. Cogió el edredón y lo tiró por la ventana.
-¿Qué haces? -le pregunté.
-Cuando dos de nosotros hayamos bajado, sujetaremos la manta en el aire para que los demás tiren las maletas. Tienen que caer sobre la manta, para no golpearlas tanto. Y creo que es bueno que mis hermanos bajen acompañados por uno de nosotros.
-Sí, estoy de acuerdo -corroboré.
Georges metió el tesoro y la espada en la maleta de Jacqueline (todos nos fiábamos de ella) y empezó a empujar la cama para acercarla a la ventana. Guillaume se dispuso a ayudarle, pero yo le dije:
-Deja, ya lo hago yo.
Finalmente, Georges ató la cuerda a una pata de la cama y preguntó:
-¿Quién quiere ir primero?
-¿Pero vamos a hacerlo ya? -preguntó Jacqueline, notablemente nerviosa-. ¡No puedo, estoy en camisón!
-¿Y qué? -dijo Georges, sin poder contener su enfado-. Hoy no hay tiempo de nada, ¿qué más quieres? ¿vas a decirme: "hazme la trenza ,y el resto del pelo déjamelo suelto"? ¿Piensas que hoy es como los demás días?
-¡No es por eso! -respondió Jacqueline-. ¡Hoy lo he pasado peor que tú, ya sé que tenemos prisa! Pero con esto -se tocó el camisón- me voy a morir de frío.
-Está bien, vete a cambiarte al baño. Corre. Iré contigo hasta la puerta -dijo Georges.
-¿Voy bajando con Guillaume? -pregunté.
-No. Por si pasase algo, quiero estar presente para tirar de la cuerda, o atarla mejor - razonó Georges-. Esperad a que estemos todos.
Él y su hermana salieron con la maleta de ésta. Guillaume no parecía tener miedo a bajar por la cuerda, y así lo confirmó cuando llegó Jacqueline.
-Va a ser muy divertido -le dijo -. Lástima que tú le tengas miedo.
Jacqueline no le contestó. Ahora llevaba su cámara fotográfica colgada del cuello, seguramente para que no se estropease, pues la maleta daría un tremendo golpe al caer.
-Vamos, Willy -le dije a Guillaume-. Bajaremos nosotros primero, para que tu hermana vea que no pasa nada. Eso sí, tienes que agarrarte fuerte a mí y no soltarme. Esto es muy serio, como hagas tonterías, puedes matarte. No levantes el brazo para saludar a tus hermanos, ni para rascarte, ni nada. No me sueltes.
Guillaume se agarró a mí, con sus piernas en mi cintura, y sus brazos en mi pecho. Mientras me subía con él a la ventana, escuché que Georges le decía a Jacqueline:
-Ya sabes lo imprudente que es Guillaume, por eso Joachim le ha metido miedo. Pero comportándose con cuidado, no pasa nada.
Me di la vuelta y me agarré a la cuerda con las dos manos. Luego fui soltando una mano y poniéndola unos centímetros más abajo que la otra, en la cuerda, y así sucesivamente. Guillaume no pesaba demasiado. Bastante más que una mochila, sí, claro, pero tampoco era para tanto. Noté el sudor en la frente, pero por supuesto que no me solté para secarlo. Seguí bajando y bajando sin mirar al suelo, hasta que Georges me dijo desde arriba:
-Ahora salta, hay poca distancia al suelo, y se está acabando la cuerda.
Obedecí y caí sentado, y Guillaume también, detrás de mí. Cogí el edredón que había tirado Georges, y le pedí a Guillaume que lo agarrase por el otro lado.
-¿Estáis preparados? Voy a lanzar las maletas -dijo Georges.
-Sí, lánzalas -respondí.
Una vez que Georges las hubo tirado todas, subí cada una a un caballo. Luego vi que el joven estaba empezando a bajar, con su hermana agarrada a él.
-Vamos, ya falta poco -dijo él al cabo de un rato, sabiendo que ella estaba asustada.
Pero Georges avanzaba cada vez de manera más lenta.
-Preparad la manta -nos dijo a Guillaume y a mí-. No puedo tanto tiempo con Jacqueline, ¿estamos a mucha distancia del suelo?
-No. Si saltáis y caéis en la manta, no os vais a lastimar -aseguré.
-Vamos, salta -le dijo Georges a Jacqueline.
Pero ella no se soltaba de él.
-No aguanto más, tienes que saltar, no te harás daño -dijo Georges-. Sólo procura no caer de cabeza.
Guillaume y yo teníamos el edredón preparado, pero yo no me fiaba.
-No te muevas -le pedí al menor de los Lebon-. Como te dé por hacer tonterías, puedes matar a tu hermana, estoy hablando en serio.
Jacqueline se tiró por fin. Cayó de lado, sobre la pierna y el brazo derechos, en la manta. Con una mano agarraba la falda, y con otra, la cámara que llevaba colgada del cuello. Muy pocos segundos más tarde se tiró Georges. Jacqueline tuvo que apartarse rápidamente para que él no le cayese encima.
-Yo no podía más, se me soltaron las manos -se explicó él al levantarse.
-Pues si no puedes con una chica delgada... -se burló Guillaume.
Georges lo miró con dureza, y yo dije:
-Si estáis todos bien, nos vamos.
Cada uno se subió a su caballo y nos alejamos de allí. Georges se orientaba bien, y una vez que nos hubimos alejado bastante de la casa, decidió ir a la granja del hombre que les había prestado los caballos a los profesores. Llegamos allí a mediodía, con Guillaume gritando que no podía más, después de llevar horas cabalgando. La sorpresa más grande fue ver en la granja a nuestros compañeros de instituto y a los profesores.
-¡¡Son ellos!! ¡¡Han aparecido!! -gritó el profesor de Matemáticas de Guillaume.
Cuando por fin nos bajamos del caballo, vi a ese mismo profesor abrazando a Georges y a Jacqueline como si fueran sus hijos. A la chica, hasta la cogió en brazos, eso que no la conocía de nada, nunca le había dado clase. A Guillaume también lo cogió en brazos, a pesar de que era su alumno más travieso. Y a mí me abrazó, también como si fuera su hijo.
-Nos dimos cuenta dentro del tren -nos explicó-. Antes habíamos preguntado si a alguien le faltaba la pareja, pero nadie dijo nada. Pero luego, una profesora se dio cuenta de que faltaba Jacqueline. Entonces pasamos lista, y nos enteramos de que también faltabais tres más. Una vez que llegamos a Ginebra, dimos vuelta y volvimos aquí. Y el granjero nos dijo que acababa de contar los caballos y que faltaban cuatro.
Luego yo conté nuestra aventura, mientras que los Lebon entraron en la casa del granjero, a comer y descansar. Al oírme, el granjero entró en casa y avisó a su hijo. El hijo fue corriendo, a caballo a la casa en la que nosotros habíamos encontrado el tesoro, por si continuaban allí los ladrones. Georges lo acompañó. Cuando volvió Georges , nos contó que los ladrones seguían allí, deseperados, buscando el tesoro y a Jacqueline. El hijo del granjero no regresó con Georges, por el camino se detuvo en un cuartel que había (nosotros antes no vimos el cuartel, Georges dijo que estaba escondido entre unos árboles), y junto con unos guardias, se ocupó de llevar allí a los ladrones.
Al día siguiente continuamos rumbo a Venecia. Y dado que a usted le gustaría ilustrar su reportaje con una foto nuestra, le envío una que nos hizo un profesor con la cámara de Jacqueline. De izquierda a derecha estamos: Georges, Jacqueline, yo, y finalmente, el muchachito que me llega a la altura del pecho: Guillaume-Thomas. Todos delante de una góndola, como habrá observado.
Con ellos he compartido la historia que le acabo de narrar, y que espero que le sirva para hacer un buen reportaje en su revista.
Por cierto, para terminar, le diré que el dinero del tesoro lo entregamos en un orfanato italiano, y que con la espada se quedaron los hermanos Lebon (me la ofrecieron a mí, pero no la acepté), para que cuando lleguemos a Francia, su padre se la guarde en una vitrina.
Esto es todo, no tengo nada más que contarle.
Atentamente,
Joachim Clerc.